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A 31 años de Colosio

Al final, los homicidas, porque eso son aunque sus actos sean culposos y no dolosos, gozan de su plena libertad

La versión romántica hace ver a un Luis Donaldo dispuesto a romper lanzas contra su mentor antes de tiempo

Han pasado ya 31 años desde la muerte del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio y todavía persisten muchas interrogantes en esta pérdida que fue uno de los eventos que detonó el cambio en el rumbo político de nuestro país.
La muerte del aspirante priista no fue el único factor que influyó en la apertura democrática de México, y que llevó primero a una alternancia de partidos en el poder, algunos de los cuales solo cambiaron de nombre pero no de prácticas.

De hecho, el priismo de Salinas de Gortari le fue cerrando espacios a los sectores obrero y campesino al grado en que se quedaron sin sus correspondientes cuotas de poder, al tiempo en que desde lejos contemplaban el ascenso de una clase política surgida desde el empresariado.

En lo que va de este primer cuatro del siglo XXI llegaron los tiempos de Fox, de Calderón, de Peña Nieto y de López Obrador, hasta el actual régimen de la jefa del ejecutivo Claudia Sheinbaum.

El sector que sí cobro fuerza, sin estar afiliado a ningún partido político, fue el de la sociedad civil que aprendió a salir a protestar a las calles, a llenar las plazas públicas en demanda de paz y seguridad o en apoyo a algún candidato que propusiera un cambio verdadero.

Vimos también el ascenso de nuevos partidos políticos, la reconformación de algunos de ellos y la desaparición de otros que ya habían dejado de responder a las demandas más sentidas de los mexicanos.

Hoy la figura de Colosio Murrieta es un referente de nuestro país pero también del descrédito que las versiones oficiales provocan entre un pueblo que se ha acostumbrado a dudar de la información que vierten algunos gobernantes, como fue el caso de la verdad histórica de los 43 de Ayotzinapa.

Aunque hay quienes creen que el discurso de ruptura del 6 de marzo en el que el candidato tricolor advertía que veía a un México con hambre y sed de justicia, tampoco podría adelantarse que eso significara una ruptura total con el presidente Carlos Salinas y un distanciamiento con el sistema neoliberal que ya venía gestándose desde el gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado.

Aunque la versión romántica hace ver a un Luis Donaldo dispuesto a romper lanzas contra su mentor antes de tiempo, antes de tomar el poder, no deja de ser sintomático que un crimen de Estado fuera planeado a partir de un discurso que lo que buscaba era jalar los reflectores hacia una candidatura que en ese momento enfrentaba una oposición que ya había obtenido resultados en 1988 como la de Cuauhtémoc Cárdenas, y la de quien resultó un aliado del salinismo como la de Diego Fernández de Cevallos.

No podemos dejar de preguntarnos que habría pasado si nuestro país no hubiera atravesado por las consecuencias del magnicidio del candidato presidencial tricolor, y esta es una interrogante que no tiene respuestas.

Cada año las exigencias por el esclarecimiento del caso Colosio se diluyen entre otras tantas tragedias que han sacudido a México, pero no olvidemos que el México de hoy está atado a los acontecimientos que tuvieron lugar en Lomas Taurinas el 23 de marzo de 1994.