“Las hijas de Eva y Lilith”, por Elisa Queijeiro

Foto: Casa del Libro
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CIUDAD DE MÉXICO (apro).- El miércoles 29 de marzo se presentará el libro de la humanista y comunicóloga Elisa Queijeiro Las hijas de Eva y Lilith. Conoce y sana a todas las mujeres que hay en ti (Grijalbo), con lectura de la actriz Tiaré Scanda, en el lobby del Museo Soumaya capitalino (Boulevard Miguel de Cervantes Saavedra 303), a las 18:30 horas.

 

El volumen será presentado por la conductora televisiva zacatecana Rebecca de Alba, la escritora Guadalupe Alemán Lascurain (La domadora de miedos, La mentira hambrienta) y Alfonso Miranda, director del Museo Soumaya.

 

La obra de Elisa Queijeiro es un testimonio en su búsqueda de identidad femenina tras fracasar en su matrimonio y sufrir un divorcio. El mito bíblico de Eva, nuestra madre primigenia, aparece en la literatura de Queijeiro como un arquetipo al servicio del hombre (Adán), al tiempo de ser la portadora de culpa por haber sucumbido ella a la tentación de la serpiente (el Diablo) e incitar a comer del fruto prohibido por Jehová del bien y del mal.

 

La figura de Eva contrasta con la rebelde que personifica Lilith (del hebreo: לילית), mujer legendaria del folclore judío y quien supuestamente fue creada por Dios antes que Eva y como se negaba a servir a Adán, Jehová aceptó la solicitud del primer hombre para crearle otra compañera menos rejega y así nació Eva, a decir del mito de Lilith (que apenas y es sugerido en La Biblia, si bien aparece en evangelios apócrifos).

 

Lilith fue enarbolada como representante de la mujer independiente por las simpatizantes del movimiento feminista desde los años sesenta y su ejemplo de rebeldía contra el machismo apareció en temas de cantautoras en países como Dinamarca, con Eva Langkow (1946) del grupo Søsterrock en los álbumes Kvindeballade (Balada de las mujeres, 1976), y Lone Kellerman (1977) de Lone Kellerman (1943-2015), “Lilith”, donde entonan:

 

Y así sabemos cómo la mujer se dividió,

por un lado estaba Lilith, fuerte y pecadora;

y por otro, una muñequita obediente para Adán…

 

(https://www.youtube.com/watch?v=pP0P0nuaM8I y https://www.youtube.com/watch?v=sixd9EjbEsk)

 

Enseguida, ofrecemos a nuestros lectores un adelanto del nuevo libro de la creadora de la revista Espiando Evas, Elisa Quiejeiro, volumen intitulado Las hijas de Eva y Lilith. Conoce y sana a todas las mujeres que hay en ti, por cortesía de Grijalbo/Penguin, Random House Grupo Editorial.

 

La culpa es de Eva por insatisfecha

 

Estoy sentada en la sala de una casa; quitaron los muebles y dispusieron las sillas como en un salón de clases. El saludo de todos es cordial, casi cariñoso. No los conozco. No sé si los quiero conocer. Sonrío con agrado —mi mamá me enseñó muy bien.

 

Estoy asistiendo a pláticas cristianas sobre cómo salvar un matrimonio: estoy divorciada —recién divorciada— y soy judía; bueno, conversa, de hecho. Nací católica y me convertí hace casi 17 años, poco antes de casarme. Jamás entendí tanto las enseñanzas de Cristo como al ser judía. Así que aquí me tienen, tapando el pozo después de ahogado el niño, buscando consuelo en quien lo ofrece.

 

La sala-salón está llena de parejas; yo vengo sola. Simplemente no quiero volver a equivocarme, o por lo menos no igual; pero, la verdad, no sé cómo. ¿Qué se tiene que hacer para dejar de ser el lado oscuro de uno mismo? Créanme, con la pura voluntad no alcanza.

 

La plática comienza. Abordaremos el problema desde la raíz, porque —nos dice el pastor— ahí está el origen de todos los males. No me sorprende que mencione el Génesis como nuestro libro de estudio; es el principio. Pero habla, no lee:

 

—Lo que ustedes no han entendido, mujeres, es que ¡son hijas de Eva!

No sé por qué suena más como una condena que como un mero comentario. Todos ríen. Yo ladeo la cabeza, casi frunzo el ceño y los observo. No entiendo bien de qué se ríen. Escucho:

 

—Sí, chicas; sí, señoras bonitas. Eso son: ¡hijas de Eva! Y siempre van a querer el fruto prohibido —sonriendo, nos señala con dedo acusador—. ¿O no es así? —pregunta, y se responde—: Si un hombre les regala rosas, ustedes quieren platicar; si el hombre es platicador, ustedes quieren que les dé rosas. O peor aún: si les regala, por ejemplo, una camioneta, se preguntan por qué lo hizo de sorpresa y no las dejó escoger el color… ¡Siempre buscan lo que no tienen! —acentúa (con cuidado, claro).

 

Las carcajadas inundan el salón. Yo sonrío para no desentonar. En parte tiene razón; ya saben: la güera quiere ser morena; la alta, baja; la lacia, china… Pero ¿adónde va todo esto?

 

—El caso es que les tengo una buena y una mala noticias. No hay vuelta de hoja ni paso atrás —sentencia—; son lo que son: mujeres, y por tanto… ¡insatisfechas!

 

Ellas ya no se ríen tanto. Mi yegua interior relincha. Ellos lo disfrutan: por fin alguien los entiende.

 

—Tienen una sola salida —baja el tono y acentúa cada palabra—: renunciar a lo que son, dejar de ser Evas insatisfechas y entregar su antigua naturaleza a los pies del Señor. Ser obedientes —continúa más serio todavía. Sólo lo lograrán con Su ayuda y renunciando a su rebeldía, porque solas no podrán nunca y sus matrimonios estarán condenados al fracaso.

 

Yo vengo de ese fracaso. Sus palabras son lapidarias. Mi futuro se colapsa al escuchar las frases del pastor y yo no soy fuerte, o por lo menos no lo sé aún.

 

El pastor sigue hablando. No lo escucho más. Me fundo en mi silla con el silencio que inunda la sala de la familia cristiana que me invitó. Algunos asienten con la cabeza; las mujeres también —lo que me sorprende aún más. Se convencen de creer en lo que escuchan, sienten que lo que él dice es verdad: hacen oración y dan gracias por la información que salvará su matrimonio. La sumisión como opción. Quiero levantarme, irme de ahí, tomar mi antigua naturaleza y la nueva y las dos y abrazarlas, levantarme y de un portazo que se escuche mi salida. Pero me quedo sentada. Desmayada por dentro, inmóvil, con los ojos abiertos —mi madre me enseñó muy bien—. Espero el final de la plática; igual que todos, pliego mi silla y la apilo con las demás, sonrío cordialmente, me despido —todavía— dando las gracias.

 

La reja de la calle parece frontera; la banqueta me devuelve el aire. Ya en el auto, me sudan las manos, frías me tiemblan al sujetar el volante. Bajo la ventana. Respiro. Me da vueltas un universo de sinrazón: Eva se me clavó en el corazón.

 

Cambio, intuición y conocimiento

 

Estoy escribiendo en un café de Polanco. Es la Ciudad de México y el parque lo tengo enfrente. Más de cinco años han pasado desde aquella sala, aquel momento y mi nueva vida dedicada a ser humanista, a investigar profundamente para narrar lo cotidiano. El barullo de la calle es mi silencio. Observo.

 

Lo mismo se baja una mujer—con la ayuda del chofer— de una camioneta blindada negra, que la joven en patines pasea a su galgo inglés; la madre de la carriola con el niño dormido atiende el celular, le dan el sol y el aire. En un puesto, una señora vende fruta en vasos de plástico; el limón y el chile son al gusto. Mientras, la ejecutiva de la mesa vecina domina a sus inversionistas: los mira, habla con las manos, los acecha, los controla. Ellos no lo saben. Una mujer lee en la esquina del café; devora su libro mientras bebe té de jengibre —lleva tres tazas—. Dos amigas se fusionan: una llora el nudo de sus quijadas y tapa sus lágrimas con lentes oscuros, la otra no consuela sino que contiene, encamina y la empodera, comprende pero no permite; las víctimas quedaron atrás: le sostiene la mano con fuerza, también aprieta las quijadas. Yo escribo lo que he aprendido.

 

Nunca sabemos cuál va a ser el evento que remarcará nuestra vida, lo que nos hará hacer un alto, girar el timón y cambiar el rumbo, pero como en las buenas novelas, el carácter de los personajes se mide por el tamaño interno de sus decisiones. En las encrucijadas está el vórtice de las historias: eso que somos capaces de hacer con las circunstancias que nos toca vivir o las que nos provocamos; cuál será la reacción y cuál la acción. Esos son los momentos donde medimos hasta cuándo será la estructura de nuestras creencias la que nos limite, recargados en ellas como si fueran muletas que nos sostienen. ¿Cuándo caducan los mecanismos de sobrevivencia? ¿Qué tiene que pasar para leer la fecha de caducidad del miedo? ¿Cuándo es el momento de evolucionar sin sentir que morimos en el intento?

 

Creo que el cuerpo es el primer termómetro, el que hace sonar una alerta que nos dice “ni un día más”. La necesidad de cambio se siente en nuestra biología: el espacio asfixia, el aire quema o congela, las manos se duermen, la mirada se fija. Es esa extraña sensación cúspide y la certeza absoluta de saber que ya no podemos quedarnos como estamos, sin importar que el siguiente paso se sienta como asomarse al abismo. Es la última gota de una estalagmita que cambia para siempre nuestra fisonomía interna, la suma de los hartazgos, el combustible carburado.

 

Las mujeres, decía mi abuela, podemos aguantar todo y por mucho tiempo; pero hay un día, con su hora y su segundo, en que, con la misma determinación, decimos: “No más”. No hay gritos ni sombrerazos; lo sabemos internamente y actuamos sin que nos detengan las posibles consecuencias. Después de ese momento, es verdad: no hay vuelta atrás.

 

Después sigue la intuición, esa voz interna que sí existe. Ella debe llevar la batuta. La intuición limpia es nuestra brújula, nos marca el norte sin dudar: sabemos cuándo nos grita desde las entrañas y cuándo palpita entre susurros. Aparece en el silencio, se muestra en los rituales, espejea en medio de las pláticas ajenas; está presente en un amanecer, en las noches de insomnio, en la lectura de un libro, en la caricia de un hijo, en el placer o en el llanto. La intuición jamás nos abandona. Obedecerla equivale a sentir paz: las resistencias se acomodan, los esfuerzos cobran sentido, el cansancio se diluye al hacer lo que sabemos que debemos hacer.

 

Mi cuerpo, mi intuición, mi camino y mi abismo evitaron que regresara a las pláticas para salvar matrimonios, no por malas sino por discordantes con todo lo que mi ser me pedía. Escucharme, reconstruirme desde otro lado mucho más sano y noble; eso tenía que hacer. Pude haberme quedado, aceptar la sumisión como camino y la paz barata como promesa de vida. Pero no pude. No juzgué; simplemente, en medio de la pérdida busqué cómo hacerme caso y serme fiel. Mi respuesta fue concentrarme en lo que sabía hacer muy bien: estudiar, investigar, cuestionar hasta la médula para responder(me), quitarle el poder al otro y a la palabra de los que no tienen más sustento que lo que ellos “creen” que es verdad.

 

Mientras reunía mis pedazos sueltos busqué entender mi historia a partir de la historia de la mujer; reconciliarme con mi clan y comprender que somos herederas de circunstancias y mitos que nos arrebataron nuestro trono natural, lo que merecemos por el simple hecho de ser.

 

El primer capítulo de este libro es un recorrido por esa historia: “De diosas a brujas: ¿qué hicimos todos y dónde estamos las mujeres hoy?”. Aprendí que cada época se levanta sobre los hombros de la anterior y que la ignorancia es la trampa de la ingenuidad y el cetro del que abusa.

 

Hay que conocer para no juzgar y entender para comprender. La historia de las circunstancias que han movido a la mujer de un lugar a otro, ese oleaje de las civilizaciones que como marejada ha levantado los pies de niñas, jóvenes y adultas, arrastrándolas adonde los líderes y la corriente decidían, tiene dos vertientes: la historia misma, es decir, las decisiones humanas, pero también los mitos sobre los cuales se fundaron las culturas. La nuestra es de origen judeocristiano occidental y tiene por mito fundacional el Génesis de la Biblia. De ahí provienen tanto Eva, la primera mujer y “madre pecadora” de la humanidad, como Lilith, una mujer oculta (no nombrada en la Biblia) que es la primera pareja de Adán, de acuerdo con el mito hebreo que lleva su nombre.

 

Estas dos figuras femeninas son nuestro origen, según las ancestrales creencias culturales y religiosas que hemos heredado. Su existencia, seamos o no creyentes, ha permeado nuestra sociedad, incorporándose en lo que se conoce como conciencia colectiva; es decir, son parte de nuestra forma de ser, queramos o no. Aceptarlas en el presente como dogma de fe es una opción; pero vivir las consecuencias de su literalidad y de su interpretación no debería ser algo viable, tomando en cuenta los resultados del pasado.

 

“No hay mentira más peligrosa que la que se parece a la verdad”, solía decir el doctor Martín Maqueo, mi maestro de semiótica en la universidad. Hoy entiendo más que nunca esa frase. Por eso, encontrar la verdad acerca de Eva se convirtió en mi motivo de estudio por muchos años: dejé de pensar en mí y me concentré en ella. La revisé por los cuatro costados; me sumergí en el texto bíblico, y después de mucho analizarlo encontré que Eva no necesitaba ser salvada… porque nunca se perdió. Los hallazgos me llevaban a un camino: Eva sabía lo que hacía y asumió sus consecuencias con dignidad, y lo más importante: jamás se separó de Dios. Hoy los comparto en este libro, en el capítulo: “Otra mirada para Eva”, porque mientras estudiaba uno a uno los versículos que narran su vida entendí que no los conocemos, que hemos dado por hecho lo que nos han dicho. Que, una vez contado el cuento, no cuestionamos su historia.

 

Eva fue sentenciada, y con ella todas sus hijas, sin que nadie se cerciorara de que eso estuviera escrito. A lo largo de ese capítulo me detengo con la paciencia y el cuidado que no tuvimos al creer como cierto lo que nos dijeron sobre Eva. Las conclusiones serán de ustedes después de leer. Los siglos que las mujeres hemos sido la tentación encarnada y el origen de los males nos han hecho mucho daño, pero ¡qué liberadora es la verdad y qué importante compartirla!

 

Por otro lado, al estudiar la Biblia mi encuentro con Lilith era inevitable; me hallaba sumergida en el texto que la escondía. Así fue: buscando un mito antiguo me encontré con la primer mujer de Adán —otra mujer en el Edén—, y una que había dicho “No” por primera vez, una mujer rebelde que levantó la voz para exclamar: “¡Esto no lo quiero!”, “¡Merezco lo mismo que tú, Adán!”, “¡No estoy de acuerdo contigo!”… Lo más sorprendente es que ella misma se marchó del Paraíso. La necesidad de estudiarla fue una punzada que me atravesó al saber que era considerada como un demonio, que estaba prohibido nombrarla y, peor aún, indagar sobre ella.

 

Decidí que Lilith merecía un capítulo completo de este libro, y así me adentré en los mitos hebreos, en su magia y en su miedo, en sus mensajes ocultos y sus dobles enseñanzas insertadas en los sentimientos colectivos a lo largo de los siglos. Mi curiosidad —tachada de necedad— tuvo sus consecuencias; pero el descubrimiento valió la pena, y pasé de hacer una tarea a realizar una larga investigación: Lilith se me revelaba como la gran silente, capaz de resistir inventos y maldiciones, de sostener su verdad y pagar el precio por contradecir a un hombre, y actuar en consecuencia. Podía ver en su arquetipo a todas las mujeres acalladas por la fuerza; porque no convienen la libertad, la voz ni la opinión de una mujer, mucho menos si contradicen lo que dictan la sociedad, la comunidad y sus líderes.

 

Estudiar a Lilith no fue fácil; desenmarañar la verdad, tirar a la basura “fuentes piratas” y desenterrar la historia de más de 16 siglos de creación y tránsito de boca en boca representó una odisea. Pero lo más difícil fue aceptar que todos tenemos algo de ella; hombres y mujeres somos Lilith. ¡Yo lo soy! Cuando me asumí con honestidad y miré la determinación de mis nuevos límites, mi recién adquirida capacidad para decir “no”, la rebeldía oculta en aparentes negociaciones, mi transformación interna y la libertad que descansaba en un par de alas nuevas, mucho más fuertes que mis heridas, Lilith me habitó en paz… y yo pude escribir sobre ella.

 

También resultó vital hacer un estudio objetivo de la Biblia: saber cuántas versiones existen, cuándo fue escrita y traducida, por quién, en qué contexto y por qué causa; es decir, definir sus características fundamentales y sus diferencias concretas. De esta manera, antes de dar por hecho que la conocemos y la entendemos o indagar por qué leemos una y no otra, conozcamos con fundamento cristiano, católico, judío e histórico, la llamada Sagrada Escritura. El segundo capítulo de este libro aborda ese tema, justo antes de la investigación acerca de Eva y Lilith.

 

 

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