Ricardo Piglia: Realidad y ficción

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Existe la creencia generalizada de que el lector abandona la realidad cuando se sumerge en el mundo ficticio del narrador de cuentos y novelas. En contraparte, la crítica literaria basada en el materialismo filosófico de Gustavo Bueno sostiene que cada partícula del ambiente ficticio construido por un autor está hecho de cosas, conceptos o ideas absolutamente reales. Un buen ejemplo de esta teoría sustentada por Jesús G. Maestro lo tenemos en Las actas del Juicio de Ricardo Piglia.

“Ricardo Emilio Piglia Renzi es de formación historiador”, dice Jorge Carrión en “Dos por cuatro: la multiplicación pigliana”. Partamos de esa premisa para analizar los conceptos de literatura e historia y tratar de comprobar la hipótesis de Maestro en el cuento seleccionado, el cual hace referencia al asesinato del militar y político argentino Justo José de Urquiza.

Habrá que comenzar por decir que la estructura del relato, en forma de acta de juzgado, constituye en sí misma una paradoja porque no existen evidencias de juicio alguno celebrado en contra de los presuntos asesinos. Piglia, sin embargo, elige este formato para imprimirle intensidad a sus personajes: un escribiente narrador, el juez, el testigo acusado y el muerto.

Piglia ha tenido que documentarse a fondo para nutrir su relato con datos históricos, íntimos, del contexto en el que ocurre el crimen de Urquiza. El cuento está poblado de acontecimientos sociológicos y elementos geográficos de Entre Ríos y sus alrededores, en especial la provincia argentina de Ciudad del Uruguay. Este proceso de investigación documental que Carrión cataloga como “lectura de escritor o ‘lectura estratégica’, es decir, un procedimiento de asimilación y de apropiación de lo leído, de incorporación a la propia obra; una lectura que jamás es inocente ni tampoco generosa porque su objeto es nutrir la lectura de uno mismo”.

El propio Piglia abona a la causa: “La literatura –afirma– no es otra cosa que un uso complejo del lenguaje que intenta transmitir emociones y no sólo conceptos”. Es decir, que el autor toma elementos del mundo real y mediante artificios lingüísticos los usa para recrear escenarios y personajes que emocionan al espectador a partir de temas preexistentes. Precisamente, aficionado a los temas históricos, Piglia emplea la floritura del lenguaje para convertir en arte escrito el derrocamiento y asesinato del caudillo Justo José de Urquiza ocurrido a finales del siglo XIX.

Pero el autor no crea su relato de la nada. Como apunta Fabricio Forastelli, Piglia “puede ser debatido desde algunas preguntas que involucran no sólo la relación entre lectura y escritura, sino el vínculo entre representación literaria y cultura moderna ‘como una historia del arte de leer en la ficción’ y como experiencia”.

Robustiano Vega es la personificación del coronel Robustiano Vera quien, al frente de medio centenar se soldados, irrumpió en la morada de Urquiza para acabar con su larga trayectoria de despotismo y quien había llegado a ser, en sus mejores momentos, presidente de la Confederación Argentina.

El relato vincula hechos históricos como la Batalla de Cepeda y la Guerra con Paraguay que Piglia evoca a lo largo del relato refiriendo el sufrimiento, abnegación y orgullo de la tropa: En aquel tiempo ya teníamos casi diez años de saber qué cosa es no haber escapado nunca, qué cosa es galopar y galopar, como rebotando y sentir la tierra abajo, que retumba, y arremeter a los gritos, mientras los otros son una polvareda chiquita, como si uno los corriera con la parada.

El tratadista del Materialismo filosófico como teoría de la literatura, Jesús G. Maestro, descarta de lleno cualquier posibilidad de que los textos literarios puedan ser construidos con algo más que tabiques de realidad: “La literatura no habla sino de realidades. La credibilidad de las formas le exige conservar todos los lazos de unión con la complejidad de la vida humana”. Dice: “Quizá se olvida con demasiada frecuencia que la literatura sólo está alejada del mundo real ficcionalmente”.

Opina Maestro que “para el ser humano es ficción todo aquello que, en su existencia operatoria, no altera ni compromete definitiva o irreversiblemente sus funciones somáticas”, lo que, por otra parte, no contradice la tesis de que la ficción se basa en elementos puramente reales. El escritor es un observador de la realidad con sensibilidad única para percibirlos desde un enfoque artístico. El autor exitoso es un artista a diferencia del escritor común que no pasa de artesano, pero cuando ambos construyen mundos fantásticos lo hacen a partir de sus vivencias, es decir, de la realidad.

El escritor de ficciones puede inspirarse en historias de su niñez, en el bagaje de su formación profesional, en la diversidad de vínculos que establece con los demás a lo largo de su vida y con todo ello imagina personajes deslumbrantes y ambientes extraordinarios de mundos fantásticos, que luego se conectan con la realidad propia del lector, incluso cuando el espectador alcanza un grado extremo de abstracción como cuando Piglia nos remite a la sensación de urgencia mientras leemos que los entrerrianos de Urquiza tienen que vadear apresuradamente el río Uruguay para poder escapar de los porteños.

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