New York Times

Espejos para el estante de mi hija

Mientras arreglaba el estante de libros de mi hija de 4 años, noté que algo faltaba en las tapas satinadas de sus libros ilustrados: niñas de color. Había autos que hablaban, criaturas imaginarias e historias sobre hombres, mujeres y niños blancos. Empecé a contar y descubrí que solo 4 por ciento de nuestros libros tenían como personajes principales a gente de grupos minoritarios, y solo una era una niña negra como mi hija.

Debía hacer más que simplemente arreglar el estante; tenía que remediar el contenido.

No era que mi hija nunca hubiera escuchado historias con personajes principales parecidos a ella. Soy maestra de preescolar y a menudo tomo prestado libros con personajes diversos tanto de la escuela como de las bibliotecas locales. Pero una vez que noté el desequilibrio en nuestra colección personal, sentí que los libros que realmente eran nuestros debían reflejar a mi hija. La falta de representación debió haber sido obvia mucho antes, pero comprendí que como madre de raza blanca, los privilegios blancos me confirieron cierto nivel de olvido sobre la composición racial de los personajes de nuestros libros. Parte de la adaptación entre razas es aprender a qué prestar atención. Tan pronto como me di cuenta de lo que faltaba, me comprometí a llenar nuestros estantes con historias sobre mujeres negras inteligentes, talentosas y fuertes.

A mediados de la década de 1960, la editora de libros para niños Nancy Larrick descubrió que las casas editoriales que más libros infantiles sacaban con personajes negros de todas formas los presentaban en menos de 5 por ciento de las veces (y no necesariamente como personajes principales ni como imágenes positivas). Larrick fue de las primeras en la industria editorial de libros infantiles en decir que para los niños negros era un problema aprender sobre su mundo a través de libros que no los representan.

La brecha de diversidad en los libros para niños persiste. De los libros infantiles publicados desde 1994 hasta 2014, un promedio de 10 por ciento tuvo contenido multicultural, aunque eso pudiera estar aumentando lentamente: la tasa de 2014 ascendió a 14 por ciento. La campaña Necesitamos Libros Diversos fue establecida en 2014 para promover una representación más diversa en la literatura de niños. Y en 2015, a los 11 años de edad, Marley Dias inició el hashtag de Twitter “#1000blackgirlbooks” (“#1000librosparaniñasnegras”). Frustrada con la homogeneidad de los cuentos que leía en clases, Marley recabó libros con personajes de niñas negras para beneficiar a los estudiantes marginados.

La profesora de educación Rudine Sims Bishop usa la metáfora de las ventanas, las puertas corredizas de vidrio y los espejos para ilustrar por qué es tan importante la literatura diversa. Los libros pueden ser ventanas para mundos previamente desconocidos por el lector; se abren como puertas corredizas de vidrio para permitir que entre el lector. Pero los libros también pueden ser espejos. Cuando los libros reflejan nuestras propias experiencias, cuando las escenas y las frases nos parecen tan ciertas que son anclas que nos amarran al texto, eso dice a los lectores que sus vidas y experiencias son valuadas. Cuando los niños no se ven en los libros, el mensaje es igual de claro.

Por supuesto, mi hija se relaciona con personajes por muchos motivos que no tienen nada que ver con la raza. Se identifica con la insaciable hambre de arándanos de Sal y con el amor que siente Harold por su crayón púrpura. Enamorada de las cosas salvajes en los alborotos salvajes, se vistió como Max para Halloween. Según la teoría transaccional de la lectura de Louise Rosenblatt, los individuos llevan sus propias experiencias a un texto para entender y sacarle significado. Hay múltiples formas de identificarse con un texto, y la raza es solo una de ellas. Pero si la raza o grupo étnico de un niño están sub representado en los libros, ello dice algo sobre cómo se valoran esas partes de su identidad.

Mi hija nota espejos, no solo en los libros, sino todo a su alrededor. Al ver a la bailarina Michaela DePrince (quien vivió la guerra civil de Sierra Leona) en “The Nutcracker”, exclamó sobre la silenciosa audiencia: “¡Me gusta la chica color marrón!” También se da cuenta cuando ciertos grupos están sub representados en determinados cargos. Una vez le pedí que le diera su boleto de tren al conductor y me contestó: “No es un conductor. ¡Es una dama!” Era la primera vez que veía una conductora.

Para nuestros estantes actualizados, me imaginé personajes de mujeres de raza negra en distintos papeles. Quería historias de hadas y canciones infantiles; libros sobre discriminación, derechos civiles y justicia social; ficción ambientada en sitios rurales y urbanos, en Estados Unidos y en el extranjero; biografías de mujeres de raza negra que fueran modelos a seguir y cuentos sobre niñas negras haciendo cosas cotidianas. Iba a tener que salir a hacer compras.

Pero en un viaje a una librería de Nueva Jersey, donde vivía en ese entonces, ningún libro de ilustraciones tenía una mujer de color. Las tapas mostraban muchos niños blancos, animales y objetos personificados, un puñado de niños diversos, pero ninguna niña negra. Hojee los estantes, sacando los lomos, uno por uno, sin ninguna suerte.

“Estoy buscando libros de ilustración con mujeres africanas o afroestadounidenses”, le dije a una vendedora.

No conocía ningún título, y cuando le pedí que buscara en su computadora, me dijo: “No se puede buscar tópicos así”.

Busqué en Internet nombres de personajes diversos, autores e ilustradores que conocí como maestra. Leí críticas. Anoté nombres de mujeres negras famosas y busqué literatura para niños que hablara sobre ellas. Revisé entre los ganadores del Premio de Libros Coretta Scott King y los de la fundación iniciada por Ezra Jack Keats, a quien se le acredita haber innovado en 1962 con uno de los primeros libros ilustrados multiculturales: “The Snowy Day”.

Los efectos de incorporar estos libros a nuestra colección fueron inmediatos. Cuando mi hija vio una nave espacial en un comercial me dijo: “¡Guau! Mae lo hizo”, haciendo referencia a Mae Jemison, la primera afroestadounidense que viajó al espacio.

Me dijo que era como Wangari Maathai, la ganadora del Premio Nobel de la Paz, porque “cuando los árboles se rompían, ella plantaba nuevos, y a mí me encantan los árboles”.

Mi hija se hizo amiga de nuevos personajes. Jamaica, del Estados Unidos suburbano. Jamela, del Sudáfrica urbano. Elizabeti, de la Tanzania rural. Le encantan problemas con los que se identifica: sentimientos heridos, embrollos accidentales, perder una muñeca muy querida.

Me había propuesto simplemente volver a fijar los soportes del estante de libros de mi hija. Pero terminé instalando espejos; un arreglo mucho más necesitado.

Sara Ackerman
© 2017 New York Times News Service

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