Pitido inicial III

Diseño original de Mario Cano
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[Parte I, Parte II]

Según la Federación Internacional de Historia y Estadística de Fútbol (IFFHS, por sus siglas en inglés) en 2010 habían 19,256 estadios de fútbol en el mundo, repartidos todos ellos en los cinco continentes. Si calculamos que, en promedio, por temporada se juegan 20 partidos en esos estadios, tenemos que al año hay 382,150 partidos; o, lo que es lo mismo, 1,055 partidos al día.

Lo que quiero decir con esto es que, con la cantidad desorbitada de fútbol que hay en el mundo, es difícil encontrar el partido que te va a cambiar la vida. Quizá se esté jugando esta madrugada en Vanuatu, o puede que esté oculto en la siguiente ronda de la Europa League; quizá está esperando que vayas por primera vez a un estadio para quedarse grabado en tu pupila, o quizá sea un partido que nunca se jugó; podría haber sido el del primer hat-trick de Messi, o la final que ganó Xolos; el partido soso en que debutó tu primo, el de la primera vez que te escogieron para ser portero, o aquél día en que la cancha se cubrió de neblina y sólo escuchabas, a lo lejos, las patadas al balón. Vivo convencido de que hay un partido de fútbol que es algo así como nuestra alma gemela: existe en algún sitio, sólo basta con encontrarlo para enamorarse.

Yo me enamoré del fútbol en la final del Mundial de Sudáfrica, en el 2010; lo que viene a ser como decir que un día descubrí que Scarlett Johansson es mi alma gemela: una ñoñez enorme.

Y es ñoño, sí. Pero es cierto.

Aquella tarde, solo entre la multitud, viendo una pantalla descomunal, caí enamorado. Descubrí en ese momento que eso que hacía España era exactamente lo que imaginaba cuando trataba de visualizar el fútbol ideal: las posesiones largas, los pases milimétricos, las jugadas individuales con gracia de torero. Me emocioné, no sólo con las llegadas ni con los tiros errados, sino con la elaboración. Vi de pronto a un conjunto de españoles hilar el juego, trenzarlo, hacerlo esencialmente bello.

El primer momento

En ocasiones me pregunto si lo habría disfrutado tanto si Holanda no hubiera jugado tan mal. A decir verdad, al principio me daba bastante igual quien ganara. Sabía, sí, que ninguno de los dos equipos había ganado nunca un Mundial; pero no sentía nada en particular por ninguno de los dos países [supongo que una parte de mí prefería que ganara España sólo porque intuía que la fiesta iba a estar más buena]. Pero a los veintisiete minutos de partido ya estaba tan indignado como cualquier otro español de raza pura.

El primero de los tres momentos memorables del partido ocurrió cuando Nigel de Jong, mediocentro de Holanda, descuajeringó a Xabi Alonso con una patada de kung-fu en el pecho. La recuerdo y me truena el cuerpo todavía. El árbitro, un inglés llamado Howard Webb, ni siquiera pitó falta. Yo la verdad es que no sabía dónde había guardado tantas palabrotas dentro mío: de pronto me brotaron todas a borbotones, comencé a voz en cuello y, poco a poco, rabiando para mí mismo, dejé que fueran derivando en murmullos. Pero en ese momento descubrí algo que me resultó maravilloso: la indignación masiva. Porque no sólo fui yo; fuimos 400 mil los que estábamos en esa calle, y fuimos 400 mil lo que desenterramos del fondo de nuestras entrañas un odio que no sabíamos que llevábamos dentro. Fue estremecedor, fue descontrolado, fue necesario.

El segundo eterno

El segundo momento memorable de aquella noche tuvo la desgracia de ocurrir en el mismo momento en que el tiempo dejó de funcionar. Minuto 61. Sneijder se inventa el pase perfecto. Robben deja a los defensas tres metros atrás en un segundo. Se detiene el tiempo. El alma se me cae al suelo mientras comienzo a ahogar un grito. Robben da el primer paso y mi corazón deja de latir. Al segundo paso comienzo a reconsiderar mi vida entera. Del tercero al séptimo siento que voy cayendo para atrás. Robben y el portero. Robben y Casillas. Plaza Colón está muda. Robben tira. Quiero cerrar los ojos. Casillas se tira al lado incorrecto. Quiero morirme en ese momento.

Pero el balón se desvía.

Toca en la punta del pie derecho de Casillas. Sale a córner. Las almas vuelven tan de golpe a las calles de Madrid que 400 mil exhalamos, al unísono, un mismo suspiro.

El gol de mi vida

Yo voy por la vida intentando modularme todo lo posible. Intento no hablar muy fuerte, no gesticular mucho, no estorbar en lo absoluto. Suelo hablar hacia adentro, fumar en las esquinas, esperar a llegar a mi casa para ir al baño. Cuando Iniesta anotó su gol, ese gol que ya nadie esperaba, ese gol que nos agarró a todos haciendo listas para ver quiénes tirarían los penales, ese gol tras una secuencia de pases tan perfecta que parecía condenada al fracaso, ese gol tan de Iniesta, tan de España, tan mío; en fin, ese gol sencillamente me perdió.

Seguramente sólo fueron un par de minutos, pero yo lo recuerdo como una noche entera. Grité, aplaudí, brinqué, me abracé con quien tenía cerca, lloré como loco, fui feliz.

Por dos años había jurado que el gol fue en el último segundo. Un par de años después volví a ver el partido. Descubrí en ese momento que después del gol pasaron todavía siete minutos más. Esos siete minutos los dejé en Madrid.

Los cambié por el partido de mi vida.

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