El pleito de una mucama en la India estalla en una guerra de clases

Poras Chaudhary for The New York Times
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NOIDA, India – Las señoras en las elegantes comunidades cerradas iban a clases de yoga y los parques para infantes; las criadas, sin ruido, con rapidez, hacían desaparecer la mugre de los trastos y de la ropa sucia antes de retirarse, por la noche, a una barriada pobre cercana, de cobertizos de latón y carpas de plástico.

Este tipo de arreglo ha persistido por toda la India durante décadas, en armonía aparente.

Sin embargo, temprano el miércoles, en Mahagun Moderne, en Noida, en las afueras de la capital de la India, las señoras y las muchachas se fueron a la guerra.

Una disputa entre una mucama y su empleadora estalló a ser un disturbio hecho y derecho cuando cientos de los vecinos de la chica, armados con piedras y tubos de fierro, se metieron a la fuerza al complejo e irrumpieron en el departamento de la patrona. En respuesta, miles de familias han dejado fuera a las sirvientas porque dicen que ya no pueden confiar en ellas para tenerlas dentro de su casa.

Ashok Yadav, el jefe de seguridad del conjunto, se preguntó por cuánto tiempo podrán resistir las señoras.

“El hecho es que es una relación simbiótica entre las señoras y las muchachas”, dijo. “En este momento, los habitantes están muy enojados e impactados por la forma violenta en la que la muchedumbre atacó a la sociedad. Pero dentro de poco, tendrán que encontrar muchachas nuevas. ¿Cómo puede continuar la vida de otra forma?”.

Los conflictos entre los trabajadores domésticos y empleadores son una característica regular en los registros de los delitos indios, pero la violencia masiva es casi inaudita. En las ciudades indias, muchas mucamas viven en la casa de su empleadora, por lo que tienen poca oportunidad de construir redes, dijo Tripti Lahiri, la autora de “Maid in India: Stories of Inequality and Opportunity Inside Our Homes” (“Las criadas en la India. Historias de desigualdad y oportunidad dentro de nuestras casas”).

No obstante, eso ha cambiado a medida que han proliferado los edificios altos, de lujo, en las tierras agrícolas de las afueras de Nueva Delhi y las barriadas que han aparecido junto a ellos, en lo que Lahiri llamó “un escenario perfecto para un enfrentamiento de nosotros contra ellos”.

En el caso de Harshu Sethi y su mucama, Yohra Bibi, en Noida el miércoles, el enfrentamiento fue al estilo Alfred Hitchcock, en el que despertaron ansiedades subterráneas sobre la verdadera relación entre los ricos y los pobres.

El martes, Sethi acusó a Bibi de robarse 17,000 rupias, o unos 265 dólares, de una caja fuerte en su departamento. Dijo que Bibi había admitido haber tomado 10,000 rupias en salarios atrasados y luego desapareció. Bibi, de 30 años, niega haber confesado nada y dijo que Sethi “me tuvo encerrada en su casa” esa noche, un alegato que su esposo compartió con otros habitantes de la barriada. La policía dice que la muchacha pasó la noche en el departamento de otra empleadora.

“Yo no recuerdo nada”, dijo Bibi en una entrevista. “A la mañana siguiente había un gran alboroto. Llegaron muchas personas. El guardia vino y me sacó”.

Sethi, una maestra de escuela, describió algo más atemorizante. Ella se encontraba en su departamento, despertando a su hijo de ocho años para ir a la escuela, contó, cuando vio “a una muchedumbre enorme” liderada por mujeres, que se acercaban a su edificio y gritaban: “Hoy la vamos a matar; vamos a matar a la señora”.

Los videos muestran a una multitud escandalosa y agresiva, en aumento y que se dirige hacia el complejo mientras los guardias de seguridad tratan de hacerla retroceder sin conseguirlo. Sethi señaló que personas entre la multitud se brincaron al balcón en su departamento en la planta baja y rompieron una puerta de vidrio con una maceta.

Sethi platicó que bajó de un jalón a su hijo de la cama, llena de pedazos de vidrio, y se escondieron con su esposo en un baño, que cerraron con llave, por una hora y media, mientras la muchedumbre saqueaba su departamento.

“Solo pensábamos en salvar la vida”, observó en una entrevista, llorando, y mostró un pesado tubo de fierro que dejó uno de los intrusos. “Trataron de demostrar que no tienen derechos. Yo creo que no tenemos ningunos derechos humanos. Nosotros somos los pobres”.

Sethi, de 34 años, se considera una jefa benevolente.

“Las adoramos porque son una parte tan importante de nuestra vida”, comentó sobre las muchachas. “Los hindúes creen que si estás comiendo algo y alguien con el estómago vacío te está viendo comer, no puedes digerir la comida. Primero les damos de comer y luego comemos. Le daba té antes de hacer que hiciera su trabajo”.

Sin embargo, ha perdido la fe en ese lazo, notó. “Creo que nos odian”, comentó sobre las mucamas. “Existe una división de clases definida. Nos odian por el dinero, se preguntan: ¿Por qué son tan acaudalados, tan ricos? ¿Por qué tienen todo?’. Nos envidian y así es como resulta”.

Bibi, la muchacha, tenía un posición diferente sobre la relación y contó que Sethi no le había pagado 3,500 rupias, o cerca de 55 dólares, de los dos últimos meses, y la había acusado falsamente de robar.

“Solo porque tiene dinero, ¿piensa que se puede salirse con la suya por cualquier cosa?”, preguntó. “Por todas partes, todos la están escuchando a ella y nadie a mí. ¿Nos va a tirar a la basura solo porque yo soy pobre?”.

En cuestión de horas, el conflicto había trazado una línea brillante por todo el complejo, en el que hay 2,700 departamentos y los residentes anunciaron la decisión de prohibir el acceso a todos los sirvientes. “The Hindustan Times” reportó con firmeza que “una gran cantidad de familias ordenaron la comida afuera el miércoles y el jueves”.

“El punto es que se les tiene que dar una lección”, dijo Mamta Pandey, de 50 años. “Si ellos se pueden unir, ¿por qué nosotros no?”.

Pandey dijo que ahora se levanta una hora antes para hacer el quehacer, y estaba planeando comprar un “trapeador hecho con tecnología de la nueva era” para poder limpiar más fácilmente los pisos. Comentó que “tiene un problema para sentarse y fregar los pisos en la forma tradicional”.

Sandhya Gupta, otra vecina, dijo que los empleadores deberían tener cuidado de no bajar la guardia con las criadas.

“Son como el hueso que se te atora en la garganta; ni las podemos tragar, ni las podemos escupir”, observó. “Nos necesitamos mutuamente, y debemos aprender a coexistir con respeto mutuo”.

Los habitantes de la barriada pobre de Bibi dijeron que la semana había sido atemorizante y agotante, y muchos dijeron que había sido culpa de ella. La policía entró de repente en el asentamiento de un día para otro, del miércoles al jueves, detuvo a cerca de 60 personas y a 13 de los vecinos de Bibi. Otros habitantes huyeron hacia un plantío de quimbombó y se escondieron allí hasta que se fue la policía.

Uno de los trabajadores, Sadanand, dijo que la policía estaba deteniendo a los hombres en forma indiscriminada. En la calle, mujeres de Mahagun Moderne salieron subrepticiamente por las rejas del complejo para hacer comentarios resentidos al grupo de cámaras de los noticieros.

La policía dijo que se habían registrado las denuncias penales de la familia Sethi, Bibi, los habitantes del complejo y los guardias de seguridad.

Arun Kumar Singh, el superintendente de la policía de Noida, dijo que era asombroso cuán rápido los propietarios se habían vuelto en contra de sus empleados y los acusaron – falsamente, notó – de ser inmigrantes indocumentados provenientes de Bangladés.

“Les hice una pregunta: ‘¿Cómo fue que encontraron refugio en tu casa todos estos años?’”, dijo. “La cosa es así el día en que tenemos una diferencia con nuestro hermano, ese es el día en el que nuestro hermano se convierte en alguien con antecedentes penales o en un ‘naxalita’”, refiriéndose a los ex presidiarios e insurgentes maoístas. “De otra forma, antes de esto, es nuestro hermano”.

SUHASINI RAJ y ELLEN BARRY
© 2017 New York Times News Service

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