New York Times

Un cambio político hace que Polonia aquilate sus valores

BRESLAVIA, Polonia _ El alcalde Rafal Dutkiewicz de Breslavia ha presidido el ayuntamiento en el magnífico centro viejo desde el 2002. Ha observado cómo la política en Polonia ha dado un giro nacionalista y hacia la derecha _ un fenómeno que está evolucionando en diversos grados por toda Europa _, y Dutkiewicz, uno de los primeros partidarios de Solidaridad, menciona la historia, antigua y moderna, para argumentar que Europa es buena para Polonia.

“Hace que todos sean más grandes”, dijo en una entrevista. “No necesitamos estar solos; estamos en Europa”.

En Polonia, el expaís comunista más grande de la Unión Europea y de la OTAN, la cuestión es si la libertad y la identidad europea que significó tanto para quienes derrocaron al comunismo conlleva el mismo valor hoy en día. La cuestión se aplica especialmente a los jóvenes que no tienen recuerdos de una Europa dividida y la opresión en el bloque soviético.

El debate se está dando en diversas formas por todo el país. Tiene una resonancia especial en Breslavia, una ciudad de 630,000 habitantes que rebosa de turistas, polacos y extranjeros, y alberga a más de 130,000 estudiantes. Este año, es una capital europea de la cultura, un título que concede Bruselas a una o dos ciudades cada año, el cual genera publicidad, cientos de millones de euros en subsidios y veintenas de actividades especiales.

Dos sobresalen para el alcalde. Una es una exposición para honrar al exarzobispo de la ciudad, Boleslaw Kominek, quien en 1966 escribió una visión, a la sazón utópica, de una Europa federal que daría paz y prosperidad, y enterraría el derramamiento de sangre del pasado.

La segunda es que Naciones Unidas designó Patrimonio de la Humanidad al texto medieval local, “El libro de Henryków”.

Construir la historia es importante en el centro de Europa, escenario de tantos cambios en el destino y los gobiernos al paso de los siglos. Así es que el alcalde equipara el honor de Naciones Unidas con una nominación al Oscar para el manuscrito, el cual, según dijo, escribió un monje alemán, en su mayor parte en latín, que también manuscribió la primera oración en polaco: una observación que un campesino checo le hizo a su esposa polaca.

Ese primer multiculturalismo es la esencia de una ciudad como Breslavia, que es posible que hasta 1945 se la conociera mejor por su nombre en alemán, Breslau. Fue una de las ciudades más grandes que experimentó un intercambio de población después de la Segunda Guerra Mundial, en el que se expulsó a los alemanes y retornaron los polacos.

Krzysztof Mieszkowski, el director del prominente teatro vanguardista de Breslavia, tiene bastante claro hacia dónde ve que se dirige Polonia y quién la está llevando hasta ahí.

El cree que a Jaroslaw Kaczynski, el dirigente del partido gobernante Ley y Justicia, que ganó las elecciones presidenciales y las parlamentarias el año pasado, “le gustan los regímenes autoritarios y está enamorado de la dictadura”.

Mieszkowski, quien también es un legislador de oposición en el Parlamento, añadió: “Siempre ha estado soñando con esto”.

Los críticos dentro y fuera de Polonia dicen que Kaczynski, quien no tiene un cargo de elección popular, y su campo se ha movido firmemente para anular a la corte constitucional, constreñir a los medios, hacer que el aborto sea más difícil de conseguir y divulgar un nuevo chauvinismo que podría causar un conflicto social y dañar a una de las pocas economías vibrantes de Europa.

Polonia, dijo Mieszkowski, ya “ha perdido lo que es más importante para la democracia, que es pensar en la sociedad civil”.

Los enemigos de Kaczynski lo describen como un dictador, como le sucedió al primer ministro Viktor Orban en la Hungría poscomunista. Desde el punto de vista de sus muchos partidarios, su gobierno ayuda a los polacos más pobres con subsidios de bienestar y está redescubriendo valores nacionales vitales cuando la noción de una Europa única parece más distante y menos atractiva.

Al igual que los gobiernos de todo el centro y el este de Europa, el de Polonia se ha opuesto a reubicar a cantidades considerables de refugiados de Siria y otros países pobres y destrozados por la guerra, otro punto de tensión en sus relaciones con Bruselas.

En algunos casos, tocar la nueva línea en Varsovia ha implicado un cambio marcado en el punto de vista. Mateusz Morawiecki, viceprimer ministro y jefe de desarrollo económico, dirigió las operaciones polacas del banco español Santander durante ocho años.

Ahora, está sonando la alarma sobre la globalización al sugerir que el crecimiento de Polonia está estancado y que los polacos son cautivos de fuerzas extranjeras incontrolables que los han condenado a peores salarios y condiciones que las de Europa Occidental.

“Hemos tenido este modelo durante 27 años”, Morawiecki le dijo al periódico Rzeczpospolita, remontando estos acontecimientos a 1989, cuando el movimiento de Solidaridad triunfó sobre el comunismo. “Y es por eso que hemos alcanzado la trampa del desarrollo medio, la trampa del bajo margen de ganancias y la trampa del desarrollo dependiente”, añadió. “Somos, en un grado enorme dependientes de los extranjeros”.

En forma similar, Ryszard Legutko, un diputado del partido Ley y Justicia en el Parlamento Europeo dijo que la Unión Europea había perdido atractivo político y estaba juzgando injustamente a Polonia porque su gobierno se atrevió a desafiar a las instituciones europeas.

“Hoy en día cuando la gente habla de Europa, no se refiere a Sófocles, ni a Descartes, ni a Bach, ni a la ley romana”, comento Legutko en una entrevista telefónica. “Lo que quieren decir es un conjunto muy particular de instituciones”, una sopa de letras de organismos que se perpetúan a sí mismos, “más experimentados en organización social” que en ideas innovadoras.

En Breslavia, Dutkiewicz mostró orgullosamente fotografías con visitantes famosos, incluidos Vaclav Havel, el exdisidente y presidente checo, y Fritz Stern, el prominente historiador germano-estadounidense que huyó de Breslavia y de los nazis con su familia judía en 1938. Se asentó en Nueva York, donde murió en mayo.

Cuando cumplió 90 años en febrero, Stern dio fuertes advertencias sobre la democracia, Donald Trump y el deslizamiento de Europa hacia la derecha.

“Yo crecí con la muerte de una democracia”, Stern le dijo a la televisión alemana, “y ahora veo a la democracia solo en peligro”.

Añadió: “Se debe defender a la democracia”.

Desde luego que Dutkiewicz estuvo de acuerdo, pero primero “se necesita construirla, también”.

Del otro lado de la ciudad, Mieszkowski, el director de teatro, fue más estridente. “Los demócratas polacos se quedaron dormidos”, dijo. “Se les olvida que la democracia es algo que es necesario cultivar”.

En el corazón de la vieja Breslavia, el dirigente de la pequeña comunidad judía de la ciudad, Alexander Gleichgewicht, reflexionó sobre la agitación actual y lo que significa para su padre de 97 años; su esposa noruega Bente Kahan, y sus hijos estudiantes trotamundos.

Las situaciones incluyen la posibilidad de que a Polonia la traten como “un país de segunda clase”, en el que “un elemento radical se siente alentado por el gobierno”, comentó Gleichgewicht. Por ahora, añadió, es, simplemente, “el momento de los fantasmas, un momento de redefiniciones”.

Alison Smale
© 2016 New York Times News Service

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