New York Times

Cazando a un asesino: sexo, drogas y el regreso de la sífilis

Brotes de una enfermedad mortal de transmisión sexual desconcertaron a funcionarios de salud, cuyos obstáculos incluyen escasez de medicamentos, médicos no capacitados y pandillas.

(Nick Oxford/The New York Times)

OKLAHOMA — Durante meses, funcionarios de salud de esta capital estatal socialmente conservadora han estado asombrados por un brote de rápida propagación de una enfermedad que, durante casi dos décadas, se consideró prácticamente extinta.

La sífilis, una infección mortal de transmisión sexual que puede provocar ceguera, parálisis y demencia, está regresando aquí y en todo el país, otra consecuencia de la epidemia de heroína y anfetaminas, pues los usuarios intercambian sexo por drogas.

Con el fin de ubicar a posibles pacientes y obtener su sangre para hacer pruebas, los detectives de sífilis de Oklahoma han estado tocando puertas en complejos de apartamentos en ruinas y moteles sórdidos; conducen a través de solitarias carreteras rurales y entrevistan a reclusos. La sífilis los ha llevado a miembros de 17 pandillas, vendedores de drogas, prostitutas, proxenetas y clientes de trabajadores sexuales, así como a los cónyuges y amantes de estos últimos. Todos se han visto afectados por la ola de la enfermedad.

“La sífilis no descansa para nadie”, dijo Portia King, una investigadora veterana del estado de Oklahoma. “Tenemos 200 casos abiertos de parejas sexuales que estamos buscando. Y la propagación de la enfermedad está migrando fuera de la ciudad”.

A los investigadores les tomó meses darse cuenta de que la ciudad de Oklahoma tenía un brote de sífilis. El otoño pasado, el centro de detención juvenil reportó tres casos: un niño y dos niñas, la más joven de 14 años. El centro jamás había tenido un caso de sífilis en siete años de hacer pruebas de la enfermedad.

Los investigadores estaban intrigados: los adolescentes no se conocían, ni vivían en el mismo vecindario, ni iban a la misma escuela.

Entonces, en febrero, un recluso dio positivo a la prueba. En entrevistas, mencionó a 24 parejas sexuales. Algunas eran suyas; otras, las llamadas chicas de turno en las pandillas, que generalmente intercambian sexo por heroína o metanfetaminas. La información de contacto del Gerente de Entretenimiento, como se hacía llamar, revelaron un brote de sífilis que, para marzo, llevó a los funcionarios de salud a declarar un brote, uno de los más grandes del país.

Aunque la sífilis sigue afectando en su mayor parte a personas homosexuales y bisexuales afroamericanas o hispanas, en Oklahoma y en todo Estados Unidos, los índices están aumentando entre mujeres blancas y sus hijos. Hay casi cinco veces más bebés en todo el país que nacen con sífilis que con VIH.

La sífilis es endiabladamente difícil de contener, pero ahora podría serlo aún más. Debido a que la mayoría de los médicos no habían visto un caso desde finales de los noventa, a menudo se equivocan en el diagnóstico. La complicada prueba de laboratorio de dos pasos es anticuada. Aunque la sífilis se puede curar con una inyección, ha habido una escasez del antibiótico, que solo fabrica Pfizer, durante más de un año.

Además, ha disminuido el financiamiento para clínicas dedicadas a prevenir las enfermedades de transmisión sexual. En 2012, la mitad de los programas estatales que abordaban infecciones de transmisión sexual sufrieron recortes; el financiamiento se ha mantenido en gran parte estancado desde entonces. La administración de Trump ha propuesto un recorte del 17 por ciento al presupuesto federal de prevención.

En 2015 se reportaron en Estados Unidos casi 24.000 casos de sífilis en fase temprana, cuando la enfermedad es más contagiosa, según la información más reciente. Ese fue un aumento del 19 por ciento a lo largo del año anterior. El total de 2015, incluyendo los casos de la enfermedad en fase tardía, fue casi de 75.000 casos, de acuerdo con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.

La manera de acabar con un brote es ubicar a todas las parejas sexuales de las personas infectadas y convencerlas de que se hagan pruebas, se traten y se lo digan a otras parejas. La tarea ha recaído en un puñado de especialistas en intervención de enfermedades del Departamento de Salud.

Esta ola reciente de infecciones, propagada a través de redes de pandillas y de prostitución, ha hecho que su trabajo no solo sea difícil, sino también peligroso.

PELIGRO Y DETERMINACIÓN

Erinn Williams, la principal investigadora de campo del brote de la ciudad de Oklahoma, condujo despacio por una carretera de grava con un solo carril, llena de maleza, alambres de púas y letreros de “Prohibido el paso”.

Williams, de 39 años, curtida por su crianza en Alaska, su entrenamiento en la Fuerza Aérea y sus dos hijas pequeñas, generalmente hace estas visitas sola. Tiene la silla de auto de su bebé en el asiento trasero para que no sospechen que podría ser una oficial de policía encubierta.

“Lo que hagas es problema tuyo”, les dice a los recelosos. “Estoy aquí porque me preocupa tu salud”.

Está acostumbrada a ir a casas con chapas destrozadas, a que los vendedores de drogas le adviertan que se vaya y a usar zapatos cómodos, los mejores para escapar corriendo.

Se estacionó en un espacio abierto. A través de un jardín irregular, pudo ver un remolque azul maltratado rodeado de camionetas y algunos árboles. El acceso estaba bloqueado con una cerca de acero monitoreada por videocámaras.

Williams presionó el botón de un interfón. “Hola, soy del Departamento de Salud. ¿Puedo hablar con usted? Le tengo algunas noticias”.

Una joven mujer vaciló antes de pasar por el pasto. Durante meses había evitado a los trabajadores de salud. Una vez, un investigador la vio escabullirse por una entrada lateral a la casa de su madre; en la puerta principal, la madre negó que su hija estuviera ahí.

Con la cara lavada y el cabello rubio en una cola de caballo, la mujer lucía más saludable que la mayoría de las personas que visita Williams, con pieles grisáceas y venas moteadas.

Williams fue amable, pero directa: “Los resultados de tu prueba de sangre están listos. Tienes sífilis”.

La mujer se llevó las manos al rostro. “Estoy tan avergonzada”, sollozó. (Debido a reglas de confidencialidad, Williams no reveló su nombre).

“¿Por eso murió mi bebé?”, preguntó.

Williams asintió.

“¿Mi hijo puede contraerla? A veces usamos el mismo vaso”.

No, dijo Williams. Solo tus parejas sexuales.

La mujer insistió en que solo había dormido con dos hombres ese año: su novio y su ex, el padre del bebé que había muerto.

Williams, quien sabía que en su página de Facebook la mujer tenía muchos amigos de una pandilla vinculada al brote, le pidió que pensara con cuidado si había tenido más parejas sexuales. Jamás revelaremos tu nombre, le dijo, y nosotros no podemos decirte quién dio el tuyo.

La mujer lo negó con la cabeza.

Era momento de convencer a la mujer de tomar el tratamiento. Con tan solo una inyección es casi seguro que estarás curada, le dijo Williams, y se ofreció a llevarla en su auto a la clínica. A su novio también, agregó Williams.

Él no estaba, dijo la mujer, pero prometió que estarían ahí en la mañana.

“¿Estás segura de que no quieres ir ahora mismo?”, preguntó Williams.

De nuevo hizo señas de que no.

A regañadientes, Williams se subió al auto y se fue.

UN ASESINO ESCURRIDIZO

La sífilis, causada por una bacteria, ha sido bien conocida durante siglos y registrada como una plaga por lo menos desde el siglo XV.

En 1932, el gobierno de Estados Unidos comenzó el deshonroso “Estudio Tuskegee de la sífilis no tratada en los hombres negros” para observar el progreso de la enfermedad en aparceros afroamericanos de Alabama. Aunque la penicilina se había aceptado como la cura para el año de 1945, los investigadores de Tuskegee dejaron sin tratamiento a los hombres hasta 1972, cuando se terminó el estudio.

Para entonces, en gran parte gracias al tratamiento y a la educación pública, la sífilis estaba desapareciendo. Una generación entera de médicos casi no ha aprendido a reconocer la enfermedad de manera inmediata.

Sin embargo, con la epidemia de SIDA, la sífilis aumentó, y llegó a su máximo punto en 1990. Era mucho más común —y aún lo es— entre hombres que habían tenido sexo con hombres, a menudo entre aquellos cuyo estatus de VIH los hacía vulnerables a otras infecciones de transmisión sexual.

Una vez más, las campañas de salud pública contuvieron la sífilis. Para el año 2000, solo se reportaron 5970 casos en Estados Unidos, la cifra más baja desde 1941, cuando los reportes se hicieron obligatorios.

No obstante, en los últimos años ha reaparecido.

Este año, aquí en la ciudad de Oklahoma, hasta ahora se han vinculado 199 casos. Más de la mitad de los pacientes son mujeres blancas. La chica más joven tiene 14 años; el hombre de más edad, 61. Tres alumbramientos de mortinatos se han atribuido a la sífilis y 13 de los infectados fueron mujeres embarazadas.

Ahora son comunes permutaciones raras. La sífilis ocular, que puede aparecer en cualquier etapa de la infección, a menudo se presenta como visión borrosa y ojos enrojecidos. La sífilis congénita puede causar huesos deformes en los recién nacidos.

Muchas personas jamás sospechan que han contraído la enfermedad. Los primeros síntomas, entre ellos lesiones genitales y, más tarde, erupciones en palmas y plantas de los pies, han llevado a los pacientes y profesionales de la salud a confundirla con herpes o reacciones alérgicas. La enfermedad puede albergarse sin manifestarse durante décadas y después afectar el hígado, las articulaciones y los vasos sanguíneos.

Una vez que alguien es tratado, aunque se haya curado, casi siempre saldrá positivo en la prueba. Es difícil saber si un resultado positivo indica una nueva infección. Después de la transmisión, la bacteria puede tardar tres meses en detectarse. Aquellos cuyo resultado es negativo podrían haberla contraído.

Esta primavera, los Centros para el Control de Enfermedades hicieron un llamado para educar a médicos y enfermeras, hacer pruebas a mujeres embarazadas consideradas en riesgo y desarrollar una mejor prueba diagnóstica.

La cura de la sífilis —generalmente dos inyecciones de Bicillin L-A, un tipo de penicilina— es relativamente simple. Sin embargo, los suministros han escaseado. Hace poco en Oklahoma, solo había siete dosis en todo el estado. Pfizer anunció que reabastecerían el suministro para finales de 2017.

Vivian L. Wilson es directora médica de ocho clínicas de salud comunitarias. En 37 años de práctica, ha visto quizá dos casos de sífilis. Pero como mujer afroamericana de Alabama, conoce bien el legado de Tuskegee. Aunque apreció un curso de actualización reciente que proporcionó el estado a miembros del personal, los materiales estándar de educación, señaló, son muy anticuados.

“Todas las fotografías aún muestran a pacientes masculinos afroamericanos”, dijo Wilson. “¿Qué mensaje envía eso?”

OBSERVANDO A LOS DETECTIVES

Después de varios meses, los investigadores desanimados de Oklahoma reconocieron que las clásicas tácticas para ubicar contactos, como tocar a sus puertas y llamarles continuamente, no eran muy efectivas. Muchas de las personas que buscan son escurridizas y utilizan celulares desechables.

“Sin embargo, quieren permanecer conectados con sus amigos y sus drogas”, dijo King, una investigadora supervisora. “Así que todos están en Facebook. Ahí es donde los estamos encontrando”.

A través de Facebook, los investigadores memorizan los rostros y los tatuajes de las pandillas, y dan seguimiento al inicio y el fin de las relaciones. Mientras los miembros de las pandillas y los traficantes publican planes de fiesta, los sabuesos determinan hacia dónde dirigir su investigación. Envían mensajes a pacientes potenciales a través de Facebook.

El equipo de Williams se dio cuenta de que estaban rastreando una propagación que databa del verano pasado, involucraba a miembros y asociados de 17 pandillas y había infectado a jóvenes de entornos estables que habían utilizado primero opioides con receta y después heroína. Los pacientes a menudo tenían síntomas distintivos de este brote: verrugas genitales supurantes, llamadas condylomata lata, pérdida irregular de cabello y úlceras en la mucosa dentro de la boca.

La oficina creó un esquema del brote, codificado con símbolos. Los diamantes: usuarios de drogas. Los corazones azules: mujeres embarazadas. Las fresas: prostitutas.

Han llegado a entender por qué más de la mitad de las víctimas de este brote son mujeres: “Los hombres dan los nombres de las mujeres”, dijo King. “Pero las mujeres son demasiado leales o temen dar los nombres de los hombres”.

Sin embargo, recientemente los investigadores convencieron al líder de una pandilla de que les enviara un mensaje de texto a los otros miembros y les ordenara contactar a Williams.

Todos los días, el equipo revisa reportes de arresto de personas que está buscando. Chloe Hickman entrevista a reclusos. De lentes y sin maquillaje, con suéteres modestos, no parece alguien que hable con miembros de pandillas acerca de sus vidas sexuales. “No digo groserías en la vida real”, dijo. “Pero en la cárcel, coqueteo, uso pantalones ajustados, una blusa corta y digo groserías.

“La mayoría no sabe qué es la sífilis. Cuando les digo que es curable, se relajan. Y me dan nombres”.

Generalmente, estas iniciativas llevan a relatos nefastos: madres que prostituyen a sus hijas y hombres que a fuerza les inyectan drogas a los desertores para engancharlos, una práctica conocida como proxenetismo de guerrilla.

Los conocidos de los investigadores a menudo piensan que su trabajo es asqueroso. Para apoyarse, las mujeres se llaman a diario para reírse y contar lo que vivieron.

Williams, que ha tenido este trabajo durante ocho años, dijo que llega a afectarla, pero no puede renunciar. “Me recuerdo que no estoy tratando de resolver todos sus problemas”, dijo. “Solo uno”.

QUIZÁ LA PRÓXIMA VEZ

A las 10 en punto de la mañana siguiente, Williams había quedado de acuerdo para recoger a una persona y llevarla al tratamiento, otra la había plantado y había estado enviando mensajes de texto a un hombre que rechazó su oferta de sacarle sangre, pues decía que las agujas lo ponían ansioso. Había llevado en auto a una mujer a la clínica, después de esperar afuera de su casa porque, al parecer, la mujer se estaba drogando con metanfetaminas.

Ahora en la clínica, la mujer parecía haber escapado. Williams y algunas enfermeras corrieron por los pasillos, buscándola.

Una victoria: la mujer del remolque estaba en la sala de espera. Pero estaba sola. En el estacionamiento, su novio la esperaba sentado en su camioneta pickup, con el motor apagado. Él no iba a entrar a tratarse.

Era casi seguro que volviera a infectar a su novia. Y Williams tendría que convencerla de que se hiciera la prueba y se tratara una vez más.

Jan Hoffman
© The New York Times 2017

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