
No dejemos que nuestras escuelas sean escenario de masacres como las que se registran al otro lado de la frontera
De unos cuantos días a la fecha, una serie de acontecimientos ha puesto bajo los reflectores a los Colegios de Ciencias y Humanidades de la capital del país, así como a algunas facultades de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Desde ataques mortales con arma blanca que han dejado por saldo a alumnos y trabajadores muertos o heridos, hasta amenazas de bomba, esta es la constante en los diversos planteles.
Pero no hay que ir tan lejos porque en nuestra Baja California, donde los niños resultan intoxicados por el solo hecho de desayunar alimentos mal preparados en instalaciones deficientes, también se han registrado ejemplos de bullying, de ataques, de alumnos que portan armas y diversos casos más que pasan por intentos de secuestro como ocurrió en el campus Mexicali de la UABC.
Aunque se trata de un hecho ocurrido fuera del campus universitario de Baja California, el reciente suicidio de una joven de nombre Danitza nos obliga a voltear al sector educativo y atender las fallas que se están registrando en este ámbito.
Violencia, agresiones mortales, portación de armas ya sean objetos punzocortantes o armas de fuego, autoagresiones, hasta venta de droga así como otros focos rojos provocados por vacíos legales y magros presupuestos para atender un creciente deterioro emocional entre los jóvenes, que sobre todo tras la pandemia sufren una serie de problemas que los llevan a la autolesión y a la violencia en contra de quienes los rodean, sean condiscípulos, maestros u otros jóvenes.
No dejemos que nuestras escuelas sean escenario de masacres como las que se registran al otro lado de la frontera, principalmente porque los alumnos estadounidenses tienen mayor acceso a armas de alto poder, sean de sus padres o conseguidas por otras rutas.