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¿EEUU atacará a México?

La pregunta correcta debería ser: cuándo atacará.

Hace apenas unas semanas, ante la llegada de tropas militares de los Estados Unidos a Calexico, California, en la frontera con Mexicali, donde soldados, tanques, helicópteros y camiones blindados instalaron un campamento a unos cuantos metros de la zona urbana mexicana, separados únicamente por la cerca metálica, la versión popular fue que se avecinaba un ataque armado contra nuestro país.

La gente ya se acostumbró a mirar el despliegue militar norteamericano en su propio territorio, a metros de la mancha urbana de la capital de Baja California, por lo que la versión del ataque desapareció.

Pero la verdadera cuestión no es si los Estados Unidos van a atacar objetivos en México, sino cuándo va a ocurrir.

No será sorpresa para nadie que uno o varios ataques en territorio nacional, desde cualquiera de las bases militares fronterizas de Estados Unidos, ocurran precisamente este 2026.

¿Por qué digo esto? Simplemente porque el presidente norteamericano, Donald Trump, ha asegurado que planea “atacar por tierra” a los grupos del narcotráfico, lo que incluye a los cárteles mexicanos, estén donde estén.

Aunque Trump no dijo qué lugares ni cuándo será, lo cual sería un error táctico anunciar, ha lanzado cuestionamientos hacia el gobierno mexicano, exigiendo no sólo a los capos de la distribución de drogas, sino también a los capos de cuello blanco insertados en la política y el sistema financiero. Es a ellos a quienes el presidente Donald Trump quiere como trofeos de guerra.

El hecho de que Estados Unidos designe a los narcotraficantes como organizaciones terroristas le permite a su gobierno violar las soberanías nacionales de otros países sin responsabilidad jurídica para sí mismo. Son leyes extraterritoriales frente a las cuales ningún país que no posea misiles nucleares hipersónicos puede oponer objeción real.

Aunque Trump está entretenido con Irán, Groenlandia, el Canal de Panamá, el caso de la isla de millonarios pedófilos, Rusia y China, además de su proceso electoral interno, atacar objetivos en territorio mexicano le resulta mucho más fácil que iniciar otra guerra en Medio Oriente.

El que los cárteles del narcotráfico, en su mayoría mexicanos, sean acusados de provocar la principal crisis de salud pública por el consumo de fentanilo en Estados Unidos, exentado de culpa a los cárteles gringos y sus sistemas financieros de lavado de dinero, que ha dejado cientos de miles de muertes, convierte un eventual ataque a México en un acto de campaña republicana previo o durante las elecciones intermedias de este año.

Así, entre mayor sea la competencia electoral entre demócratas y republicanos, más probables serán los ataques a la soberanía nacional. La popularidad positiva de Trump a la baja es un detonante para los ataques en territorio mexicano.

De ahí que la retórica intervencionista sea cada vez mas elocuente. Basta prestar atención a las tensiones en materia de seguridad binacional.

Aunque el gobierno mexicano grita el derecho de los pueblos a su soberanía territorial, el Ejército mexicano no está construido para enfrentar una guerra contra una invasión o incursiones militares reducidas. De ahí que la eventual incursión norteamericana sería de entrada y salida, pero lo suficientemente teatral, como para influir en el ánimo electoral del votante gringo. De ahí que es poco probable que se busque capturar capos de pistolas fajadas, sino de corbata y saco.

No puede pasar desapercibido que la inminente violación a la soberanía nacional ya se percibe desde el propio gobierno mexicano. Fue el titular de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), el general Ricardo Trevilla Trejo, quien hace unos días hizo un llamado a la lealtad patriótica cuando dijo: “Me permito hacer un llamado claro y decidido a la unidad de todas y todos los mexicanos, para que juntos, sociedad, gobiernos y Fuerzas Armadas, con absoluta lealtad, afrontemos todas las adversidades que pongan en riesgo el bienestar de las familias mexicanas y la seguridad de nuestro querido México”.

Aquí la cuestión es la lealtad ¿contra cuál enemigo? No lo dude: lo dice en el marco de las amenazas de Trump.
También el 5 de febrero, durante el evento para conmemorar el aniversario de la Constitución, integrantes del Partido Acción Nacional (PAN) cerraron filas con la presidenta Claudia Sheinbaum ante lo que calificaron como amagos contra la soberanía del país. Asimismo, la mandataria evocó el artículo 40 de la Carta Magna, donde se reafirma la soberanía de la nación y su rechazo a toda intervención extranjera.

Esto constituye un reconocimiento público de que la amenaza de invasión militar de los Estados Unidos es real.
“México tampoco regresará a ser colonia ni protectorado de nadie y México no entregará nunca sus recursos naturales.

Por ello, con entereza y fiel a nuestra historia, decimos con fuerza: México no se doblega, no se arrodilla, no se rinde y no se vende” dijo en su mensaje nacional. Es claro, además, que Estados Unidos no sólo quiere detener a los cárteles del narco, sino también asegurar el control del petróleo y otros recursos naturales, como las reservas de litio mexicano.

Es evidente que la guerra ya está en marcha. Ha iniciado de forma simbólica, pero con efectos materiales. Estados Unidos, con sus armas algorítmicas en redes sociales, ya legitimó ante un sector importante de su población la invasión militar en México, al grado de que muchos piden operaciones militares directas.

En cambio, cuando se denuncian en redes sociales múltiples violaciones al espacio aéreo soberano mexicano, el algoritmo se encarga de que pasen desapercibidas en el sentimiento popular.

La generación de patriotas que solicitaba la llegada de la izquierda en 2018, si no ha cambiado de bando emocional, al menos buscará ponerse a salvo en caso de operaciones militares norteamericanas, y el patriotismo quedará para mejores tiempos.

Pero la guerra va más allá de lo simbólico. El Comando Sur de las Fuerzas Armadas norteamericanas ha informado de ataques contra narcolanchas en el mar, en una zona ambigua entre mar territorial mexicano y zona económica exclusiva.

Además, la intervención militar norteamericana ocurre de forma sórdida, como la detención de un narcotraficante canadiense, ex atleta olímpico; o como la detención y extradición del “Chapo”. México está indefenso ante una invasión masiva, pero para los objetivos expuestos por el presidente Trump, ésta sería innecesaria, lo que se busca es rentabilidad política, un operativo militar teatral en México con fines electorales en Estados Unidos. Esto es lo que pone nerviosos a los complices que hacen posible las redes criminales del narcotráfico, sea quienes sean y el cargo que ocupen u ocuparon.

Los hechos revelan la intención de realizar operaciones militares en México: las declaraciones del presidente Trump, las suspensiones del uso del espacio aéreo comercial y las inusuales movilizaciones de comandos militares a metros de la capital de Baja California demuestran que no estamos en momentos de paz y hermandad entre ciudades y poblaciones.

La narrativa del gobierno de Estados Unidos es de guerra. La narrativa del gobierno mexicano es de respeto a la soberanía y no intervención.

Es obvio que va a ocurrir.

La pregunta sigue siendo cuándo.