Pitido inicial II

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[Parte I]

–¿Van a ir a ver el partido?

–Yo no. Tengo sueño.

–Pero es la final del Mundial.

–Tengo mucho sueño.

Entre nosotros estaba la paella mediocre de uno de esos restaurantes para turistas que siguen abiertos a la hora de la siesta. La paella la había pagado yo, pues me sentía culpable por haberlo dejado plantado un día antes.

Lo había conocido, tres días antes de la final, en Toledo, afuera del museo sefardí donde me había escurrido para escapar del calor. Él era un chico de origen coreano muy ñoño, que había llegado a España para practicar una versión del español que era, seguramente, muy popular en Corea, porque yo no le entendía un carajo.  Él, como yo, había tomado el tren para pasar la tarde fuera de la capital. Caminamos y charlamos un poco (pasamos al inglés, que era un poco más entendible), pero lo único que me ha quedado de eso es el recuerdo de aburrirme horrores. Sin embargo, como a mí en mi casa me enseñaron a ser hipócrita, al despedirnos le mencioné que había sido un gusto conocerle. Tengo la impresión de que el desgraciado malentendió mi cortesía, porque propuso inmediatamente que nos viésemos en Madrid la mañana (!) siguiente. A pesar de mi educación, no pude decirle que no.

Sobra decir que no me desperté. A decir verdad, aquél día me dediqué a curar la resaca de una noche de copas, cuyo momento más memorable se dio cuando un enano madrileño intentó hablarme en mexicano, diciéndome: “¡No mames pinches, güey!”. Si he de ser honesto, del chico coreano ni me acordé.

Ahora, como yo nací con mala suerte, me lo encontré mientras cruzábamos una calle de Madrid. “Me dejaste plantado”, fue lo primero que me dijo. “Sí”, admití.  “Lo siento, ese día me sentía mal; pero si quieres te invito a comer” dije yo, porque tenía hambre.

Así fue como terminamos en aquél restaurante vacío, atendido por una camada de meseros más pendientes de la previa del partido que de nosotros,  Eran las cuatro de la tarde del 11 de junio de 2010. En poco más de cuatro horas se jugaría la primer final del Mundial que jugaría España. En las plazas de Madrid se habían puesto pantallas gigantes frente a los que la gente se comenzaba a reunir; los carros recorrían la ciudad tocando los cláxons y ondeando banderas; las adolescentes vendían calimochos mezclando cocacola con vino de tetrapack en las esquinas de las calles; y yo estaba ahí, a metros de distancia, hablando con el coreano menos interesante del hemisferio en un restaurante vacío. O casi vacío.

–Where are you guys from?

A dos mesas de distancia un gringo comía solo. Tendría unos treinta años quizá, y ya llevaba bastante tiempo viéndonos. Decir que me apresuré a invitarlo a nuestra mesa sería quitarle mérito a la velocidad supersónica con lo que aparté una silla de la mesa. Muy al estilo norteamericano, en cuanto se sentó comenzó a detallarnos qué era lo que hacía, cómo había crecido, cómo se sentía consigo mismo, cuál creía que era el destino de su vida –que no era, claro, lo que hacía para vivir–, cuáles eran las causas por las que no hacía lo que quería hacer, y cuáles eran las razones exactas por las cuales su talento y su sitio en la historia no habían sido reconocidos. Su ombliguez era enternecedora, pero leguas mejor que seguir viendo masticar al chico asiático.

Cuando propuse ir a ver el partido en alguna plaza cercana el estadounidense se apuntó de manera inmediata. Para nuestra sorpresa, el chico coreano declinó acompañarnos. “Es la final del Mundial, juega España y estás en España”, intentó explicar el americano. “Tienes que ir”, añadió. Mientras, yo cruzaba los dedos debajo del mantel.

Dijo que no.

Dijo que no y nosotros no insistimos.

A las siete de la tarde el sol ardía y las calles estaban rebozando de gente. Nuestra intención inicial era pasar a alguna tiendita y comprar algunas cervezas, pero ningún sitio estaba abierto. Como en los bares ya hacía tiempo que las mesas estaban llenas, tuvimos que pedir a un cantinero que nos diera cuantas fuesen posibles en vasos desechables. Obtuvimos doce, y con ellas hicimos equilibrios hasta llegar a plaza Colón. Faltaban veinte minutos para el inicio de la final de la Copa del Mundo y estábamos listos para verla juntos. Pero no sería así.

Todo ocurrió de repente. Un español soltó un empujón. El americano, un golpe. De pronto, sus cervezas cayeron al piso y cuatro chicos se abalanzaron contra él y lo derribaron. Comenzaron a patearlo entre todos mientras yo sostenía entre mis brazos las cervezas restantes. Había sangre, gritos, y ganas de hacer daño. Pensé en intervenir, pero me sentía un poco absurdo con los zapatos mojados. De pronto, con toda la calma que pude convocar dije: “Hey, ya”; que si bien, no son las Catilinarias de Cicerón, sirvió para detenerlos.

Regalé mis cervezas a quienes me rodeaban, lo levanté del suelo y lo llevé hasta el sitio donde estaban las ambulancias. Le habían roto un pómulo, había perdido la vista en un ojo, y no dejaba de escupir sangre. Igual y queda mal decirlo, pero son los cuatrocientos metros más populares de mi vida. Al llegar con los paramédicos, me pidieron que esperara fuera mientras le atendían. Después de cinco minutos fui a asomarme y ya había desaparecido. Me quedé en las manos su cámara rota.

Faltaban dos minutos para que iniciara la final del Mundial y me había quedado solo.

Me había quedado solo entre las 200 mil personas que estaban conmigo en las calles.

Yo no tenía sueño.

(Continúa…)

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