China y Taiwán conmemoran un episodio nacionalista violento, 70 años después

(Billy H.C. Kwok/The New York Times)
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TAIPÉI, Taiwán ⎯ Una sastrería cerrada, un banco anodino, una ex estación de radio.

A menudo perdida en el zumbido bullicioso del Taipéi de hoy, el 28 de febrero es la fecha en que estos edificios reverberan con los ecos violentos de hace 70 años, cuando nació la identidad moderna de Taiwán.

El “Incidente del 28/2”, como se le ha llegado a conocer, fue un levantamiento que estalló el 28 de febrero de 1947. Pronto se propagó a otras partes de la isla, y fue sofocado con la masacre de hasta 28,000 taiwaneses a manos de las tropas de Chiang Kai-shek, un líder nacionalista de China. La rebelión fue seguida por cuatro décadas de ley marcial y divisiones entre los taiwaneses cuyas raíces en la isla eran anteriores a la llegada de los nacionalistas en 1945 y los continentales chinos que vinieron después.

Sin embargo, fue la eventual disposición a enfrentar estos acontecimientos lo que permitió que la gente de Taiwán empezara a curar esas divisiones y consiguiera la voz en su gobierno que los manifestantes demandaron hace siete décadas.

“En los últimos años, la búsqueda de rectificar el 28 de febrero ha sido un acontecimiento importante”, dijo Su Ching-hsuan, quien ocupa la secretaría ejecutiva de la Asociación para la Verdad y la Reconciliación de Taiwán. “Ha tenido una importante influencia en el movimiento democrático de Taiwán”.

Y esa búsqueda continúa. El 23 de febrero, un comité de expertos dio a conocer seis nuevos volúmenes de expedientes relacionados con el levantamiento, los cuales, dijeron, reforzaban la conclusión de que la responsabilidad final de la masacre recaía en Chiang.

El episodio del 28 de febrero realmente empezó un día antes, afuera de la Casa de Té Pegaso en Dadaocheng, el antiguo distrito comercial de Taipéi. Una viuda que vendía cigarrillos ilegalmente fue enfrentada por inspectores y policías. Después de que un inspector la golpeó en la cabeza con su pistola, los enfurecidos transeúntes rodearon a los agentes, uno de los cuales disparó y mató a un transeúnte antes de que los agentes escaparan bajo protección policial.

Incapaces de presionar a las autoridades para que entregaran al agente esa noche, cientos de manifestantes se reunieron a la mañana siguiente para marchar desde Dadaocheng hasta la oficina del gobernador de Taiwán, Chen Yi, para demandar justicia.

El enojo de los taiwaneses con los nacionalistas había estado acumulándose durante meses. Los soldados nacionalistas originalmente fueron recibidos como libertadores por los taiwaneses, que habían vivido bajo el régimen colonial japonés durante 50 años. Por un periodo fugaz, hubo optimismo de que Taiwán disfrutaría de una mayor autonomía.

No fue así.

“Cuando llegaron los chinos, la gente pensó que su situación mejoraría, porque muchos taiwaneses eran de ascendencia china, pero las cosas incluso empeoraron”, dijo Hsieh Tsai-Ming, que ha estado guiando tours en el Museo Conmemorativo 228 de Taipéi desde que abrió el 28 de febrero de 1997.

Chen había adoptado un enfoque torpe para gobernar a los taiwaneses, dijo Hsieh. Para mediados de 1946, había clausurado todas las publicaciones en japonés y había hecho del mandarín el idioma oficial del gobierno local, esencialmente excluyendo a muchos residentes de Taipéi. Los residentes locales estaban afligidos por el comportamiento revoltoso de las tropas nacionalistas, mientras que los funcionarios nacionalistas se apoderaban de la propiedad pública y privada.

Además de eso, los residentes bullían bajo la corrupción, la mala administración y el traslado de recursos a la China continental, donde los nacionalistas estaban combatiendo a los comunistas de Mao Zedong.

Los manifestantes del 28 de febrero se dirigieron al sur desde Dadaocheng hacia la puerta norte de la antigua muralla de la ciudad, y su número se fue multiplicando constantemente.

Chou Ching, un periodista local, registró el momento en que llegó a la puerta norte.

“Vi una gigantesca pancarta que venía hacia mí”, escribió en su libro de 1993, “Amor y odio: 28 de febrero”.

“En ella había escritos ocho grandes caracteres que decían: ‘Castiguen severamente al asesino ⎯ una vida por una vida’. Un tambor de cuero de 2.5 chi (alrededor de un metro) de diámetro, seguía a la pancarta, retumbaba en los tímpanos … detrás del tambor venía una fila de innumerables personas que se unieron a la procesión de la petición. Había hombres y mujeres, ancianos y niños, pero eran principalmente jóvenes”.

La marcha tomó un giro violento después de llegar a la oficina del Buró del Monopolio de Taiwán, escribió el novelista Chung Lee-ho en sus diarios, también publicados en 1993.

“Sin importar lo que fuera, la multitud tomó y se llevó todo lo que pudo del Buró del Monopolio y lo quemó, incluso autos, bicicletas y rickshaws”, escribió Chung.

Poco después de que la multitud desarmada llegó a la oficina del gobernador, los soldados abrieron fuego, matando a varios manifestantes e hiriendo a docenas más. Un grupo huyó y se apoderó de la estación de radio provincial, haciendo un llamado a favor de un levantamiento contra los nacionalistas, el fin de la corrupción y una mayor voz en la economía de la isla.

Estallaron rebeliones en todas las ciudades importantes. Los taiwaneses pronto estuvieron a cargo, manejando las oficinas de gobierno y manteniendo el orden en las calles. Chen les siguió la corriente, dándose su tiempo hasta que llegaron refuerzos militares de la China continental. Luego empezó la masacre.

Las calles fueron limpiadas por soldados a bordo de jeeps con ametralladoras, quienes luego detuvieron a los comunistas y a cualquiera al que consideraron sospechoso. La mayoría fueron torturados y asesinados.

Aunque la mayoría de las víctimas no eran comunistas, una presencia comunista en Taiwán estaba estableciendo una resistencia clandestina. Un miembro del partido, Xie Xuehong, tuvo un papel importante en el levantamiento, un ángulo que el gobierno comunista de China ha usado a lo largo de los años para mostrar solidaridad con el pueblo de Taiwán, al cual considera la última provincia china aún no reclamada a los nacionalistas conquistados.

China ha conmemorado desde hace tiempo el 28 de febrero, habitualmente de manera discreta. Este año, para el 70 aniversario, adoptó un enfoque más público, organizando un simposio en Pekín el 23 de febrero.

El 28 de febrero “es una parte de la lucha de liberación del pueblo chino”, dijo An Fengshan, portavoz de la Oficina de Asuntos de Taiwán de China, en una conferencia de prensa el 22 de febrero. Añadió: “Por mucho tiempo, este incidente ha sido usado por ciertas fuerzas independentistas de Taiwán para motivos ulteriores”.

Durante los años de la ley marcial, la discusión del levantamiento del 28 de febrero estuvo prohibida. Después de que se levantó la ley marcial en 1987, algunas personas encontraron la confianza para expresarse, con el tácito apoyo del presidente Lee Teng-hui, el primer líder del Taiwán moderno que nació ahí. En 1995, Lee se convirtió en el primer alto funcionario en mencionar públicamente el 28 de febrero, abriendo las compuertas para la discusión.

Hoy, una pequeña placa donde alguna vez estuvo la Casa de Té Pegaso marca la ubicación, más recientemente ocupada por una sastrería. La oficina del Buró del Monopolio es hoy un banco. Y la ex estación de radio alberga al museo conmemorativo Taipei 228.

En 2009, Ma Ying-jeou se convirtió en el primer presidente de Taiwán en visitar el museo para conmemorar el 28 de febrero, lo cual hizo en cada uno de sus ocho años en el poder.

Hsiao Ming-Chih, un curador del museo 228, dijo que las visitas de Ma fueron un reconocimiento del “pecado original” de los nacionalistas.

Setenta años después, como una de las democracias más libres de Asia, Taiwán ha hecho un importante avance en eliminar las antiguas divisiones entre chinos y taiwaneses. La mayoría de los jóvenes se identifican con una identidad “taiwanesa”, sin importar cuándo llegaron sus ancestros. Pero para algunos, el cierre pudiera no darse nunca.

La conmemoración de Ma del hecho, la supervisión de las indemnizaciones a las familias de las víctimas y otras muestras de preocupación “definitivamente tuvieron un impacto”, dijo Hsiao. “Pero si los parientes, o personas de diferente índole política, lo encuentran aceptable, eso es otra cosa”.

Chris Horton
© 2017 New York Times News Service

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