Los europeos itinerantes que mantienen vivo un pasado medieval

Tomas Munita para The New York Times
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Son reconocibles al instante a su paso por toda Europa, con sus pantalones acampanados de pana, camisas blancas y sacos de colores que los identifican como albañiles, cocineros, carpinteros, mamposteros y techadores.

Son wandergesellen, o trabajadores itinerantes; un remanente de la Edad Media en la Europa actual. Son hombres y, en la actualidad, también mujeres jóvenes que han terminado su capacitación en diversos oficios y viajan para acumular experiencia. La mayoría provienen de países de habla alemana.

En el pasado, viajaban bajo el auspicio de un gremio; hoy en día, muchos de ellos aún lo hacen. No obstante, muchos llevan a cabo esta práctica de manera independiente, aunque siguen adhiriéndose a las normas estrictas y a menudo arcaicas que se han transmitido durante generaciones de boca en boca, para conservar la tradición.

“No tienes jefes, no tienes familia ni casa que cuidar. Solo tienes tu libertad”.

De acuerdo con las costumbres, estos jóvenes que desean convertirse en trabajadores u oficiales itinerantes, contactan a alguien que ya esté en funciones para que los apadrine y los ayude a organizar sus viajes. Los candidatos a oficiales itinerantes no pagan cuota, son solteros y no deben tener más de 30 años. Acceden a estar lejos de casa durante el tiempo que tarde su capacitación, al menos; por lo regular se trata de dos o tres años, más un día, y acceden a vivir de lo que consigan con su ingenio, su trabajo y la generosidad de los desconocidos.

El futuro trabajador itinerante, en línea con las tradiciones, ofrece una fiesta la noche anterior a su partida para despedirse de su familia y amigos. En algún momento de la noche, se le hace una perforación en la oreja para que porte un pendiente durante su viaje. La tradición marca que ese arete se le arranca a quien no cumpla con las reglas; de ese modo, la persona quedará marcada con un lóbulo hendido o una “oreja dividida”, un término adoptado hace tiempo en alemán para identificar a los ladrones.

La mañana posterior a la fiesta, el neófito entierra un recuerdo cerca de los límites de su pueblo natal; luego debe subirse al señalamiento vial que marca los límites de su ciudad y lanzarse a los brazos de sus compañeros itinerantes, quienes lo acompañan hasta ahí para ver partir al nuevo viajero antes de continuar con sus propias travesías.

Durante las semanas y los años posteriores, los trabajadores itinerantes forman una especie de hermandad: se vuelven guías los unos de los otros y, además de una red profesional, ofrecen apoyo emocional.

Los oficiales itinerantes llevan un diario de bolsillo que llenan con timbres postales de las ciudades que visitan, así como con testimonios del trabajo realizado. Anteriormente, estos diarios se utilizaban como una especie de currículo para conseguir trabajo una vez que terminaba su viaje. Hoy en día funcionan más como un diario de viajes.

Mientras se encuentran de viaje, no deben pagar por alimentos ni por hospedaje, sino que deben vivir del intercambio de sus servicios por comida y alojamiento. Cuando el clima es cálido, duermen en parques y otros espacios públicos. Por lo general, solo llevan consigo sus herramientas, algunos cambios de ropa interior, calcetines y unas cuantas camisas enrolladas en pequeños bultos que pueden amarrarse a sus bastones y que también pueden servirles de almohadas.

La mayoría trabaja haciendo aquello para lo que se les ha capacitado, pero también pueden realizar otras funciones, ya sea para ampliar sus habilidades o cuando así lo requieren para conseguir alimento o tener un cambio de ritmo. Durante los largos proyectos del verano, que suelen durar varias semanas, es posible ver a panaderos trabajando con un taladro y a jardineros ayudando en la cocina.

En público, visten ropas de viaje muy particulares: sus pantalones cuentan con bolsillos lo suficientemente grandes como para llevar un metro o una botella de cerveza. El color de la chaqueta indica su oficio: los carpinteros y techadores usan el negro; los sastres, el marrón, y los jardineros, un verde cazador oscuro. También hay otras pistas para distinguirlos, como sus hebillas y los broches de sus corbatas.

Su vestimenta los hace reconocibles de inmediato en el mundo germanohablante, pero no necesariamente en otros lugares. “A menudo fuera de Alemania creen que somos vaqueros”, comenta Arnold Böhm, de 25 años, un carpintero de Görlitz que estuvo un tiempo trabajando en Cabo Verde, Namibia y Sudáfrica.

La tradición se detuvo durante la Primera y la Segunda Guerras Mundiales, y fue revivida hasta los años 80 y 90. Muchas de las asociaciones comerciales del medievo seguían vigentes y otras se habían transformado en nuevos oficios. Las mujeres comenzaron a formar parte de la tradición moderna.

En una adaptación de las reglas antiguas a la época moderna, se establece que los oficiales itinerantes no pueden llevar dispositivos como teléfonos móviles que permitan su ubicación. Llevan cámaras digitales, si así lo desean, y escriben correos electrónicos en computadoras de uso público.

Viajan en grupos o por su cuenta, dependiendo de sus oficios y de sus rutas, y a menudo reconociéndose entre ellos a simple vista. “¿Has visto a alguien que se parezca a mí?”, preguntó Mathias Müller, carpintero, a las personas en Tubinga luego de haber llegado para reunirse con unos amigos.

En otras épocas, a un trabajador itinerante no se le permitía viajar o buscar trabajo dentro de un radio de 60 kilómetros de su pueblo natal, norma que buscaba alentar el intercambio de ideas entre los practicantes de cualquier oficio. Hoy en día, sigue siendo una forma de garantizar que el oficial desarrolle mayor independencia.

Nepomuk Neyer, de 26 años, tejedor de mimbre originario de Innsbruck, Austria, dijo que una vez viajó más allá del radio, pero que se mantuvo lo suficientemente cerca como para todavía poder ver hacia el valle e identificar su casa. “Ese fue el momento más difícil”, señaló.

La mayoría de los jóvenes que se embarcan en un viaje como este casi nunca han salido de su casa o lo han hecho solo acompañados de sus padres o en viajes escolares.

Sin embargo, para muchos de ellos la parte más difícil del viaje es decidir cuándo finalizarlo. Las responsabilidades y la monotonía de la rutina diaria hacen que los retos que implican viajar de un lado a otro, sin saber dónde se pasará la noche, parezcan divertidos.

“No tienes jefes, no tienes familia ni casa que cuidar”, dice Böhm. “Solo tienes tu libertad”.

Melissa Eddy
© 2017 New York Times News Service

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