Desde Trump, una tranquila calle en el norte del estado se convierte en una salida de Estados Unidos con mucho movimiento

(Todd Heisler/The New York Times)

CHAMPLAIN, Nueva York _ Roxham Road es una tranquila calle que sale de otro tranquilo camino vecinal, donde un par de caballos mastican paja empapada y nieve derretida fluye por una zanja que corre junto al pavimento lodoso. Atraviesa la espesura de árboles durmientes, pasa por media docena de caravanas y, después de casi una milla, se topa con una fila de rocas y una barandilla oxidada con un letrero que dice: camino cerrado.

Chris Crowningshiele ha estado manejando un taxi en forma intermitente durante 30 años en este rincón rural del norte del estado de Nueva York, conocido como North Country. Vive al sur de esta localidad, en Plattsburgh, y, por lo general, sus viajes son para transportar a estudiantes de una universidad estatal allá o de recoger a compradores en Wal Mart en su minivan gris. Sin embargo, en las últimas semanas, los pasajeros le han estado pidiendo – dos, tres, a veces hasta unas siete veces al día – que los lleve a donde termina Roxham Road.

Los lleva el último trecho de su viaje para salir de Estados Unidos. Justo al otro lado de donde está el letrero, se encuentra Canadá. Funcionarios fronterizos y socorristas allí dicen que ha habido un aumento en las personas que cruzan ilegalmente desde Estados Unidos en los meses, desde que se eligió al presidente Donald Trump, muchos de ellos originarios de países musulmanes que intentaban asilarse. Roxham Road, solo una desviación reducida de un importante cruce fronterizo en la Interestatal 87, se ha convertido en uno de los puntos de entrada de ilegales de mayor movimiento.

Crowningshiele recoge pasaje en Plattsburgh, en su mayor parte en el aeropuerto o en la estación de autobuses, y durante un trayecto de 25 millas hacia el norte, ya le contaron que habían viajado por todo Estados Unidos. Algunos eran inmigrantes de Yemen y Turquía. Le confiaron que sentían miedo de lo que estaba pasando en los países que querían dejar atrás – no solo su patria, sino, ahora también, Estados Unidos – y de lo que enfrentarían una vez que se bajaran del taxi de Crowningshiele.

“Te preguntas qué está pasando por su cabeza, sabes”, dijo. Muchos de sus pasajeros han sido familias de padres que cargan a los hijos pequeños y cualquier posesión que pudieron llevar con ellos.

“La gente solo quiere vivir su vida”, dijo Crowningshiele, de 48 años, “y no tener miedo”.

Dada la proximidad con Canadá, la gente de por aquí siempre tuvo cierta conciencia del mundo más allá de la frontera. Es posible escuchar con toda claridad una estación de radio de música pop de Montreal, y no es tan inusual correr al otro lado para ir de compras. Sin embargo, la fila constante de taxis que han empezado a transitar por Roxham Road los ha obligado a vérselas con la vida en la frontera y con decisiones que se toman en Washington en formas que nunca antes se había hecho.

No se trata, exactamente, de territorio Trump. En el condado de Clinton, que incluye a Champlain, Hillary Clinton eclipsó a Trump por 610 votos. Muchos residentes de Roxham Road dijeron que no se habían molestado en votar y que habían seguido la política solo lo suficiente para sentirse desencantados, si no es que hastiados.

“Yo solía hacer que me hablaba la virgen”, comentó Melissa Beshaw, cuya casa es la penúltima antes de llegar a la frontera. “Nunca me importó la política hasta que se hizo famosa esta calle”.

Ella, como algunos otros, responsabilizó rápidamente a Trump. Los defensores de la inmigración en Canadá dijeron que las razones por las cuales la gente huye son más complicadas: sin duda que el decreto presidencial que emitió el mandatario en enero sobre la inmigración que afectó a los países que son mayoritariamente musulmanes fue un factor, pero también lo fueron la frustración con el proceso inmigratorio en general y la preocupación por la retórica antimusulmana.

Los emigrantes han estado llegando a lugares como Roxham Road no porque quieran pasar a hurtadillas la frontera; la expectativa es caminar directamente a los brazos de las autoridades canadienses. Un acuerdo entre Estados Unidos y Canadá hace que sea virtualmente imposible que ellos soliciten asilo en un cruce fronterizo legal; los funcionarios fronterizos canadienses tendrían que hacerlos regresar. Sin embargo, un tecnicismo les permite ignorar el acuerdo al ilegalmente poner un pie en Canadá.

“Una vez que los detienen, ya están en suelo canadienses”, dijo Jean Sébastien Boudreault, el presidente de la Asociación de Abogados en Inmigración de Quebec, “así es que tenemos que permitirles que hagan una petición de asilo”.

Justo después de que paró una lluvia gentil en una tarde reciente, un Prius azul con un letrero de taxi en amarillo, colocado en el techo, se acercó a la frontera.

Un marido y su esposa se bajaron. El cargó la mochila, un bolso marinero y varias bolsas del mercado. Ella cargaba a un niño chiquito. La pareja declinó hablar con un reportero, aunque el hombre dijo que eran turcos. La familia fue la segunda que se detectó que llegaba ese día por Roxham Road y, por lo menos, otros dos taxis estarían allí después. Según las cuentas de la gente que vive en esa calle, fue un día de poco movimiento. Casi 20 personas habían llegado el día anterior.

Conforme la familia se acercaba a la frontera, un elemento de la Real Policía Montada Canadiense les dijo que no era legal que entraran por allí. Si continuaban, les dijo, los aprehenderían.

“Me disculpo por esto”, respondió el hombre con voz insegura, “pero tengo que infringir sus reglas”.

Hizo una pausa.

“Lo siento”.

La pareja cruzó brincando un arroyo estrecho y fangoso que divide a ambos países. Un oficial canadiense tomó gentilmente a la mujer por el brazo izquierdo, mientras ella sostenía a su hijo en el recodo del derecho, y la ayudó a subir.

Los abogados dijeron que, por lo general, a las familias como esta las llevan ante agente de inmigración en el cruce fronterizo legal más cercano, donde, oficialmente, pueden solicitar asilo. Si tienen alguna identificación y no parecen representar una amenaza a la seguridad, dijeron los abogados, es típico que las liberen y les den un boleto de autobús con destino a Montreal, donde esperan presentarse a una audiencia sobre su situación de refugiados. Muchos de ellos se alojan en la YMCA de esa ciudad.

Los cruces fronterizos, a pesar de estar cargados de emoción, suceden rápidamente y pueden parecer casi procesales, y han ocurrido una y otra vez todos los días, en las últimas semanas.

Tony George Hogle, padre, ha vivido en Roxham Road desde hace casi 25 años, cuando todavía era una franja de terracería. Dijo que hace años que la calle ha sido un cruce oficial. Desde luego que ha notado que ha aumentado el tránsito recientemente. Ha visto que dejan a personas en la intersección por lo que se ven obligadas a arrastrar las maletas una milla entre la nieve. Su apnea del sueño lo mantiene despierto, contó, y ha visto taxis que se acercan sin hacer ruido en mitad de la noche.

Hogle, de 54 años, no votó en noviembre y dijo que recela de Trump.

Entendió la motivación del presidente en seguir sus políticas inmigratorias, pero la situación en su propia puerta hizo que se cuestionara “la forma en la que lo está emprendiendo”.

“Puedo entender su punto de vista”, notó. “Está tratando de proteger a Estados Unidos. Es difícil. Algunos son buenos. No todos son malos. Igual que el hombre blanco; tienes buenos y tienes malos. Debería de haber algo mejor que esto”.

Al otro lado de la calle, frente a Hogle, Matthew Turner dijo que la afluencia había sido inquietante.

“Yo solía cazar a lo largo de la frontera”, dijo Parker Cashman, quien se estaba quedando con Turner, “y hay demasiados lugares donde es muy fácil cruzar”.

Beshaw, quien se queda en su casa a criar a dos nietos bajo su cuidado, dijo que nunca ha sostenido ninguna conversación o siquiera intercambiado una palabra con los emigrantes. Sin embargo, ha observado como llegan los taxis una y otra vez, y ve a los pasajeros, especialmente a los niños, que se bajan y caminan con dificultad bajo la lluvia, la nieve y el frío intenso.

“No compadezco tanto a los adultos como a los niños”, señaló. Con todo, comprende su motivación. “Todo lo que quieren es una vida como la de nosotros·, añadió.

Rick Rojas
© 2017 New York Times News Service

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