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El feminismo que olvidó a las oprimidas (Segunda Parte)

¿IGUALDAD PARA QUIÉN?

Desde la reforma constitucional mexicana de 2019 que estableció la llamada “Paridad en Todo”, el feminismo alcanzó uno de sus mayores logros jurídicos y materiales en la historia del país. Se prometió un cambio estructural: las mujeres compartirían el poder político en todos los niveles de gobierno.

Pero lo que ha sucedido no es una transformación del poder, sino una transformación del género de quienes lo ejercen. Las estructuras de dominación siguen intactas. La promesa de paridad fue capturada por las élites. La igualdad formal se convirtió en una neblina que oculta las mismas formas de exclusión.

Esta crítica no niega los avances normativos ni las conquistas jurídicas a favor de las mujeres. Pero sí señala, con urgencia, que el feminismo que ha llegado al poder en México ha sido funcional a los intereses del sistema, y no se vislumbra a corto plazo el fin de la exclusión a las más vulnerables. La Paridad en Todo ha servido como estrategia de legitimación de un sistema político que permanece clasista, racista y patriarcal.

PARIDAD SIN JUSTICIA: EL PODER ABSORBE AL FEMINISMO

La lógica del poder es absorbente. Toda crítica que no mantiene su radicalidad corre el riesgo de volverse instrumento de lo que combatía (Wendy Brown).

Esto es la gubernamentalización de los derechos: el Estado integra la demanda social sin transformar sus fundamentos. El feminismo, una vez institucionalizado, comenzó a administrar cuotas, bancadas y candidaturas, pero no transformó las estructuras de poder.

El sistema de dominación clasista, racial y de grupos de privilegio se mantiene firme.

La reforma de paridad ha permitido que más mujeres lleguen a los espacios de decisión, pero ¿quiénes son esas mujeres? En su mayoría, pertenecientes a clases medias y altas, con vínculos familiares, económicos o afectivos con el poder tradicional.

Salvo contadas excepciones coyunturales del primer ciclo de la reforma Paridad en Todo, el sistema terminó por protegerse.

Como muestra, ahí está la mujer indígena, la jornalera agrícola, la operadora de maquila, la madre soltera de la periferia urbana: siguen fuera del juego político. Ahí están las mujeres Cucapá del Ejido Indiviso, quienes llevan tres décadas luchando por su derecho ancestral a pescar en el Delta del Río Colorado y el Alto Golfo de California. Aunque son invitadas a foros nacionales como “emblemas de inclusión”, su actividad pesquera sigue criminalizada por el Estado, que las persigue sin ofrecer alternativas económicas reales. El gobierno celebra su cultura en discursos, pero niega su autonomía.

DE HIJAS DEL PODER A GESTORAS DEL SISTEMA: FEMINISMO BLANCO Y DE ÉLITE

La crítica es clara: muchas de las mujeres que hoy ocupan cargos públicos no han roto el sistema, lo han heredado. Son hijas de gobernadores, esposas de senadores, herederas de redes familiares; pertenecían al sector femenino de los mismos grupos de privilegio. La política mexicana ha sustituido a los varones de las élites por mujeres de las mismas élites.

Se disputa el poder entre iguales, pero con rostro femenino (Nancy Fraser).

Cuando el feminismo abandona su raíz crítica y se convierte en ideología de ascenso individual, pierde su capacidad transformadora. Se vuelve neoliberal, meritocrático, funcional al capital. El feminismo de élite se convierte en un club de acceso restringido, donde la mayoría de las mujeres, especialmente las clases trabajadoras, quedan fuera.

No todas las mujeres en el poder provienen de redes privilegiadas, pero la tendencia dominante confirma que el acceso sigue mediado por estructuras clasistas y raciales. Urgen mecanismos interseccionales: cuotas para mujeres indígenas, afrodescendientes o empobrecidas.

MASCULINIZACIÓN DEL FEMINISMO: CUANDO EL PODER NO CAMBIA DE FORMA

Una paradoja inquietante recorre la política mexicana: mujeres que llegan al poder para reproducir los modos autoritarios, verticales, excluyentes que antes criticaban. El poder no ha sido feminizado; el feminismo ha sido masculinizado.

Una mujer en el poder no es garantía de transformación si asume el mismo código patriarcal que antes denunciaba (Rita Segato).

Lo que cambia es el género del rostro, no la naturaleza del ejercicio del poder; es decir, la vigencia del sistema.
Competencia, violencia simbólica, exclusión del otro, desprecio por lo comunitario. Es el mismo poder de siempre, solo que con lenguaje inclusivo y eslóganes de empoderamiento.

LA DESIGUALDAD COMO SÍNTOMA, NO COMO CAUSA

El feminismo útil al poder confunde causa con efecto. La desigualdad entre mujeres y hombres es real, pero es un síntoma de causas más profundas: la desigualdad de clase, de raza, de etnicidad, de origen. No basta con que haya mujeres en el poder si son las mismas que reproducen privilegios, explotan a otras y niegan la lucha de fondo contra el sistema económico y cultural de opresión.

No hay feminismo sin lucha antirracista ni anticapitalista (Angela Davis).

El feminismo decolonial cuestiona la idea de emancipación sin ruptura estructural (Yuderkys Espinosa).

El feminismo mexicano dominante no ha cuestionado ni el racismo estructural ni el colorismo ni la jerarquía de clases. Solo ha redistribuido el poder entre los más iguales.

LA URGENCIA DE UN HUMANISMO EMANCIPADOR

Frente al feminismo que disputa cuotas de poder, se levanta la necesidad de un humanismo radical, que reconozca que las luchas de género, clase, raza, etnia y territorio están entrelazadas. “Todos debemos ser indígenas”, escribí en un artículo hace algunos años, no como apropiación identitaria, sino como llamado ético: ponernos del lado del oprimido, hablar desde el margen, pensar desde abajo, “primero las pobres”.

Ahí están las madres buscadoras, colectivos de mujeres que escarban la tierra con sus manos para encontrar a sus hijos desaparecidos. Su lucha, nacida del dolor, desnuda la complicidad entre crimen organizado y Estado. Aunque el gobierno las exhibe como “ejemplo de resiliencia”, las persigue cuando evidencian su fracaso: al menos 6 madres buscadoras han sido asesinadas desde 2021. Su feminismo no cabe en eslóganes de paridad; es un grito por justicia en un país que normaliza la muerte.

El humanismo, bien entendido, no es universalismo abstracto ni neutralidad ideológica. Es la afirmación de la dignidad humana contra todas las formas de dominación.

El feminismo debe ser didáctico, no como un acto neutro, sino como un acto profundamente político, que a través del diálogo crítico, la conciencia colectiva y el protagonismo de los excluidos abra camino a una verdadera emancipación (Freire).

La pedagogía del feminismo es liberadora solo si parte de la experiencia concreta del pueblo y se orienta hacia la transformación del mundo.

POR UN FEMINISMO POPULAR Y HUMANO

Gran parte del feminismo que ha llegado al poder en México ha olvidado a las oprimidas. Ha servido, en muchos casos, para reorganizar el poder sin cambiar su esencia clasista, racista y patriarcal desde el capitalismo. Necesitamos un feminismo que no solo dispute espacios, sino que los reinvente. Que no solo exija derechos, sino que cuestione los fundamentos del orden social.

Ese feminismo existe en las resistencias comunitarias, en las mujeres Cucapá que defienden su territorio frente a la criminalización, en las madres buscadoras que enfrentan balas por nombrar a sus hijos, en los pueblos que siguen nombrando al poder como algo colectivo, no como privilegio individual. Ese feminismo no es útil al poder. Es útil a la humanidad.

Y por eso, si queremos un futuro mejor, no basta con paridad de género. Necesitamos justicia social, dignidad, libertad y una ética que parta desde los últimos: un humanismo radical que nos devuelva la esperanza y la lucha.