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¡Ahí viene Trump!

El presidente de Estados Unidos en una reunión con presidentes de diversas naciones latinoamericanas con el propósito de una coalición político-militar contra los cárteles del narcotráfico, señaló a México donde se encuentran los enemigos a quienes quieren asesinar esos mandatarios reunidos alrededor de Trump.

No se habla de operaciones policíacas, sino de lazar misiles, y demás ataques militares en México, contra los narcotraficantes, pero también contra sus redes de apoyo financieras, policíacas y políticas.

En esa reunión, Trump dijo algo que en México debería encender todas las alarmas:
“Debemos reconocer que el epicentro de la violencia de los cárteles es México”.

Fue una cumbre con fines militares que señalaron un “epicentro”, es decir un territorio prioritario de intervención militar.

Pero hay algo más que debemos entender.

Si México es el epicentro, la frontera es la primera línea.

Y en esa frontera están Tijuana y Mexicali.

Dos ciudades profundamente integradas a la economía de Estados Unidos, pero también a las dinámicas del narcotráfico, del tráfico de personas, del lavado de dinero y de las redes financieras que sostienen al crimen organizado.

Washington habla de carteles como amenaza a los Estados Unidos, que Trump presume tener identificadas y puede asesinarlas en sus propias casas o bunkers lanzando misiles.

La narrativa es de guerra
La iniciativa de Trump no es un simple programa de cooperación internacional, sino un anuncio de destrucción armada.

En la cumbre se habló abiertamente de utilizar fuerza militar contra los cárteles.

La lógica de Trump es clara, elevar a los cárteles al rango de narco-terrorismo para justificar en sus propias leyes, acciones militares internacionales.

Es un cambio doctrinal importante, de cooperación policial a ataques militares en territorio mexicano, sin siquiera algún tipo de juicio más o menos razonable.

Durante décadas, el narcotráfico fue tratado como un problema criminal, ya no es así.

Hoy empieza a ser tratado como una amenaza de seguridad hemisférica, aunque no pueda explicarse el éxito del consumo de drogas sin la complicidades de las agencias de policía dentro de los Estados Unidos; y la creciente demanda de narcóticos de la propia población de ese país.

Trump lo sabe, no es ingenuo, pero en lugar de eficientar las políticas públicas de prevención a las adicciones, políticas contra el lavado de dinero, y aumentar la detención de los carteles gringos que distribuyen los estupefacientes en toda la Unión Americana, Trump presume que puede lanzar misiles a las habitaciones de los que dice son los narcotraficantes en México.

Trump sabe que el narcotráfico no es solamente un fenómeno territorial.
Los cárteles no operan únicamente en las montañas o en los desiertos.
Operan en los sistemas económicos y financieros que Estados Unidos controla mediante el SWIFT.

El dinero del narcotráfico circula por bancos y empresas.

Es imposible que la inteligencia estadounidense no lo sepa.

Estados Unidos tiene uno de los aparatos de espionaje más sofisticados del planeta.

Sería ingenuo pensar que no conocen qué empresarios, qué políticos o qué redes financieras participan o facilitan estas operaciones del narcotráfico en ambos países.

¿Por qué no atacan ese flujo de miles de millones de dolares?
La respuesta debe ser la más lógica.

Además es los Estados Unidos quienes proveen de armas y municiones en lo que llaman el “epicentro” de la violencia.

También recientemente por la guerra en Irán, Trump se reunió con los fabricantes de armas, por qué no les exige dejen de vender armas a los “terroristas” narcotraficantes. También la respuesta es la más obvia.

Otro cuestionamiento importante es si a Trump le conviene un gobierno mexicano infiltrado por el narcotráfico.

Históricamente, la política exterior de Estados Unidos en América Latina, desde la Doctrina Monroe hasta la Guerra Fría, ha preferido gobiernos débiles, sin apoyo social, corruptos, infiltrados por el crimen, que puedan ser manejables desde Washington.

Gobiernos dependientes de su apoyo para controlar a sus pueblos.

¿Pero acaso los gobiernos de Morena no gozan del apoyo popular? Son los gobiernos con mayor legitimidad en la historia de México.

Entonces no se puede descartar que la infiltración del crimen organizado en gobiernos con legitimidad popular sean una estrategia del extranjero. Ellos siembran el problema para la “solución” que desean. Entre tanto hacen negocio con la venta de armas. Esto es solo una especulación. ¿Podría ser?

Lo cierto es que a los Estados Unidos le conviene en América, gobiernos que, llegado el momento, puedan alinearse con los intereses estratégicos de Washington y no con los intereses de sus propios pueblos.

Por eso surge otra pregunta inevitable.
¿A Trump realmente le conviene erradicar la infiltración criminal en los gobiernos de América?
¿O le conviene que esa infiltración exista, siempre y cuando sea controlable?
Otra vez las respuestas son obvias.

Entonces en su frontera sur, o nuestra frontera norte, ¿acaso Washington no presta atención a las elecciones venideras?

La otra pregunta es todavía más delicada.

Si Estados Unidos considera que el narcotráfico es una amenaza hemisférica y que México es el epicentro, entonces, ¿la frontera Entonces se convierte automáticamente en la primera línea de su guerra?

En Baja California, en los próximos meses se definirá quién será gobernador y quién gobernará ciudades como Tijuana y Mexicali.

¿Puede Washington intentar influir en estos procesos? Desde la perspectiva de Trump planteada recientemente, no hay razones para que no intervenga, de una u otra o varias formas y maneras.

No sería la primera vez en la historia de América Latina y México que así pase.

También existe otra posibilidad.
Que todo esto sea parte de una narrativa política interna para las elecciones intermedias en ese país.

Trump es un maestro del espectáculo político.
Podría estar utilizando el tema del narcotráfico y de México como un recurso para fortalecer su discurso de seguridad nacional, movilizar a su base electoral y preparar el terreno para un triunfo republicano, o por lo menos, para una derrota no tan estrepitosa.

En ese escenario, México no sería un objetivo militar, sino propagandístico.
Sería un argumento político.

Pero, eso solo podría ser, y también lo otro, lo militar. Pronto Trump decidirá, sino es que ya lo hizo.

La frontera norte lo sabrá primero, es el primer frente de batalla.

Pero independientemente de cuál sea la motivación real, estratégica o electoral o militar, hay algo que la historia demuestra con constancia, que es que Washington sí interviene militarmente en México y en cuanto país le convenga a sus intereses.
Además México es prisionero del suministro energético de Estados Unidos, de su cultural, y alimentos.
Es triste reconocer que funcionamos como su patio trasero y somos dependientes; por lo menos hasta que los México americanos sean mayoría demográfica y ganen su propia lucha, que será en inglés y de aquel lado.

En tanto Tijuana y Mexicali ya sufren los efectos Trump, de más presión migratoria, mayor vigilancia y controles en las garitas, menor inversión asiática y norteamericana.

Debemos tomar en serio lo que dice Trump.
Están hablando de atacar en México, de ciudades y pueblos, de su gente y sus gobiernos.

Y dentro de ese territorio, Baja California está en la línea de fuego geopolítica más próxima, somos la frontera más al norte.

Ahí viene Trump.