La triste y solitaria vida de Trump

El punto de los debates abiertos es que los votantes comunes pueden participar formulando preguntas. En todos los que yo he visto, el candidato voltea hacia la persona, escucha atentamente y al dar la respuesta, la dirige hacia ella, al menos en parte.

Los candidatos hacen eso porque es educado, porque se ve bien que lo vean a uno tomando en serio a otros y porque la mayoría de nosotros, en forma instintiva, quiere establecer cierta conexión con las personas con las que estamos hablando.

Hillary Clinton, quien no es exactamente el ejemplo de la intimidad, se comportó en forma normal el domingo por la noche. Sin embargo, no fue el caso de Donald Trump. Trump trató a las personas que la planteaban las preguntas como si fueran autómatas no relacionados con él y dio sus respuestas a un vacío, aun cuando tuvo la posibilidad de parecer solidario con una atractiva joven islámica.

Eso subraya la soledad esencial de Donald Trump.

La política es un esfuerzo para establecer una conexión humana, pero Trump parece incapaz de eso. En esencia, no puede aconsejar, ni tiene amistades. Su equipo de campaña está integrado de mercenarios fríos, en el mejor de los casos, y Roer Ailes, en el peor. Su partido lo trata como a una hediondez a la que todavía no puede quitar.

Tuvo fobia a los gérmenes durante casi toda su vida y suprimió el contacto con otros, y, ahora, solo me lo imagino solo, en medio de la noche, tuiteando odio.

Trump rompe su propio récord mundial por ser abominable semanalmente, pero, a medida que la campaña se hunde a nuevos niveles bajos, después de haber estado en uno bajo nuevo, me doy cuenta de que estoy experimentando sentimientos de profunda tristeza y lástima.

Imaginen que tuvieran que pasar un solo día sin compartir el tipo de momentitos con extraños y amigos.

Imaginen que tuvieran que aguantar una sola semana en un mundo lleno de odio, atiborrado de enemigos que ustedes mismos generaron, y ser el objeto de la repulsión y el escarnio.

También estarían marchitos y torturados, y serían retorcidos; y, quizá, arremeterían contra el universo y tratarían de vengarse cruelmente de él. Para Trump esto es toda su vida.

Trump sigue exhibiendo síntomas de alexitimia narcisista, que es la incapacidad para comprender o describir las emociones en el ser. Al ser incapaces de conocerse a sí mismos, quienes la padecen son incapaces de comprender, relacionarse o apegarse a otros.

Para demostrar su propia existencia, ansían tener la atención infinita del exterior. Al carecer de medidas internas de su propia valía, dependen de criterios externas, pero que son poco seguros, como la riqueza, la belleza, la fama y la sumisión de otros.

De esta forma, pareciera que a Trump se le niegan todos los placeres que conllevan la amistad y la cooperación. Las mujeres podrían ser fuentes de amor y afecto, pero en su estado desordenado solo puede odiarlas y degradarlas. Sus intentos por tener intimidad son horripilantes parodias, en las que embiste contra las mujeres como si fueran trozos de carne.

La mayoría de nosotros derivamos una cálida satisfacción cuando sentimos que nuestra vida está alineada con valores fundamentales. Sin embargo, Trump vive en un universo alterno, amoral, tipo Howard Stern, en el que no puede disfrutar de la dulzura que el altruismo y el servicio comunitario pueden brindar ocasionalmente.

Los bravucones solo pueden experimentar paz cuando son crueles. Su presión sanguínea baja en el momento en el que golpean al niño en el parque.

Imaginen que son Trump. Tratan de debatir a base de alardes. Contienden por un cargo para el cual, de ninguna forma, están cualificados. Buscan algún destello de validación que se desvanece todavía más de la vista.

Su único descanso proviene de estar insultando a alguien, cuando están amenazando con mandar a la cárcel a su oponente, cuando se alzan amenazadoramente sobre ella, como si fueran un matón mafioso a punto de dar un golpe, cuando están rugiendo que ella tiene “un odio tremendo en su corazón”, cuando que todos tienen claro que ustedes solo están proyectando lo que tienen en el propio.

La constitución emocional de Trump significa que solo puede producir unas cuantas notas: furia y agresión. En cierto sentido, su desempeño en los debates parece exhibiciones del dominio de un primate _ llenos de golpes en el pecho y gruñidos amenazadores. Sin embargo, los primates tienen, al menos, bandas con las cuales conectarse, mientras que Trump está tan solo; si un árbol se cayera en su bosque emocional, no haría ningún sonido.

Todo es tan patético.

El lunes, Erick Erickson, uno de los críticos conservadores de Trump, publicó un ensayo conmovedor, titulado: “Si muero antes de que despiertes”. Los partidarios de Trump han atacado violentamente a Erickson. El y su esposa padecen graves problemas de salud y es posible que mueran antes de que crezcan sus hijos. Con todo, como queda claro en el ensayo, ambos son seres vivientes de amor, fe, devoción y servicio. Ambos tienen confianza infinita en la bondad de la creación y el lugar lleno de gracia que tienen en ella.

Se puede compartir la fe o no, pero Erickson vive una vida apegada _ emocional, espiritual, moral y comunitariamente. La de Donald Trump, en comparación, parece superficialmente exitosa y profundamente miserable. Ninguno de nosotros querría vivir con los aullidos de la selva de su propia soledad, sin importar cuán grueso sea el dorado.

El 9 de noviembre, el día después de que pierda Trump, no habrá solidar

David Brooks
© 2016 New York Times News Service

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