Entre desconocidos

Imagen cortesía de la autora
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Un día caminaba a plena luz del día por la ciudad, no había mucha gente en la calle, y la soledad se sentía tanto que, cuando cesó y escuché los pasos de alguien detrás de mí, volteé, lo vi y aceleré el paso, él hizo lo mismo, sólo para decirme: “ni que te fuera a robar”. A veces pasa que estoy sentada en mi carro esperando a que cambie la luz en el semáforo y, cuando alguien se me acerca, lo primero que hago es revisar los seguros, y me apena. Me apena pensar que soy parte de ese porcentaje que desconfía y que piensa lo peor como primer instinto.

Recuerdo cuando tenía dieciocho años y caminaba por el centro a media noche, sola, sin miedo. Poco a poco, gracias a experiencias propias y aquellas de cadena me fueron haciendo un poquito dudosa, dudosa de la seguridad de la ciudad y de los desconocidos que la habitan. Cuando tenía dieciséis me asaltaron, un señor intoxicado se había llevado mi única pertenencia valiosa: mi celular; y yo lloraba  y corría en medio de la calle tratando de alcanzarlo. Un señor que vendía hot dogs me grito: “¡Hey niña! ¿Por qué lloras?”. Yo, señalando al asaltante y entre sollozos le dije: “¡Me robo mi celular!” Él, en menos de un minuto le dijo al joven de otro puesto que le cuidara su carrito y se puso a correr detrás de él. Cuando yo, cansada, bofeada, corría a paso lento al menos 5 hombres más se habían unido a la persecución, 5 hombres, desconocidos, en busca de resarcir el daño. La misión fue exitosa y ya ni porque mi peso era un tercio que él de ellos logre alcanzarlos, no sé si era su adrenalina o en realidad yo tenía muy mala condición, al final ellos sostenían al perpetrador y yo tenía mi celular en las manos. Fue un acto grandioso, esos desconocidos habían arriesgado por mí, y no tenía como agradecerles. Eso me hizo no tener miedo a seguir caminando de noche por la ciudad porque sabía que siempre había alguien dispuesto a echarte una mano.

Desconocidos, eso eran, eso son, la gente con la que comparto la calle y el elevador. Pero tengamos claro que ser desconocidos no nos hace enemigos. Conozcamos a nuestros vecinos, saludemos en las calles y demos la mano al necesitado. Cada uno de nosotros somos vecinos, compañeros y ciudadanos de la misma ciudad. Compartimos lo bueno y también lo malo, y por ello es importante unirnos para que lo malo parezca y se sienta menos.

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