Salvando un símbolo afgano, solo con afganos

(Bryan Denton/The New York Times)
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KABUL, Afganistán ⎯ Nada simboliza la destrucción y la ruina de Afganistán y sus cuatro décadas de guerra mejor que el Palacio de Darulaman, un edificio alguna vez magnífico que es visible desde kilómetros a la redonda por su ubicación en una loma.

El palacio ha sido golpeado y agujereado por casi todos los calibres de armas concebibles disparadas por casi todas las facciones en las guerras recientes del país, con la posible excepción de los estadounidenses y sus aliados, porque, para cuando ellos llegaron, estaba demasiado dañado para ofrecer una protección muy útil.

Sin embargo, como el propio Afganistán, el palacio nunca colapsó por completo; sus cuatro torres con domo siguen en pie, aunque el edificio debajo estaba tan ruinoso que parecía desafiar la gravedad.

Ahora, gran parte del Palacio de Darulaman está cubierto por andamios y redes verdes, con sus cerchas y maltratadas columnas corintias visibles solo por fragmentos. Enormes letreros cuelgan de los andamios, en dari y pastún, que dicen: “Podemos hacerlo”.

De manera significativa, no hay un letrero en inglés. No solo Afganistán está restaurando su edificio más emblemático, lo está haciendo totalmente por su cuenta. El financiamiento es afgano, y también sus arquitectos, ingenieros y obreros; incluso sus asesores técnicos. Además, un porcentaje sorprendente del personal profesional lo conforman mujeres, 25 por ciento, pese a la falta de alguna cuota de género impuesta por los donantes internacionales; de los cuales no hay ninguno.

El precio, también, es afgano: 20 millones de dólares han sido presupuestados para el proyecto de cuatro años para reconstruir el palacio de tres pisos y 32.6 metros de altura. Hace unos años, según Omara Khan Masoudi, el ex director del Museo Nacional, Estados Unidos llevó a cabo un estudio de factibilidad que calculó un costo de 200 millones de dólares para la reconstrucción del edificio de 150 habitaciones, usando a contratistas extranjeros, y la idea fue rechazada como imposiblemente costosa.

Cuando el proyecto se puso en marcha en 2016, según Nilofar Langar, vocera del Ministerio de Desarrollo Urbano, el primer trabajo fue limpiar casi 545 toneladas de escombros del enorme edificio, que comprendían desde desechos humanos y animales hasta casquillos de balas y artillería. Una empresa extranjera hizo una oferta de un millón de dólares para la limpieza inicial; un grupo de trabajadores afganos, encabezados por mujeres empleadas por el ministerio, lo hizo por 30,000 dólares, dijo Langar. “No ahorramos 970,000 dólares”.

El presidente Ashraf Ghani ha promovido el proyecto como un ejercicio del orgullo nacional, visitando el sitio tres veces para verificar su avance. Ha rechazado enfáticamente cualquier ayuda internacional; aunque algunos donantes bien podrían señalar que como proporcionan la mayor parte del presupuesto de Afganistán, se puede decir que es dinero internacional al final.

La idea de restaurar el palacio ha sido una de las iniciativas más populares de Ghani. En un gobierno de coalición fraccionado al que le tomó dos años ponerse de acuerdo sobre un ministro de Defensa, el proyecto de Darulaman ha disfrutado de un nivel inusual de apoyo multipartidista.

“Estoy muy contento de que el presidente prestara atención a la reconstrucción de este palacio”, dijo Masoudi. “Es realmente importante. Los medios ahora están celebrando esto como la tierra del terrorismo, Al Qaeda y el talibán. Esto es algo diferente”.

La meta es tener listo el palacio para el centenario de la independencia de Afganistán de Gran Bretaña en 1919. El Palacio de Darulaman es mucho más que un rostro feo, resultado de sus cuatro décadas disolutas: comprende casi nueve décadas de historia afgana.

El palacio nunca fungió realmente como tal, para ningún rey o jefe de estado. El rey Amanullah, quien ordenó su construcción, fue depuesto antes de que estuviera terminado, por una rebelión encabezada por mulás conservadores contra su régimen modernizador en 1929. (Él introdujo las escuelas para niñas y desalentó el uso de las burqas, entre otros esfuerzos no vistos de nuevo en medio siglo.)

Diseñado por arquitectos franceses y alemanes, mezclando estilos europeos neoclásicos con influencias mogules y orientales, el palacio no era solo posiblemente el edificio más grande de Afganistán, también era uno de los primeros con calefacción central y agua corriente.

En los años siguientes, fue todo salvo aquello para lo que fue construido, fungiendo como escuela de medicina para la Universidad de Kabul, almacén de pasas, la sede de varios ministerios y, finalmente, el Ministerio de Defensa.

Se incendió y fue reconstruido por el rey Mohammad Zahir Shah en los años 60. Durante los años de la guerra civil de los 80 y 90, se convirtió en base de varias facciones mujaidines, fue incendiado de nuevo por el talibán, luego se convirtió en un asentamiento de refugiados y en un campamento nómada (con cabras que residían en el grandioso Salón Oval). En la última década, fue cuartel general de un batallón del Ejército Nacional Afgano.

Durante esas décadas de conflicto civil, fue muy apreciado por sus enormes muros y su posición dominante sobre una colina que controlaba los caminos de acceso a la ciudad desde el sur. Las consecuencias son demasiado evidentes.

“Si hay algo que no se puede contar en Afganistán, son las guerras y las balas”, dijo Zabihullah Rahimi, el subadministrador del sitio. “Nadie puede contar los hoyos de las balas. Son incontables”.

Incluso las habitaciones interiores están llenas de hoyos y cubiertas de grafiti de varias facciones, en una variedad de dialectos y alfabetos. En una de esas habitaciones, los miembros del personal profesional del proyecto de reconstrucción trabajan en varias laptops mientras supervisan el estado de las obras, que por el momento consisten mayormente en retirar varios kilómetros cuadrados de yeso y concreto de las paredes de ladrillo y los pilares, totalmente a mano con picos y martillos.

Masouma Delijam, de 28 años de edad y una arquitecta destacada en el proyecto, pasó de un empleo con un contratista privado a su empleo aquí para el gobierno afgano, con la mitad del salario. “Todos estamos muy orgullosos de ser parte de esto”, dijo. “Nuestro salario no es mucho, pero vale la pena ser parte de este proyecto”.

Eso es especialmente cierto, dijo, porque está siendo realizado por los propios afganos. “Es muy bueno que hayamos podido encontrar la capacidad en nosotros mismos para esto”, afirmó.

Eso no debería ser una sorpresa, dijo Ajmal Maiwandi, jefe del Fideicomiso del Aga Khan para la Cultura, que ofrece asesoría técnica en el proyecto (de sus expertos afganos). “Ha pasado más de década y media. Si no existiera la capacidad para hacer frente a un proyecto de esta naturaleza, sería sorprendente”.

Durante toda la vida de Delijam, el arruinado Palacio de Darulaman fue un recordatorio de lo que había llegado a ser del país. “Nos afectaba. Lo veíamos todos los días. Y ahora la gente nos verá reconstruirlo, y tendrán esperanza en el futuro de Afganistán”.

No todo es optimismo en torno al futuro del proyecto. Algunos de los trabajadores se quejaron de que no se les habían pagado sus salarios de 150 dólares mensuales en cuatro meses.

“Admito que hubo un retraso”, dijo Langar, atribuyéndolo a problemas administrativos, no financieros, y prometiendo que todos los salarios estarán al corriente pronto. También dijo que el proyecto ya tenía un retraso de un año, aunque sigue habiendo esperanzas de que esté listo a tiempo para el centenario.

Los excesos de costos y los repetidos retrasos han sido desde hace tiempo una característica de muchos proyectos operados por extranjeros en Afganistán, en ocasiones con resultados desastrosos (la Presa Kajaki sigue sin terminar después de una inversión estadounidenses de 500 millones de dólares). Esta vez, dijo Delijam, los afganos no tendrán a nadie a quien culpar ⎯ o agradecer ⎯ más que a ellos mismos.

Rod Nordland
© 2017 New York Times News Service

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