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El mundial político

¿Existe la posibilidad de que Washington declararé a Morena como una organización terrorista durante el Mundial de futbol?
La historia demuestra que Estados Unidos es intervencionista, y en México, siempre lo ha hecho cuando sus intereses económicos, geopolíticos o ideológicos lo requieren.

Desde arrebatarnos la mitad del territorio, conspirar para asesinar a Francisco I. Madero, e imponernos el modelo neoliberal de gobierno, Washington, gestiona con amoralidad sus intereses en México.

¿Hasta dónde estarían dispuestos a llegar frente a un gobierno de izquierda debilitado internamente, erosionado ideológicamente? ¿Existe la posibilidad de que Washington llegue incluso a declarar a Morena como una organización terrorista? ¿Podría el próximo mundial de futbol convertirse en el escenario perfecto para profundizar un proceso de desestabilización política en México?

La lógica imperial norteamericana jamás ha tenido límites éticos cuando se trata de preservar sus intereses, ellos tienen una constante, la continuidad histórica de la intervención. El gobierno norteamericano no tiene amigos; tiene intereses económicos, militares e ideológicos.
Morena representa una contradicción ideológica para los Estados Unidos; la doctrina del Morena que pone como eje rector a las personas y la intervención gubernamental para reducir las desigualdades; y no colocar la libertad del capital, en especial su capital, es una declaración de guerra simbólica, tanto a republicanos como demócratas.

Estados Unidos no quiere la democracia cuando la democracia lleva al poder a un partido con inclinación socialista, y no abiertamente capitalista de libre mercado.

Como mexicanos compartimos más de tres mil kilómetros de frontera, somos su principal socio comercial y formamos parte de una compleja red económica que sostiene la estabilidad regional. Pero al mismo tiempo, tenemos un gobierno de izquierda nacionalista que siempre será incompatible con los intereses norteamericanos.

Resulta ingenuo pensar que los Estados Unidos no utilizarán todos los instrumentos a su alcance para intentar moldear un gobierno mexicano compatible ideológicamente, funcional económicamente y políticamente dócil.

Y en ese contexto, la corrupción vinculada al narcotráfico se convierte en la oportunidad perfecta para legitimar ante el pueblo norteamericano cualquier forma de intervención que ya han anunciado en repetidas ocasiones.

Las organizaciones criminales del narcotráfico jamás habrían alcanzado el nivel de poder económico, criminal y territorial que hoy poseen sin la complicidad de empleados gubernamentales, grandes empresas, bancos y políticos en ambos lados de la frontera.

Pero esa no es la realidad que Washington permite que se conozca, sino que ha construido un relato que, para el ciudadano promedio norteamericano, educado políticamente por Hollywood, la tv y redes sociales; consienten el discurso patriótico de que México es un Estado infiltrado por el crimen organizado que solo las fuerzas armadas gringas pueden liberar.

En esa estrategia, hace apenas unos días, en comparecencias ante el Senado norteamericano, funcionarios vinculados al aparato de seguridad del gobierno de Trump, fueron a legitimar el plan injerencista en México. No debe olvidarse que es precisamente el Senado norteamericano quien constitucionalmente autoriza las guerras.

Sin sutileza diplomática es preocupante la abierta confrontación de los Estados Unidos en contra del gobierno de la 4 T. Quieren derrocar a la izquierda mexicana, y el pretexto ya está manifiesto.

Y si en algún momento ocurrieran operaciones militares contra México, serían los militares mexicanos quienes pondrían los muertos. De ahí las especulaciones sobre que la entrega voluntaria del general en retiro Gerardo Merida, experto en inteligencia militar, no actuó por su cuenta, sino que siguió ordenes de mandos castrenses. De ser cierto, es el ejercito quien manda un claro mensaje.

Y en medio de todo ello aparece el mundial de futbol.

El futbol ha funcionado históricamente como un gigantesco mecanismo de distracción emocional y adormecimiento cívico de los pueblos.
Ocurrió en Argentina, en Brasil y en Chile. También ocurrió en México- Recuerdo que en 1994 mientras el país atravesaba el levantamiento zapatista y la disrupción filosófica del Sub Comandante Marcos, el asesinato de Colosio, el asesinato de Ruiz Massieu y el nacimiento formal del neoliberalismo salinista; la conciencia popular terminó absorbida por los goles de Romario y Bebeto, el penal fallado de Baggio, y la discusión nacional sobre si Hugo Sánchez debió jugar por Zague en el error de Mejía Barón.

¿Por qué ahora tendría que ser diferente? ¿acaso las masas prestarán más atención a los acontecimientos políticos que a si juega la Hormiga o el Memote?

Pero el verdadero problema de de la 4T también juega dentro de Morena. Su principal vulnerabilidad frente los ataques de la ultra derecha comenzó a construirse desde dentro, o mejor dicho, deconstruirse.

Después de sus triunfos de 2018 y 2019, Morena gozaba de la amalgama filosófica de la construcción de un México mejor a trves del humanismo mexicano. Pero una vez instalado en los gobiernos y las cámaras, empezó a entenderse como una fuerza políticamente invencible, y con ello, se desviaron del camino trazado.

Como consecuencia de ello aparecieron los excesos, el burocratismo que sustituyó al idealismo, y la pérdida progresiva de sus mecanismos internos de deliberación ideológica y democrática.

Poco a poco se desplazó a los militantes históricos, a los cuadros de izquierda formados durante décadas de lucha contra el neoliberalismo, para sustituirlos por operadores pragmáticos, grupos provenientes del PRI y del PAN, burócratas y personajes cuya relación con Morena no era la transformación nacional, sino la cercanía con la nómina, el presupuesto y el poder.

Los viejos militantes de izquierda comenzaron a ser vistos como estorbos incómodos. En los gobiernos locales y las anteriores delegaciones federales, las políticas de izquierda no pudieron ser instaladas o practicadas, y se mantuvo una visión neoliberal de los gobiernos estatales y municipales.

En cuanto a los militantes de izquierda, sus cicatrices políticas, sus derrotas históricas y su memoria ideológica, se volvieron incómodas para la nueva burocracia del poder.

La “mala fama” que arrastraban los militantes de izquierda, provenía precisamente de décadas de confrontación con el prianismo protegido por los medios neoliberales, con los grupos empresariales y con las estructuras conservadoras que hoy, paradójicamente, terminan siendo más toleradas dentro de Morena que los propios militantes históricos.

Los triunfos electorales de Morena no significaron automáticamente el triunfo político de la izquierda mexicana.

Por el contrario, en muchos casos facilitaron el ascenso de grupos pragmáticos sin formación ni convicción socialista, sin conciencia de izquierda; y la conciencia no surge de generación espontánea, sino de la praxis militante, de la lucha, de las penas y triunfos.

Y por eso hoy existen gobiernos, congresos y cabildos de Morena incapaces de articular políticas públicas auténticamente progresistas, porque la conciencia política no surge de manera espontánea.

¿Cómo puede tener conciencia de izquierda un panista hecho diputado o funcionario en Morena por los caprichos de la política? Jamás ocurrirá eso, porque su llegada a la 4T no vino de la lucha de izquierda, sino del oportunismo de la política como mercancía.

Quiero dejar claro a la dirigencia de Morena y a la presidenta, que los militantes de izquierda que se llegaron con la oportunidad y no de la praxis, en el fondo simpatizan con Trump, y huirán cuando ocupemos defender la Cuarta Transformación; y si pueden, por congraciarse con la derecha, van a traicionar.

Insisto que la comprensión de la desigualdad, la explotación y la necesidad de poner la dignidad humanas por encima del capital requiere formación ideológica, experiencia histórica y deliberación colectiva. No se es militante de izquierda a partir de usurpar un puesto o cargo producto de las contradicciones internas de la política, y no de la congruencia de lucha.

Mientras Morena abandonaba gradualmente sus mecanismos internos de discusión y formación política, la oposición mexicana seguía incapaz de conectar emocionalmente con el pueblo. Pero entonces apareció el factor externo, el respaldo simbólico, mediático y geopolítico de los Estados Unidos.

Todos los militantes de izquierda lo vimos venir, yo mismo lo escribí en el 2018, y se me vinieron encima todos los oportunistas mercantilistas de la política, acusándome de traidor, de anti Obrador, y se desgarraban las vestiduras. Esos ya tienen listo su salto al bando del cual provienen.

Al final piensan limpiarse con ese “jabón gringo que limpia y refresca”, que le devolvió la vida política a la oposición que hasta hace poco se encontraban desorientada, deprimidas y sin liderazgos populares.

Aunque los Estados Unidos poseen una superioridad militar aplastante frente a México, ni siquiera necesitan una guerra convencional para desestabilizar un gobierno. Las sanciones financieras, la presión diplomática, la narrativa mediática internacional, el aislamiento moral, las campañas de percepción pública y la manipulación informativa pueden resultar suficientes.

La política exterior norteamericana es profundamente amoral.

Si sus intereses lo requieren, pueden fortalecer a los mismos grupos criminales que públicamente dicen combatir, utilizar la violencia regional como instrumento de presión o incentivar condiciones de inestabilidad política funcionales a sus objetivos estratégicos.

Trump anunció que va por las remesas de los patriotas mexicanos trabajando en los Estados Unidos, pretende asfixiar a las familias más vulnerables, a esas que la pobreza los obligo a separase y cuyo amor y lealtad siguen enviando dinero a este lado de la frontera.
¡Cuanta crueldad!

Trump no observa a México como un aliado. Desprecia abiertamente a los migrantes mexicanos y ha construido un discurso donde la izquierda mexicana aparece asociada al desorden, el narcotráfico y el terrorismo. Y bajo esa lógica discursiva, cualquier organización política considerada permisiva frente al crimen organizado puede convertirse rápidamente en un objetivo de seguridad nacional para ellos.
Ese es el verdadero peligro histórico que enfrenta Morena, la justicia social y México.

Pero precisamente cuando Morena entraba a la etapa más propensa a desviarse, es decir, después de los triunfos del 2018 y 2019, comenzó también a perder sus defensas internas, marginar a los militantes históricos de la izquierda.

Porque aquellos militantes históricos llenos de cicatrices políticas no solamente eran activistas románticos u operadores electorales. Eran los últimos guardianes éticos e ideológicos capaces de distinguir entre un movimiento popular auténtico y una simple maquinaria burocrática de poder.

Por eso la supervivencia histórica de Morena depende no solamente de resistir la presión externa, sino de reconstruir su propia conciencia interna.

Es en la deliberación colectiva donde se combate la arrogancia burocrática. Es en la militancia organizada donde se preserva la memoria histórica de las luchas populares. Y es precisamente el partido político, no las ONG y ASC, que es la visión neoliberal de fragmentación de las luchas populares, sino en el único instrumento capaz de disputar realmente el poder del Estado y transformar las relaciones económicas y sociales, en el Partido.

Sin partido político no existe transformación histórica. Morena empezó a perder el partido, como organización de deliberación popular, en el 2021.

El pueblo sin una organización política viable de izquierda queda condenado a la fragmentación, la impotencia y la subordinación permanente frente al gran capital y el burocratismo privilegiado. Porque el capitalismo opera de forma global, centralizada y coordinada.

Pretender combatirlo únicamente mediante microresistencias dispersas o movimientos sociales fragmentados es una ilusión políticamente estéril. Es la mercantilización de la lucha, es la trampa del neoliberalismo.

Por eso Morena enfrenta hoy tres guerras simultáneas, la externa contra los intereses imperiales norteamericanos; la interna contra su propio burocratismo y sectarismo; y la electoral frente a la oposición conservadora nacional.

Y los tres frentes avanzan al mismo tiempo.