Un crítico de Google fue despedido de un centro de estudios que fundó el gigante tecnológico

(Stephen Crowley/The New York Times)
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WASHINGTON — En las horas posteriores a que los reguladores europeos antimonopolio le impusieran a Google una multa récord de 2700 millones de dólares en junio pasado, un centro de estudios influyente de Washington aprendió qué podía suceder cuando se critica a un gigante acaudalado de la tecnología.

Desde que se fundó el centro de estudios en 1999, New America ha recibido más de 21 millones de dólares de parte de Google, del presidente ejecutivo de su empresa matriz, Eric Schmidt, y de la fundación de la familia de este. Ese dinero ayudó a situar a New America como una voz fundamental en los debates políticos de la izquierda estadounidense y ayudó a que Google diera forma a esos debates.

Sin embargo, no mucho tiempo después de que los académicos de New America publicaran un comunicado en la página web del centro de estudios, en el cual alababan la penalización que impuso la Unión Europea a Google, Schmidt, quien fungió como presidente de este centro hasta 2016, informó su disgusto sobre el comunicado a la presidenta del grupo, Anne-Marie Slaughter, según la académica.

El comunicado desapareció del sitio web, solo para volver a ser publicado sin explicación horas más tarde. No obstante, el rumor de la molestia de Schmidt se propagó por el centro de estudios, el cual cuenta con una planta de 200 trabajadores, entre ellos decenas de investigadores, escritores y académicos, la mayoría de los cuales trabajan en oficinas elegantes en Washington, donde la principal sala de conferencias se llama “Eric Schmidt Ideas Lab” [Laboratorio de ideas de Eric Schmidt]. El episodio causó consternación entre algunas personas que creyeron que Google tendría la intención de cortar el financiamiento, mientras que en otras, porque no sabían si el centro de estudios podía ser en verdad independiente si se tenía que preocupar por no ofender a sus donadores.

Al parecer, estas preocupaciones fueron corroboradas un par de días más tarde, cuando Slaughter mandó llamar a su oficina al académico Barry Lynn, quien escribió el comunicado crítico. Lynn dirigía una iniciativa de New America llamada “Open Markets” [Mercados abiertos], la cual ha conducido un coro creciente de críticas liberales sobre el dominio que tienen las telecomunicaciones y los gigantes tecnológicos sobre el mercado, incluido Google, empresa que ahora es parte de una entidad corporativa más grande conocida como Alphabet, de la cual Schmidt es el presidente ejecutivo.

Slaughter dijo a Lynn que “había llegado el momento de que Open Markets y New America tomaran rumbos distintos”, según un correo electrónico de Slaughter a Lynn. El correo sugería que todo el equipo de Open Markets —casi diez empleados de tiempo completo y becarios— sería exiliado de New America.

Aunque en el correo electrónico, el cual revisó The New York Times, Slaughter reafirmó que la decisión “de ninguna manera se tomó debido al contenido de su trabajo”, sí acusó a Lynn de “poner en peligro a toda la institución”.

En una entrevista, Lynn acusó a Slaughter de haber cedido ante la presión de Schmidt y Google, y que al hacerlo ponía los deseos de un donador sobre la integridad intelectual del centro de estudios.

“Google es muy agresivo al desembolsar su dinero en Washington y Bruselas para después jalar los hilos”, comentó Lynn. “La gente le tiene mucho miedo a Google en la actualidad”.

Google rechazó cualquier sugerencia que lo involucrara en la separación entre New America y Open Marktes. Riva Sciuto, una vocera de Google, señaló que la empresa apoya a una gran cantidad de centros de estudios y otras organizaciones sin fines de lucro que se concentran en el acceso a la información y a la regulación del internet. “No coincidimos 100 por ciento con todos los grupos, y aunque a veces diferimos de forma cordial, respetamos la independencia, las decisiones personales y las perspectivas políticas de cada agrupación”.

La vicepresidenta ejecutiva de New America, Tyra Mariani, señaló que “la decisión de que Barry sacara su programa de Open Markets fue mutua”, y que la medida de ninguna manera sufrió la influencia de Google ni de Schmidt.

“Los donadores de New America no tienen ninguna influencia o control sobre el diseño de la investigación, la metodología, el análisis ni los hallazgos en los proyectos de investigación de New America, ni tampoco tienen influencia o control sobre el contenido de los programas educativos y las iniciativas de comunicación”, afirmó Mariani. Agregó que el comunicado de Lynn, en el cual alababa las sanciones que la Unión Europea había impuesto a Google, había sido retirado de forma temporal del sitio de New America debido a “un problema accidental interno” que no estaba relacionado con Google ni Schmidt.

Mariani y Sciuto dijeron que Google sigue financiando a New America.

El miércoles por la mañana, horas después de que se había publicado en línea el artículo, Slaughter anunció que el centro de estudios había despedido a Lynn el miércoles por “sus repetidas negativas a adherirse a los estándares de apertura y compañerismo institucional de New America”.

Slaughter también escribió en Twitter que el artículo era “falso”, pero no fue capaz de citar ningún error. New America no permitió que Slaugther estuviera disponible para dar una entrevista.

Es difícil exagerar la influencia que tuvo Lynn en la producción de inquietudes sobre el dominio del mercado que tiene Google, del mismo modo como sucede con otras empresas tecnológicas como Amazon y Facebook. Su iniciativa Open Markets organizó un congreso en 2016, en el cual un gran número de figuras influyentes —entre ellas la senadora Elizabeth Warren de Massachusetts— advirtió de los efectos dañinos de la consolidación del mercado en la tecnología.

En las vísperas de ese congreso, Slaughter y el principal donador de New America indicaron a Lynn por medio de correos electrónicos que Google estaba preocupado de que sus posturas no fueran a ser representadas y de que no le hubieran avisado del evento con anticipación.

“Estamos en el proceso de buscar expandir nuestra relación con Google en algunos puntos clave”, escribió Slaugther en un correo electrónico a Lynn, en el cual lo instaba a “solo PENSAR sobre cómo está poniendo en peligro el financiamiento de terceros”.

Actualmente, Lynn está arrancando una organización independiente sin fines de lucro con el mismo equipo para continuar el trabajo de Open Markets. El nuevo grupo, el cual aún no tiene nombre, ha adquirido compromisos de financiamiento, aunque es evidente que no están esperando dinero de Google. La agrupación lanzó un sitio web llamado “Citizens Against Monopoly” [ciudadanos en contra de los monopolios], en el cual se acusa a Google de “intentar censurar a periodistas e investigadores que combaten a los monopolios peligrosos”. El sitio promete: “nos vamos a asegurar de que Google no se salga con la suya”.

Después de que en un principio la empresa evitara los debates de políticas públicas en Washington, los cuales se percibían en Silicon Valley como un tipo de política en la que el que paga puede participar, Google desarrolló una operación de influencia, de la cual se podría decir que es más poderosa y sofisticada que la de cualquier otra empresa estadounidense. El gigante tecnológico gastó 9,5 millones de dólares en cabildeo a lo largo de la primera mitad de este año: más que casi cualquier otra empresa. Google ayudó a organizar congresos en los cuales los reguladores clave que supervisaban las investigaciones a la empresa se presentaron con argumentos a favor de Google, a veces sin divulgar el papel que tenía el gigante de la tecnología.

Entre las herramientas más efectivas —aunque de las menos examinadas— dentro del repertorio de las políticas públicas de Google ha estado su financiamiento de grupos sin fines de lucro que se encuentran por todo el espectro político. Este año, la empresa ha donado a 170 de estas agrupaciones, según la divulgación voluntaria que reveló Google en su sitio web. A pesar de que Google no señala cuánto dinero ha donado, la cantidad de beneficiarios ha crecido de manera exponencial desde que comenzó a divulgar sus donaciones en 2010, cuando lo hizo a 45 agrupaciones.

Algunos cabilderos de la tecnología, funcionarios de centros de estudio y académicos argumentan que los esfuerzos de Google ayudan a explicar por qué la empresa prácticamente ha evitado dañar en Estados Unidos las decisiones regulatorias y de exigibilidad del tipo que impuso la Unión Europea en junio pasado.

No obstante, las alianzas de Google en Washington podrían ponerse a prueba los próximos meses. Este mes, Google apareció como un detonante en las últimas refriegas de las guerras de la cultura, después de que uno de sus ingenieros publicara una crítica sobre los esfuerzos que ha emprendido la empresa para ser más diversa. Además, su recolección de datos sigue provocando cuestionamientos sobre su compromiso con la privacidad.

También están las crecientes preocupaciones sobre el dominio del mercado que tiene Google, ya que maneja una mayoría apabullante de todas las búsquedas que se hacen en internet a nivel mundial y domina la publicidad en la red. El supuesto sesgo que mantiene la empresa sobre los resultados de las búsquedas para favorecer sus servicios sobre los que ofrecen sus competidores fue el causante de la penalización antimonopólica de 2700 millones de dólares que impuso la Unión Europea en junio.

El comunicado de Open Markets que provocó la ira de Schmidt alababa la multa y solicitaba a los reguladores en Estados Unidos que fueran más agresivos al momento de ejecutar las reglas antimonopólicas en contra de Google, Amazon y “otras plataformas monopólicas dominantes”.

El mes pasado, líderes demócratas en el Congreso dieron a conocer una plataforma política que incluía un compromiso para desmantelar los monopolios —entre ellos los de los servicios de cable e internet—, la cual algunos interpretaron como un desafío particular hacia Google. Ese sentimiento —el cual parece tener alguna forma de apoyo por parte de los elementos populistas de la base del presidente Trump— diverge bruscamente de la manera en que la mayoría de los demócratas habían tratado el tema hasta hace poco.

La disposición que tiene Google para repartir dinero entre los centros de estudios y grupos activistas que se enfocan en las políticas de internet y telecomunicaciones ha provocado de manera eficaz que durante varios años se hayan moderado, sino es que silenciado, las críticas hacia la empresa, mencionó Marc Rotenberg, presidente del Electronic Privacy Information Center [Centro de Información para la Privacidad Electrónica]. Este grupo, el cual no acepta financiamiento corporativo, ha tenido un papel principal en denunciar a Google y otras empresas tecnológicas por supuestas violaciones a la privacidad. Sin embargo, Rotenberg dijo que cada vez es más difícil encontrar socios para continuar sus esfuerzos porque cada vez más agrupaciones aceptan el financiamiento de Google.

“Simplemente hay menos grupos que estén dispuestos a levantar la voz para denunciar las actividades de Google que amenazan la privacidad en línea”, afirmó Rotenberg. “Las agrupaciones que deberían estar haciéndolo no lo hacen”.

 

KENNETH P. VOGEL
© The New York Times 2017

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