El trago amargo del borracho

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El portazo en las narices que recibió Felipe Calderón por el gobierno cubano ha sido interpretado de distintas formas, desde el regocijo por ese desplante hasta quienes advierten que se trata de la negativa de un gobierno autoritario a permitir el ingreso a quien acudía a participar en el homenaje a un opositor al régimen castrista.

Los defensores de esta última tesis olvidan el meollo del asunto: Calderón es y seguirá siendo objeto del odio de buena parte de los mexicanos a quienes sumió en una guerra contra el narco que tenía su carne de cañón en los millones de hombres y mujeres que se ven involucrados, directa o indirectamente, en ese oscuro mundo: como traficantes, como farmacodependientes, como sicarios, o como familiares de unos u otros.

No se trata de justificar a quien se suma a las filas de la delincuencia, sino de explicar que en un país que ha cancelado las opciones para sus jóvenes, las opciones se estrechan: o pasan a formar parte de los cárteles del narcotráfico o pasan a militar a las filas de los partidos políticos oportunistas como el PRI, el PAN, la ramera del Verde y otros satélite.

Con sus debidas proporciones, el caso es comparable al secuestro del que fue objeto el “Jefe” Diego, el hombre que litigaba contra el Estado del que formaba parte como senador y que por en ese ir y venir obtenía cantidades millonarias.

Leí el parecer de algún amigo que en alusión al secuestro, decía que “no se vale” y le asiste la razón, como tampoco se vale que Fernández de Cevallos jugara tramposamente en dos canchas. ¿Hacerle trampa al tramposo? Difícilmente habrá ojos que no vean con simpatía al delincuente que se atreve a pegarle al mañoso, al gobierno que le cierra las puertas al rechazado.

Lo que estamos viendo es un pueblo dolido, lastimado, que no olvida, y que ve en las injusticias que (muy eventualmente) llegan a enfrentar los poderosos, una suerte de karma, de divina justicia, de balance de cuentas, porque sabe que la justicia y la ley son y serán letra muerta para emitir sentencias acorde a la gravedad de estos casos.

Ahí están Granier o la Maestra, quienes viven como jeques hasta antes de su detención pero una vez que esta se ha consumado, más por venganzas que por justicia, salen con tremendas dolencias y achaques que los llevan a pedir misericordia y arresto domiciliario.

Despojados de su poder, que no de su dinero, los poderosos se muestran débiles, indefensos, pero reacios a entregar los recursos mal habidos.

Así, las penurias que lleguen a enfrentar los Calderón, los Cevallos, la maestra, los Peña Nieto y otros secuaces, no serán sino festejadas por aquellos mexicanos que ven muy justas esas injusticias. La expresión vox populi , vox Dei, no se acuñó de la nada, y pesa más que esas plumas ligeras que mañana serán olvidadas y que piden justicia para los injustos.

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