New York Times

CÓMO CUBRIR A UN CHARLATÁN COMO TRUMP

Ahora que se acercan los debates presidenciales, los que trabajamos en periodismo estamos trabados en una feroz disputa: ¿Cómo debemos de informar acerca de un demagogo embaucador?

Tradicionalmente, la prensa estadounidense responde a la controversia citando a personas de cada lado y dejando que el lector decida. Sin embargo, algunos periodistas han alegado que este enfoque no ha funcionado en este ciclo electoral y que la gente de los medios (particularmente en televisión por cable) habilitó a un charlatán, entregándole el micrófono y no molestándose en verificar sus declaraciones.

Si un timador conocido anda vendiendo una poción que él dice que hace perder 15 kilos y disfrutar de una mejor vida sexual, la prensa no solo debe de citar a ese hombre y a otro que lo critique. El periodista encontrará la forma de dar a entender a sus lectores que se trata de un fraude. ¿Por qué las cosas deben de ser diferentes cuando ese estafador está aspirando a la presidencia del país?

Francamente, deberíamos estar desconcertados de que tantos estadounidenses hayan absorbido la idea de que Hillary Clinton es menos honesta que Donald Trump, dándole a este una ventaja en las encuestas de confiabilidad.

¿En serio? No existe el menor punto de comparación.

Uno de los casos de las mentiras de Clinton más mencionados es su historia falsa, dicha en 2008, de que cuando era primera dama estuvo bajo las balas de francotiradores cuando su avión aterrizó en Bosnia. En cambio, en el caso de Trump, no tenemos que retroceder ocho años. Un examen de sus palabras muestra que en promedio dice una mentira o una imprecisión cada cinco minutos.

Empero, puedo entender que la incesante cobertura de los medios sobre las evasivas de Clinton respecto de su correo electrónico puede inclinar a algunos votantes a percibir a Trump como el personaje más honesto. Por supuesto que debemos de hablar de los pecados de Clinton, pero cuando el pueblo cree que un mitómano como Trump es el que habla con la verdad, tenemos la obligación, con nosotros mismos y con todo el país, de lidiar con preguntas espinosas y falsas equivalencias.

Al observar la cobertura en la prensa de la campaña de este año, en ocasiones he tenido la misma angustiosa sensación que tuve antes de la guerra de Irak: la prensa ha estado lubricando los engranes de un pésimo resultado para nuestro país. En el debate previo a la invasión de Irak, las empresas periodísticas citaban escrupulosamente a cada lado pero no señalaban adecuadamente lo que era obvio para cualquiera que estuviera reportando en la región: que Irak recibiría a los soldados estadounidenses no con flores sino con bombas. En su intento de evitar tomar partido, la prensa le falló a su país.

Cuando la televisión por cable habla incesantemente de Trump sin comprobar sus declaraciones ni señalar lo extremas que son sus posiciones, porque él es muy bueno para el rating y les da a ganar a las empresas de medios, otra vez le están fallando a su país. Están haciendo que las mentiras y el extremismo parezcan normales.

Últimamente, las empresas periodísticas han mostrado mayor resolución, como la audaz disposición de llamar “mentiras” a las descaradas falsedades de Trump. Espero que hayamos llegado a un punto que enmarque los debates.

Algunos tradicionalistas se horrorizan por el reciente endurecimiento mediático. Y es verdad que verificar las declaraciones es un acto de equilibrismo para los moderadores. En uno de los debates presidenciales de 2012, la moderadora Candy Crowley respaldó al presidente Obama cuando Mitt Romney lo acusó de no haber llamado terrorismo a los ataques en Bengasi sino hasta tiempo después. De hecho, la cuestión era ambigua: Obama había dicho “actos de terrorismo” pero no se refirió claramente a Bengasi.

Así pues, claro, verificar las declaraciones al vuelo es difícil. Los simpatizantes de Clinton están tratando de incitar a los medios para que aporreen a Trump. Y en ocasiones, la verdad está en los ojos del observador. El buen periodismo es difícil.

Empero, ejercerlo como se debe no impide aumentar el valor con juicios periodísticos; por ejemplo, en casos extremos, señalar una mentira cuando la veamos. Y yo pienso que los moderadores de los debates deben de presionar a Trump cuando mienta o trate de escurrir el bulto.

Nuestro trabajo es compartir lo que sabemos con el público. Y todos sabemos que Trump no va a construir una muralla que México va a costear (los cálculos dicen que costaría 25,000 millones de dólares). Si nosotros lo sabemos, no debemos de quedarnos callados.

Los escépticos señalan que una cobertura más rigurosa no haría ninguna mella; solo 6 por ciento de los estadounidenses dice tener mucha confianza en la prensa. Después de todo, pocas cosas están más claras que el hecho de que Obama nació en Estados Unidos. Empero, solo 62 por ciento de los estadounidenses piensa que efectivamente nació en el país. Los hechos son tercos, pero los mitos lo son más.

Y aunque Trump parezca ser un candidato de teflón, al que nada se le pega, nosotros debemos de hacer nuestro trabajo. Tenemos el deber para con el público de señalar que la mayoría de nosotros jamás habíamos visto a un candidato nacional tan más informado, tan engañoso y tan evasivo como Trump.

Lo que estoy proponiendo no es una ruptura brusca con las normas periodísticas, como algunos han dicho. A mediados del siglo pasado, los periodistas también se enfrentaron a la pregunta de cómo cubrir a un demagogo manipulador _ el senador Joe McCarthy _ y la imparcialidad tradicional no era de la conveniencia popular. Honramos a Edward R. Murrow por romper con las convenciones periodísticas y enfrentarse a McCarthy, diciendo: “No es este el momento de que guarden silencio quienes se oponen a los métodos del senador McCarthy.”

Del mismo modo, en las luchas por los derechos civiles de los años sesenta, no era suficiente citar conferencias de prensa de ambos bandos. Los grandes periodistas, como Claude Sitton y Karle Fleming corrieron grandes riesgos para revelar la brutalidad de la discriminación en el sur.

Nuestro trabajo no es tomar dictado sino decir la verdad. Ahora que se acercan los debates, debemos de recordar que exponer a un charlatán como tal no es tomar partido sino hacer buen periodismo.

NICHOLAS KRISTOF © The New York Times 2016

Comuníquese con Kristof en Facebook.com/Kristof, Twitter.com/NickKristof o por correo a The New York Times, 620 Eighth Ave., New York, NY 10018.

Las últimas noticias de hoy síguelas en nuestra programación totalmente en vivo a través de PSN En Vivo y no te pierdas ni un segundo de lo que acontece en Baja California y el país.

Siguenos en Facebook y Twitter
Arriba