Las fuerzas afganas batallan para mantenerse firmes en contra del talibán en la provincia de Helmand

CHAH-I-ANYIR, Afganistán _ Mientras los combatientes talibanes empujan hacia la ciudad sureña de Lashkar Gah, fuerzas de elite de Afganistán están tratando de mantener sus posiciones en esta localidad, a unas 10 millas de la ciudad, la capital de la provincia de Helmand, y un eslabón crítico en la defensa de toda la región.

La necesidad del gobierno afgano de depender de las fuerzas especiales, altamente entrenadas para las redadas de comandos, para guardar el perímetro de la ciudad expone un cruda realidad. A medida que Helmand, la provincia más grande de Afganistán y el centro de su producción de opio, aguanta el intenso fuego enemigo este verano, la policía y las fuerzas armadas regulares han fallado en mantenerse firmes, lo que ha abierto la posibilidad de que el Talibán pudiera invadir Lashkar Gah.

“La policía, tan pronto como le infligieron algunas bajas, cedió unos 27 puestos, uno detrás del otro, sin pelear, y rodearon por sorpresa nuestros puestos”, dijo el coronel Nematulá Jalil, comandante del Cuerpo 2015 del Tercer Regimiento del Ejército afgano, cuyos soldados están tratando de ayudar a las fuerzas especiales a mantener la línea en Chah-i-Anyir, en el distrito de Nad Ali. “El enemigo plantó muchas minas en donde quiera que llegaba, y eso nos retrasa”.

El teniente coronel Mohamad Omar Yan, el jefe de la policía en el distrito Nad Ali, rechazó esa evaluación. El ejército está culpando a la policía para ocultar sus propias debilidades, dijo Yan, y agregó que el ejército es responsable de la seguridad de Chah-i-Anyir porque él y sus fuerzas estaban ocupadas tratando de asegurar el complejo del gobernador del distrito.

“La policía está luchando en la línea del frente y sufre bajas muy fuertes, más que ninguna otra fuerza”, dijo.

En el calor abrasador en las líneas del frente cerca de Chah-i-Anyir, los elementos de la policía regular y de las unidades del ejército se veían cansados un día, hace poco, cuando se reunían en grupitos para descansar bajo la sombra de los muros de adobe de algunos edificios.

El camino principal que separa a las fuerzas afganas de los talibanes, que han estado golpeando más enérgica e implacablemente esta temporada de combates, tiene muchísimas minas. Los maizales que llegan hasta la cintura, alrededor de las casas, en su mayoría abandonadas, parecen tranquilos, pero, por las noches, las fuerzas regularmente sostienen enfrentamientos con los talibanes. Las tropas han logrado retomar solo cerca de una milla en los 10 días desde que perdieron gran parte de la zona de Chah-i-Anyir, comentó Jalil, el oficial del ejército afgano.

La zona que controlan las fuerzas gubernamentales en Helmand se ha reducido en los últimos meses. Cuatro distritos, incluidos los de Musa Qala y Nawzad, que fueron el centro de las miles de tropas de Estados Unidos y de la coalición durante al aumento de fuerzas en el 2010, ahora está bajo el control de los talibanes. Se requieren ataques aéreos frecuentes y refuerzos para evitar que caigan muchos de los otros 10 distritos, algunos bajo control gubernamental, pero solo nominalmente.

Mientras que los funcionarios afganos insisten en que no se perderá Lashkar Gah, pero su estrategia sin orden ni concierto parece insostenible en contra de un enemigo que ha demostrado su movilidad y resistencia. La defensa de los centros que no han caído a manos del Talibán ha requerido que una delegación de generales y oficiales de alta jerarquía de Kabul vaya y venga para monitorear los acontecimientos.

El jueves por la mañana, los altos generales dirigieron los combates presionando a sus tropas en tierra y solicitando ataques en aviones afganos y estadounidenses para repeler el avance de los talibanes hacia el entro del distrito en Nawa, justo al sur de Lashkar Gah y uno de los lugares más seguros en Helmand hasta hace poco. El fuego talibán, incluidas las descargas de morteros, dañó los edificios gubernamentales y demolió las torres de vigilancia.

Al regresar a Lashkar Gah, los generales permanecieron en modo de emergencia, constantemente en línea con tropas en otros distritos, exhortándolas a mantener sus posiciones. Los combatientes talibanes, muchos de ellos que retrocedían de Nawa, cambiaron para ejercer presión sobre el centro del distrito vecino de Garmsir. Los generales reunieron a algunos comandos y luego se metieron en los helicópteros para salvar a Garmsir.

Otro equipo estaba ocupado tratando de despejar el camino principal hacia la provincia de Kandahar, el cual estuvo bloqueado una semana debido a las minas y los retenes talibanes, dijeron funcionarios. Sultan Muhamad, el jefe de la policía del distrito de Maiwand, quien participó en el despeje de los caminos, dijo que las autoridades habían desactivado más o menos unas 100 bombas a la vera del camino y equipos seguían quitando más, aun mientras los atacaban los talibanes.

Ya tarde el domingo, el convoy del general Aqa Nur Kentoz, el jefe de la policía provincial, golpeó una bomba a la vera del camino. El general y tres de sus guardias resultaron heridos, dijo un portavoz del gobernador provincial.

¿Por qué las fuerzas afganas, las que, según dicen funcionarios locales de seguridad superan en número a los insurgentes en por lo menos cinco a uno, están batallando tanto en una provincia estratégica? Helmand fue un centro del aumento del presidente Barack Obama en el que se enviaron decenas de miles de tropas estadounidenses y de la coalición para tratar de asegurar el área, y cientos de asesores militares de la OTAN siguen asesorando a los afganos en la provincia.

Algunos de los elementos de más alta jerarquía del Talibán son de Helmand, pero ahora operan desde el otro lado de la frontera, en Pakistán, lo que les permite ir y venir, y, a menudo, quedar fuera del alcance de las tropas de la coalición.

Más allá de su valor simbólico, Helmand sigue siendo un foco de sus ataques no solo porque es un acceso a otras provincias sureñas, sino porque sus campos producen la mayor cantidad de opio en Afganistán y sus vastos desiertos se ubican en la principal ruta del comercio de la droga. El Talibán ha llegado a parecerse cada vez más a un cartel de la droga tanto como una insurgencia, dependiendo muchísimo de las ganancias del comercio del opio para fondear su lucha.

Para complicar la situación, dicen funcionarios en Helmand, los hombres fuertes están usando su influencia para plantar a sus propios hombres en empleos de seguridad provincial en puestos de avanzada en la ruta del narcotráfico. El general Abdul Rahman Rahman, el viceministro del interior, dijo que más de 90 por ciento de los policías eran habitantes de la provincia y, por tanto, vulnerables a las interferencias y los conflictos de lealtades.

Por ejemplo, si se remplaza a un comandante por incompetencia o abuso, dicen funcionarios de seguridad, es capaz de llevarse con él a cientos de sus hombres, dejando un hueco en la defensa de la zona.

Los vínculos políticos también pueden debilitar a la seguridad. Cuando hace poco se despidió al hermano de un poderoso legislador que fungió como jefe de seguridad en el distrito de Garmsir por alegatos de estar involucrado en el narcotráfico, el legislador organizó protestas en Lashkar Gah y Kabul. (Uno de sus sobrinos sigue siendo el jefe de antinarcóticos en la provincia.)

Más aún, los objetivos militares palidecen en comparación con el atractivo de la ganancia financiera.

“Lo más importante para las fuerzas en Helmand es sus propios intereses y negocios en la provincia; están tratando de obtener la cantidad de dinero de la que les hablaron”, dijo Muhamad Yan Rasuliar, ex vicegobernador de Helmand, al referirse a la creencia que sostienen muchos de que los comandantes en puestos lucrativos les pagan a los mandamases que los ayudaron a conseguir ese empleo. “Las diferencias entre las autoridades gubernamentales en Helmand hicieron que los talibanes se fortalecieran más en la provincia y ésta es la razón principal de los conflictos en aumento. Las autoridades se mantienen a raya las unas a las otras en lugar de al enemigo”.

El ejército mismo ha batallado para recuperarse tras sufrir una cantidad récord de bajas en Helmand el año pasado. El general Murad Ali Murad, el subjefe del personal del ejército, dijo que altos oficiales habían tratado de usar los meses de invierno para reconstruir el Cuerpo 2015. Sin embargo, el ritmo implacable de los combates en Helmand y otras partes de Afganistán, desvió sus esfuerzos. Se lanzó a los nuevos reclutas con poca experiencia a las batallas.

“De pronto, las amenazas en Helmand aumentaron y hubo la necesidad de utilizar a esas fuerzas en el campo, y sentimos sus deficiencias”, notó Murad. “Sentimos su falta de equipo y experiencia en el campo de batalla”.

En cambio, el Talibán parece estar creciendo en su capacidad de pelea real, o en su control psicológico sobre un enemigo en apuros. Los comandantes, funcionarios de seguridad y combatientes en la línea del frente afganos dicen que los insurgentes son físicamente duros y utilizan gogles de visión nocturna, francotiradores y armamento sofisticado.

Esta fase de la guerra enfrenta a insurgentes que andan en motocicleta y colocan minas para desaparecer rápidamente contra una fuerza armada a la que los insurgentes conducen hasta las trampas cuando los persiguen. Esto sucede hasta cuando a los soldados los apoyan con aviones que pueden disparar ráfagas de tiros, lo cual hace que controlar cualquier área sea costoso para el Talibán.

Sin embargo, más que nada, es una lucha desigual entre insurgentes preparados para atacar y morir, y soldados que huyen para vivir. También es una historia que cuenta la desigualdad en el número, no verificado, de bajas que proporcionó el gobernador de Helmand, Hayatulá Hayat. En las dos semanas más recientes de combates, 210 talibanes murieron y 40 resultaron heridos, en comparación con 15 muertos y 35 heridos de las fuerzas afganas, dijo el gobernador.

Mujib Mashal
© 2016 New York Times News Service

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