La economía española despega de nuevo

Clientes en un bar de Barcelona, una ciudad a la que se han mudado jóvenes profesionistas de todo el mundo (Samuel Aranda/The New York Times)
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MARTORELL, España — Dentro de una gigantesca fábrica que parece una terminal de aeropuerto, varios automóviles a medio armar se deslizan en un desfile interminable a través de la línea de ensamblado. Uniformados con overoles, los trabajadores se mueven con rapidez a lo largo de la línea sin perder la concentración ni por un momento mientras hacen sus tareas, programadas de manera muy meticulosa para finalizar el proceso mediante el cual el acero se transforma en automóviles listos para salir a las calles.

La actividad que se observa en la fábrica automotriz de SEAT ubicada en Martorell, municipio industrial al oeste de Barcelona, es una muestra de la reactivación de la vida en España. La economía crece de nuevo, a un ritmo casi un tres por ciento mayor que el año pasado: se producen mercancías para exportación, se generan empleos y se ha recobrado cierto sentido de normalidad en un país que se había visto sumido en la desesperación.

Las noticias son positivas no solo para España, sino también para Europa en general, e incluso para el resto de la economía global.

Durante buena parte de la última década, España fue el ejemplo extremo del desangrado económico que afectó a las 19 naciones que comparten el euro. Sus impresionantes cifras de desempleo, que en el punto más álgido alcanzaron el 26 por ciento de la población económicamente activa, fueron una señal clara de la situación crítica en la que se vio sumido el país al combinarse los efectos del estallido de la burbuja inmobiliaria con los de la crisis financiera global.

Sin embargo, los datos oficiales más recientes muestran que la economía de la nación está de nuevo en una situación similar a la que tenía antes de la crisis. Parece que se ha terminado una de las peores catástrofes económicas sufridas en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. De igual manera, el continente, que aún enfrenta retos formidables —quizá hasta existenciales—, por fin está encaminado hacia la recuperación.

Esta atmósfera renovada es palpable por toda la costa de Barcelona, donde se observa a los estibadores controlar gigantescas grúas que mueven contenedores repletos de productos hacia embarcaciones enormes, dirigidas a diversos destinos de Europa y Asia. También se percibe en las empresas emergentes que han llegado a varias ciudades españolas a ocupar áreas de oficinas abandonadas; ahí el costo de vida parece más razonable que en Londres o París. Es evidente incluso en los viñedos, donde una nueva generación de empresarios emerge de las cenizas con ideas para renovar el negocio familiar, como exportar vino clásico en botellas nuevas.

En la experiencia de España hay varias lecciones para Europa, aunque su sentido preciso depende de la opinión de cada quién sobre las causas que provocaron el desastre para empezar.

Algunos opinan que España fue víctima de las medidas de austeridad que decidieron imponer los líderes europeos con el fin de extinguir la crisis; dicen que resultaron desacertadas. Cuando explotó la burbuja del sector inmobiliario y la situación se agravó debido a la recesión global, según esta perspectiva, el gobierno debería haber inyectado dinero a proyectos de infraestructura para generar empleos.

En vez de tomar esta decisión, aseguran, España se vio forzada a poner un límite al gasto debido a las normas que controlan al euro, lo cual prolongó la agonía.

Y la recién descubierta competitividad global de España se debe, en gran medida, a que los sueldos se mantienen bajos a pesar de que se ha reactivado el empleo. De acuerdo con esta versión, el resurgimiento de España no es tanto un motivo de celebración, sino un amargo recordatorio de cuánto tiempo transcurrió antes de lograrlo.

Las dificultades se hacen evidentes en las cifras. La tasa de desempleo sigue por encima del 18 por ciento, y alcanza casi el 39 por ciento entre los más jóvenes. Del total de 47 millones de habitantes del país, los registros oficiales revelan que cerca de 4,25 millones están buscando empleo activamente. Incluso en áreas que están en crecimiento, las tensas negociaciones laborales y las huelgas frecuentes hacen patente la inseguridad que prevalece en el mercado laboral y los contratiempos que implican los sueldos reducidos.

Otros, por su parte, afirman que el caso de España confirma el poder revitalizador de las reformas económicas estrictas.

España le facilitó a los patrones el despido de empleados, con lo que consiguió que estuvieran más dispuestos a realizar nuevas contrataciones. De acuerdo con esta versión, España es un buen modelo para Francia, ya que su nuevo presidente, Emmanuel Macron, debe estar preparado para enfrentar resistencia por parte de los sindicatos a sus propias reformas en el sector laboral.

El consenso general es de reconocimiento a la reconfiguración económica de España como factor clave para impulsar el crecimiento. Hace una década, el país sufría una adicción irremediable al sector de la construcción, que dependía del crédito; cuando estalló la burbuja, las consecuencias fueron devastadoras y dejaron a los bancos al borde del colapso debido a su cartera de préstamos incobrables.

Hoy, la participación del sector de la construcción equivale a la mitad de la cifra que representaba antes en la economía española. Las exportaciones han aumentado de casi un cuarto a cerca de un tercio de la economía nacional.

En Martorell, la impresionante fábrica de SEAT —parte del Grupo Volkswagen—, es un excelente ejemplo del cambio en la fortuna que experimenta España gracias a las exportaciones. En 2010, la planta producía 300.000 automóviles al año y estaba perdiendo dinero. El año pasado produjo 450.000 vehículos, de los cuales exportó el 80 por ciento, y registró utilidades por 153 millones de euros (unos 172 millones de dólares). El ajuste consistió en cambiar la producción a modelos con un mayor margen de ganancias, como el sedán Audi.

Las exportaciones de automóviles, camiones y refacciones representan en conjunto más del 17 por ciento de las exportaciones totales de la economía española, de acuerdo con datos recopilados por el Observatorio de la Complejidad Económica, una herramienta desarrollada por el Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT).

“Se han convertido en una industria modelo en España en cuanto a cómo convertirse en exitosos, cómo reformar y competir en el extranjero”, señaló Angel Talavera, un economista experto en la eurozona que trabaja para la consultora Oxford Economics en Londres.

La planta de SEAT está en medio de un plan de actualización quinquenal bajo el cual prevé incorporar a sus operaciones maquinaria nueva con un valor de 3,3 mil millones de euros (unos 3,8 millardos de dólares). Cuando los ejecutivos de la empresa les presentaron a los funcionarios de Volkswagen la idea de invertir una cantidad tan considerable en España, un tema que resaltaron fue el de las reformas laborales.

“Era una señal importante”, explicó Joachim Hinz, director de planeación financiera del complejo de SEAT. “El país avanza en la dirección correcta”.

En la fábrica, varios carros automatizados se desplazaban en silencio y llevaban las partes a los trabajadores a medida que eran requeridas. Algunos sensores computarizados se encargan de enviar señales de alerta cuando hay algún problema; por ejemplo, si hay un tornillo flojo o falta una conexión eléctrica.

“Si operas con pérdidas, te esfuerzas al máximo todos los días, los 365 días del año, porque quieres mejorar”, comentó Hinz. “Cada crisis te ofrece una oportunidad”.

“Cada crisis te ofrece una oportunidad”.

Muchos de los automóviles que salen de producción en la fábrica de SEAT son cargados en vagones de tren que los transportan a la zona portuaria de Barcelona, donde los estibadores los colocan en barcos que zarpan hacia Italia, Alemania y otros destinos. Durante el primer semestre de este año, el tráfico portuario en Barcelona alcanzó volúmenes récord: registró un aumento del 18 por ciento respecto del mismo periodo del año anterior.

Una mañana hace poco, cientos de hombres y mujeres estaban reunidos en la oficina de gestión de personal. Bebían café en vasos de cartón y se saludaban a gritos, mientras observaban un tablero que colgaba de lo alto, en el cual se desplegaban algunos números. Esos números indican qué tarea se le asigna a cada empleado cada día: capataz, operador de grúa o manipulador de contenedores.

Durante la crisis, más de la mitad de los 700 estibadores que querían trabajar regresaban a casa sin haberlo conseguido, y subsistían únicamente gracias al pago mínimo garantizado. Ahora, 600 trabajadores reciben asignaciones a diario.

“Nuestra situación actual es similar a la que teníamos antes de la crisis”, aseguró Xavier Tarraga, coordinador en esta zona de la Coordinadora Estatal de Trabajadores del Mar. “Todos tienen trabajo”.

Las crecientes exportaciones de España han ayudado a las empresas que en algún momento apenas salían a flote, pues han contribuido a aumentar la recaudación de impuestos del gobierno, la misma que se desplomó durante la crisis. Los impuestos locales recaudados en Barcelona han crecido de manera moderada: pasaron de 2,5 mil millones de euros en 2013 a un rendimiento esperado de más de 2,7 mil millones de euros este año.

Poco a poco vuelve a circular dinero en la economía del país.

A casi un kilómetro del puerto barcelonés, algunos trabajadores con uniforme de seguridad y botas se preparan para descender por una escalera de concreto hacia su trabajo: construyen una nueva estación del metro. De nuevo se han puesto en marcha las obras de ampliación del sistema de Transportes Metropolitanos de Barcelona, que representan una inversión de 6,8 mil millones de euros (7,6 mil millones de dólares) y que fueron planeadas desde hace mucho tiempo antes de ser suspendidas hace unos tres años.

A Tomás López Medina, encargado de supervisar los programas de seguridad en el sitio, este proyecto lo ha salvado de las terribles cifras del desempleo.

Sobrevivió gracias a la prestación por desempleo; recibía unos 1100 euros cada mes, menos de la mitad de los ingresos que él y su esposa obtenían en 2007. Ella también perdió su trabajo como asistente administrativa en una empresa constructora cuando el negocio suspendió sus operaciones.

Se vieron obligados a dejar su apartamento, ubicado en una zona en auge de Barcelona en la que creció su esposa y donde todavía tenía familiares y amigos. Se mudaron a un área industrial desierta en las afueras de la ciudad. “A mi mujer no le gusta nada”, dijo Medina, conteniendo el llanto. “No hay vida en ese vecindario. No hay tiendas. Donde vivimos ahora, la gente solo va a dormir para volver al trabajo al día siguiente”.

Ninguno de los dos había comprado ropa en varios años. Habían remplazado los mariscos por el pollo. Sus seguros de desempleo estaban a punto de agotarse. “Habíamos hablado de que quizá tendríamos que quedarnos en el apartamento sin pagar la renta”, contó. “No nos parecía bien. No somos así”.

Pero entonces se reiniciaron las obras de ampliación del metro de Barcelona y una de las empresas encargadas de construir las estaciones le ofreció trabajo a López Medina con un sueldo de 1500 euros al mes.

“De inmediato abracé a mi esposa”, dijo.

Todavía falta mucho para considerar que la recuperación es total.

El gobierno español acumuló una deuda enorme, equivalente al 100 por ciento de la producción anual de la economía, por los costos derivados del pago de prestaciones por desempleo durante la crisis y el rescate de los bancos diezmados. La inversión del gobierno en materia de infraestructura todavía es mínima.

Todos los sectores compiten por los frutos de la recuperación tenue. Recientemente, los trabajadores portuarios se declararon en huelga para exigir que se garantice su empleo por tres años, debido a que el nuevo contrato propuesto incluye preceptos como recortes a los salarios y que se permita a la patronal liberalizar la contratación. Los operadores de las líneas de metro existentes, por su parte, todavía están bajo presión por los salarios reducidos, situación que ha provocado una serie de movilizaciones entre los trabajadores y ya ocasionó interrupciones en el servicio este verano.

Sin embargo, han surgido oportunidades en otras áreas. La crisis hizo que se desplomara el costo de vivir en España, por lo que ahora Barcelona es una de las áreas metropolitanas más asequibles y atractivas de Europa, ya que goza de una arquitectura espléndida, una cocina creativa y un clima agradable.

De acuerdo con una herramienta para comparar costos, vivir en Barcelona es ahora un 36 por ciento más barato que vivir en Londres; un 28 por ciento menos caro que vivir en París, e incluso un cuatro por ciento más barato que vivir en Berlín, una ciudad que durante mucho tiempo atrajo a jóvenes que querían disfrutar de una zona europea cosmopolita por un precio más bajo.

A Barcelona han llegado jóvenes profesionistas de todo el mundo. Algunos se integran a empresas nuevas y emergentes, de las que cada vez hay más. La alcaldía ha establecido una incubadora por medio de la cual ofrece rentas con grandes descuentos y atractivos que embelesan a las empresas nuevas: muebles de formas irregulares en tonos neón, paredes de cristal y planos abiertos.

“Quizá el mejor momento para arrancar un negocio sea durante una crisis”.

Entre los recién llegados se encuentra Meller, una empresa que diseña y vende gafas de sol para consumidores jóvenes; tienen un sentido del estilo extravagante destinado a clientes con presupuestos reducidos. La empresa arrancó operaciones en 2014 y sus ventas se han disparado: de 40.000 euros en el primer año a más de cinco millones de euros el año pasado, de acuerdo con Marco Grandi, uno de sus fundadores.

Meller cuenta con unos veinte empleados, originarios de países como Venezuela y Alemania. La empresa aprovecha Instagram para lanzar nuevos estilos, como su versión de armazones retro con detalles de color y modernas micas rosas. “Somos ‘cazadores de lo cool’”, explicó Grandi, de 27 años de edad.

De no haber sido por el desempleo epidémico que sufre la juventud, habría resultado más difícil lograr adeptos. Unas gafas de sol que parecen de diseñador por menos de 100 euros no habrían resultado tan atractivas.

“Quizá el mejor momento para arrancar un negocio sea durante una crisis”, señaló David Pérez, quien renunció a un puesto en IBM para crear Go—PopUp, una plataforma que pone en contacto a los propietarios de espacios comerciales con minoristas interesados en abrir tiendas temporales.

La crisis también ha fomentado la innovación española, pues algunas empresas de larga tradición se han visto obligadas a cambiar sus formas de hacer negocios.

Ficosa, una compañía de refacciones automotrices establecida en las afueras de Barcelona, amplió sus operaciones principales —la fabricación de espejos retrovisores y laterales— e incursionó en la tecnología de los vehículos autónomos.

La industria del turismo ha experimentado un proceso similar de cambio; por ejemplo, una empresa nueva, TripUniq, aprovecha los conocimientos de los expertos locales para diseñar itinerarios de viaje a medida para los visitantes.

La industria vinícola y la alimentaria también pasan por una era de renovación.

Durante años, los gemelos Alex y Albert Virgili, de 27 años, y su hermano mayor Jordi, de 32 años, intentaron convencer a su padre de modernizar la empresa familiar, la productora de vinos Casa Berger. Desde hace mucho tiempo, la compañía producía en masa vinos comunes y corrientes y los vendía al exterior, donde alguien más los mezclaba con vinos de mesa y ganaba dinero por ponerles una etiqueta con la leyenda: “Producto de Francia”.

Los hermanos soñaban con embotellar su propio vino. Sin embargo, a su padre le parecía una idea insensata. Él, y su padre antes que él, habían hecho lo mismo durante 50 años, y el negocio los había mantenido. No obstante, desde antes de la crisis, las ventas de Casa Berger comenzaron a ir en picada. Cuando estalló la crisis parecía probable que terminara en quiebra. Fue entonces cuando se presentó la oportunidad para los hermanos.

Se les ocurrió una idea que parecía ridícula pero, al mismo tiempo, sublime: embotellar vino blanco hecho con uva xarel-lo, una variedad local, y etiquetar sus botellas con un burdo juego de palabras en catalán. Le pusieron el nombre de El Xitxarel-lo, que más o menos se traduce como “joven mequetrefe”. Llenaron la botella con serigrafías de más de 70 insultos en catalán.

“Cuando les explicamos a nuestro padre y a nuestro tío que queríamos lanzar al mercado una botella con 77 insultos diferentes en catalán, respondieron: ‘Está bien, pero por favor no pongan nuestra marca en la botella’”, recuerda Albert.

En la actualidad, El Xitxarel-lo, comercializado con una campaña irreverente en las redes sociales que aprovecha el juego de palabras, es un éxito de ventas que ha salvado el negocio familiar. Arrancaron con 3000 botellas en el otoño de 2013 y ahora venden 85.000 botellas al año.

Hace poco, los hermanos inauguraron La Festival, una tienda de vino orgánico, en un barrio de Barcelona donde muchas ferreterías han sido convertidas en bares gastronómicos. Una de las paredes cuenta con dispensadores conectados a barricas de vino. Uno de los dispensadores es de Finca Parera, empresa fundada por Rubén Parera, un viticultor de 37 años de edad que logró persuadir a regañadientes a su propio padre de retirar de su huerta —que apenas lograba subsistir— varios árboles como cerezos, ciruelos y duraznos para sembrar uvas en su lugar.

Los clientes de La Festival utilizan garrafas reciclables para llevarse el vino a casa. De esta forma, los hermanos Virgili alcanzaron el éxito gracias a que hicieron cambios precisamente en el producto que dio origen a su negocio familiar: el vino a granel.

Hace poco se preparaban para hacer un viaje a Nueva York en busca de nuevos clientes, así que es posible que sumen su vino, con insultos en catalán, a la ola de automóviles, refacciones automotrices, aceite de oliva y otros productos españoles que se distribuyen a destinos lejanos y están sacando al país del estancamiento.

Peter S. Goodman
© 2017 New York Times News Service

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