New York Times

Compartiendo la cruda verdad de Harper Lee en un nuevo libro

(Johnathon Kelso/The New York Times)

AUBURN, Alabama ⎯ Terminó como el panegirista en el funeral de Harper Lee el año pasado, pero al historiador y autor de Alabama Wayne Flynt la novelista no le cayó particularmente bien cuando se conocieron en 1983 en la pequeña ciudad junto al lago de Eufaula, Alabama.

Él le pidió que le firmara su ejemplar de “To Kill a Mocking Bird” (Matar a un ruiseñor).

“Ella dijo: ‘No, solo firmo para niños’”, dijo Flynt, riendo, en una entrevista aquí. “Pensé: es usted realmente descortés. Esencialmente, es como todo lo que leí sobre usted”.

Pero, a lo largo de los siguientes 25 años, dijo Flynt, profesor emérito de historia en la Universidad de Auburn, se volvió cercano a la solitaria Lee, quien habría cumplido 91 años el 28 de abril. Su nuevo libro, “Mockinbird Songs: My Friendship With Harper Lee”, se basa en su relación, en las enseñanzas que obtuvo de sus visitas al asilo donde ella vivió en sus últimos años y de las cartas enviadas por ella que dan una idea plena de un personaje que fue uno de los mayores enigmas literarios del último medio siglo.

En una, de marzo de 2006, declaró que Truman Capote ⎯ su amigo de la niñez y rival literario ⎯ era un mentiroso.

“No sé si entienda esto sobre él”, escribió, “pero sus mentiras compulsivas eran de este tipo: si uno decía ‘¿Supiste que le dispararon a JFK? Él respondía rápidamente: ‘Sí, yo iba conduciendo el auto en el que él iba’”.

Lee escribió que el alcoholismo y la miseria de Capote agriaron su amistad. Los celos acabaron con ella.

“Yo era su amiga más antigua, e hice algo que Truman no pudo olvidar: escribí una novela que se vendió”, escribió. “Abrigó envidia durante más de 20 años”.

El libro ofrece un raro vistazo detrás de la cortina que Lee corrió alrededor de sí misma después de que el repentino éxito de “To Kill a Mocking Bird” la propulsó a la escena pública. La novela sobre la injusticia racial en los años 30 ha vendido más de 40 millones de ejemplares, ganó el Premio Pulitzer en 1961 y creó una tormenta de interés en torno a ella que finalmente llevó a Lee al retiro de la vida pública.

Dejó de dar entrevistas en los años 60 y contó a Flynt que típicamente vomitaba antes de sus compromisos como oradora; tanto así que se inventó un pequeño discurso motivacional, “un mantra de gran egocentrismo”, para ayudarse a aliviar la presión.

Decía, según una carta de 2006: “Soy más vieja que cualquiera aquí, sé más que cualquiera aquí, entonces ¿por qué debería tener tanto miedo de alguien aquí?”

“Funciona durante unos 15 minutos”, confió.

Flynt y su esposa, Dartie, estuvieron entre las pocas personas que siguieron siendo parte del círculo cercano de Lee conforme se reducía en los años que precedieron a su muerte a los 89 años de edad; su amistad nació, dijo Flynt, de sentidos del humor similares y un amor compartido por la historia de Alabama.

Lee le dijo a Flynt que no quería que él escribiera sobre ella mientras estuviera viva. Pero no dijo nada, afirmó, sobre que escribiera sobre ella después de su muerte.

“Esto le permite hablar más allá de la tumba y sin riesgo alguno para su privacidad”, declaró.

Al menos otros dos libros sobre Lee están planeados en los próximos años. El redactor de la revista The New Yorker Casey Cep explorará la novela policiaca inconclusa de Lee en un libro para la editorial Alfred A. Knopf el año próximo. La familia de Lee también está buscando un biógrafo porque los parientes dicen que no les gustó el libro no autorizado de Charles J. Shields en 2006 sobre ella. Eso conforma al menos seis libros de importantes editoriales sobre una mujer que escribió solo dos.

La biografía de Shields, “Mockingbird: A Portrait of Harper Lee”, un éxito de ventas, fue bien recibido. Garrison Keillor, en su reseña para The New York Times, describió a Shields como “un periodista escrupuloso que respeta la privacidad de la señora aun cuando expone su vida”.

Lee no se sintió tan encantada con él.

En una carta, fechada el 28 de marzo de 2006, dijo que el libro recorría el camino de “la ficción a las tonterías”, y calificó a Shields de “trepador”.

“Sé que lo odiaba”, dijo Claudia Durst Johnson, una escritora, experta y amiga de Lee. “Pensaba que estaba muy mal escrito”.

Shields ha dicho que cree que Harper Lee y su hermana Alice se molestaron particularmente por una descripción de su madre, Frances Finch Lee, como maniaco depresiva.

Hank Conner, sobrino de las hermanas, dijo: “Pienso que él dijo algunas cosas sobre mi abuela que no eran ciertas”.

Shields ha dicho que intentó ser discreto al mencionar la salud mental de Frances Finch Lee, pero afirmó que sintió que necesitaba ser abordada.

Harper Lee fue una prolífica escritora de cartas. Las que escribió a Flynt a menudo se extendían a una docena de páginas en una letras cursiva inclinada, aunque descuidada. En ellas, su amor por Manhattan queda de manifiesto. Conservó un departamento ahí de 1949 hasta que sufrió una apoplejía en 2007 que la envió a su casa en Alabama. Nueva York era un refugio para Lee, a quien le gustaba asistir a los juegos de los Mets, los espectáculos de Broadway y el Museo Metropolitano de Arte. Si moría en Nueva York, escribió, quería que sus cenizas fueran dispersas por Manhattan “sin ceremonia”.

Las cartas de Lee están salpicadas de bromas autodespectivas sobre la degeneración macular que en los últimos años había dañado su visión ⎯ “Ceguera es ahora una palabra prohibida, como pecado” ⎯ y sobre su encuentro con la fama. No eran solo los reflectores de la celebridad los que le preocupaban, sino los impulsos más oscuros en ocasiones provocados por el estrellato. Describió, dijo Flynt, un encuentro cercano con un acosador que la siguió de Birmingham a su casa en Monroeville. Eso solo reforzó su temor por su seguridad, afirmó.

“Le obsesionaba la idea de los acosadores y de un asesinato”, dijo Flynt. “Realmente tenía miedo de ser asesinada por la neurosis de alguien más”.

Aunque mantuvo al público a distancia, Lee era leal con sus amigos y familiares, cuidando de su hermano; su padre; su agente literario, Maurice Crain, al final de sus vidas, dijo Flynt. “Era increíblemente empática, y eso es una parte de su vida que la gente no comprende”, dijo Flynt.

Lee elogiaba a su hermana Alice, quien murió en 2014, como “la persona más notable que he conocido jamás”.

“Me mantiene fuera de la prisión federal”, escribió.

Flynt describió a Lee como una realista cristiana que no era sentimental sobre la religión y disfrutaba leer al apologista C.S. Lewis. Un libro de las obras completas del autor yacía sobre su otomana cuando ella murió, dijo Flynt.

En sus cartas, Lee a menudo mencionaba libros y escritores. Elogió a veintenas de autores, desde Frank McCourt hasta William Faulkner. Se refirió a Eudora Welty como “mi diosa”.

En cuanto a su propio trabajo, Lee dijo que estaba contenta con “To Kill a Mocking Bird”, aunque, pese a su popularidad, veía sus defectos.

“Me pregunto cuál habría sido su reacción si TKAM hubiera sido compleja, amarga, poco sentimental, racialmente poco paternalista porque Atticus fuera un bastardo”, escribió a Flynt el 31 de julio de 2006.

Él no lo sabía entonces, pero ella realmente había escrito ese libro. Se llamaba “Go Set a Watchman”, y describía a Atticus como racista, no un héroe, y había sido un primer borrador que finalmente fue reescrito y se convirtió en “Matar a un ruiseñor”.

“Watchman” resurgió y fue publicado en 2015 en medio de preocupaciones de que Lee, anciana y enferma, quizá no hubiera participado plenamente en la decisión de publicar una primera novela defectuosa y largo tiempo olvidada (la cual ha vendido ya más de tres millones de ejemplares, según HarperCollins). Pero Flynt fue insistente en ese entonces en que ella había dado la bienvenida a la publicación.

Ahora, ver en retrospectiva la carta de 2006 que Lee le dirigió nos da cierta idea de simplemente por qué.

Jennifer Crossley Howard
© 2017 New York Times News Service

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