¿En qué régimen romántico vivimos?

(Benjamin Norman/The New York Times)
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Polina Aronson vivió los primeros 16 años de su vida en Rusia. Ahí, el amor suele ser considerado una especie de divina locura que desciende de los cielos. El amor es visto como “un destino, un acto moral y un valor; no es posible resistirse a él, requiere sacrificio e implica sufrimiento y dolor”, como analiza la socióloga Julia Lerner. Los rusos se miden unos a otros por la forma en que pueden soportar los trastornos que acarrea el amor, a veces a un grado que resulta absurdo.

Pero cuando estaba en preparatoria, Aronson se fue a vivir a Estados Unidos y ahí se topó con un ejemplar de la revista Seventeen. Quedó estupefacta. Notó que en Estados Unidos, las preguntas que se hacían eran si la pareja satisfacía sus necesidades. ¿Se sentía cómoda estableciendo sus derechos dentro de la relación? ¿Su pareja tenía las cualidades deseadas?

Aronson concluyó que había pasado del régimen ruso del destino al régimen estadounidense de la elección.

“El requisito más importante de la elección no es la disponibilidad de muchas opciones”, escribió Aronson en la revista Aeon. “Es la existencia de un elector conocedor y soberano que esté muy consciente de sus necesidades y actúe en función de sus propios intereses.”

El régimen de elección fomenta cierto pragmatismo mundano. Nutre individuos emocionalmente tranquilos y semi-aislados. Si el modelo ruso es demasiado imprudente, el estadounidense implica demasiados cálculos y astucia. “El mayor problema con el régimen de elección surge del falso concepto de la madurez como autosuficiencia absoluta”, observa Aronson. “Se infantiliza el apego; el deseo de reconocimiento se interpreta como ‘indigencia emocional’. La intimidad nunca debe rebasar los ‘límites personales’”.

En efecto, buena parte de la fragmentación social de Estados Unidos surge del individualismo desapegado y utilitario que encarna ese régimen.

El mundo de las citas se convierte en un auténtico mercado, donde las personas se evalúan cuidadosamente unas a otras, en busca de señales de alarma. Se pone énfasis en la elección prudente, en elegir a la persona que mejor satisfaga nuestros deseos. Pero de alguna manera, mientras las personas se “seleccionan” de manera pragmática, el matrimonio como institución ha entrado en crisis. Los índices de matrimonio se han desplomado en todos los grupos de edad. La mayoría de los niños cuya madre tiene menos de 30 años nace fuera del matrimonio. La mentalidad de elección parece ser contraproducente.

Incluso aquellos que han tenido experiencias aleccionadoras en ese ámbito pueden ver a quienes parecen haber resuelto este asunto para toda la vida y detectar una serie diferente de actitudes y supuestos, lo que podríamos llamar un régimen de pactos. Un pacto no es una elección, sino una promesa que transforma la vida y que es todo lo obligatorio que implique.

El régimen de pacto reconoce el hecho de que en realidad no elegimos nuestros apegos más importantes del mismo modo que elegimos, por ejemplo, una tostadora de pan. En el flujo de la vida llegamos a conocer gente asombrosa que nos deja sin aliento, generalmente en un remolino de circunstancias complicadas. Hay cierta sensación de que nos manejan corrientes más asombrosas de lo que es posible prever y controlar. Básicamente, estamos farfullando, tratando de encontrar la mejor respuesta al momento que estamos viviendo.

Cuando alguien se siente atraído hacia una persona y le hace una promesa, ese remolino no necesariamente termina. Lo que pasa es que los dos lo cabalgan juntos. En el régimen de pacto, tomar la mejor decisión una sola vez es menos importante que la acción continua que sirve a la relación.

La gente del pacto tiende a tener una conciencia de “nosotros”. Lo bueno de la relación misma está en primer lugar, las necesidades de la pareja en segundo y las necesidades propias, en tercero. El pacto solo funciona si cada miembro de la pareja pone las necesidades del otro por encima de las propias, tanto como sea posible, en el entendido de que el otro va a hacer lo mismo.

La verdad que sostiene al régimen de pacto es que hay que bloquear las opciones para poder llegar a la tierra prometida. Las personas que vemos en matrimonios prolongados y exitosos han recorrido las estaciones de la vulnerabilidad. Se han desprendido del ego orgulloso y aprendido a depender profundamente de su pareja. Se han enfrentado a las causas que hacen que sea difícil convivir con ellos y han tratado de remediarlas. Han pasado por todos los episodios normales de confesión, disculpa, puesta a la defensiva, perdón y amor por el otro aunque no haya nada que amar en ellos.

Todo esto lo hacemos solamente si estamos en un ambiente en el que la salida no es una opción fácil, en el que estamos seguros de que el amor del otro no va a desaparecer y en el que la única manera de sobrevivir a las crisis es meterse más a fondo en la relación misma.

La característica final de un pacto es que la relación no gira exclusivamente sobre sí misma: tiene un propósito más grande. En muchos casos, ese propósito obvio es la crianza de los hijos. Pero el más profundo es la transformación. La gente que está en un pacto de estos trata de amar a la pareja de tal forma que haga salir su encanto. Tiene la esperanza de que, gracias a este servicio, ellos llegarán a ser una versión ligeramente menos egoísta de sí mismos.

El régimen de pacto está basado en la idea de que nuestra fórmula actual es una conspiración para hacer infeliz a la gente. En términos realistas, el amor es una fuerza más potente que el interés personal. El cálculo desapegado en estos asuntos es autodestructivo. La alegría más profunda entra a hurtadillas por la puerta trasera cuando nos rendimos a una promesa sagrada.

David Brooks
© 2017 New York Times News Service

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