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El bono de Morena, y el quinto efecto (primera parte)

El quinto efecto no lo han podido superar los gobiernos progresistas de América Latina; junto a sus propias coyunturas, han terminado por perder el poder.

Morena tiene todavía un bono popular a su favor, pero…

El régimen vive uno de sus momentos más complejos: redes sociales inundadas de señalamientos de corrupción; sin crecimiento económico, regiones con desinversión; aumento de la inseguridad, asesinatos, desapariciones y extorsiones como narrativa diaria del periodismo; guerra política interna; y las amenazas y burlas de Trump.

Aun así, la alternancia electoral no llegará en 2027; lo que comenzará a vislumbrarse es el quinto efecto de los programas sociales de bienestar.

Luego de revisar los estudios de las principales encuestadoras del país sobre la aprobación de los gobiernos y las preferencias electorales, la conclusión es clara, al día de hoy, el péndulo del ánimo electoral sigue del lado de Morena.

El régimen actual se sostiene por la combinación del voto duro de la izquierda; el voto cautivo o dependiente de los programas sociales; la identificación afectiva con la marca 4T; y, muy importante, la fragmentación opositora y la ausencia de la encarnación de un polo alternativo emocionalmente convincente.

Por eso, aunque el malestar social crezca en diversos sectores, no se traduce automáticamente en derrota del régimen de la 4T.

Hay focos de riesgo, como Mexicali, de lo cual abundaré en otra ocasión. Pero hoy no estamos ante un péndulo electoral del lado opositor, sino frente a una hegemonía oficialista con desgaste perceptivo y con bolsas territoriales de voto elástico o flexible donde se darán las batallas más cruentas.
Ese es, objetivamente, el retrato que surge de revisar las encuestas de Mitofsky, Massive Caller y Roy Campos. Y lo explico.

Las encuestas publicadas en los últimos seis meses muestran un sistema de dominación electoral todavía favorable a la 4T, aunque con erosión en varios territorios. Esa erosión no se convierte automáticamente en voto opositor, porque intervienen la identidad política, el voto cautivo, las clientelas, la fragmentación opositora y el cálculo estratégico del elector.

El análisis se puede dividir en dos tipos de medición. Por un lado, el clima político, donde aparecen aprobación, confianza e inseguridad en los 32 estados. Ahí se observa un mosaico desigual, Baja California con 41.7% de aprobación; Zacatecas con 18.2% en el fondo; y estados como Quintana Roo y San Luis Potosí mucho mejor evaluados. Esto no mide el voto directamente, pero sí el humor social, la legitimidad subjetiva del gobierno y el peso de la confianza en su gobierno.

Por otro lado, están las mediciones electorales, la intención de voto en gubernaturas o alcaldías. Ahí Morena aparece arriba en múltiples casos, como Baja California, aun después de protestas, desapariciones y señalamientos de extorsión, mantiene un piso cercano al 40%; en Oaxaca de Juárez se mueve entre 39% y 40%; en San Luis Potosí Morena ronda entre 28% y 30%, mientras el Verde apenas alcanza el 20%; en Nuevo León, gobernado por MC, Morena se ubica entre 27% y 28%, frente a PAN con 20%, PRI con 18% y MC con 18%; en Tabasco alcanza el 50%; en Guerrero supera el 53%; en el Estado de México rebasa el 43%; en la ciudad de Puebla supera el 38%; y en Guadalajara gobernada por MC, ronda el 34%.

Las mediciones muestran cómo se siente la gente respecto a sus gobiernos, y cómo decide votar.

El hallazgo central es que ya no coinciden aprobación y desaprobación con intención del voto, puesto que gobiernos de Morena con baja aprobación mantienen alta intención de voto.

No obstante, estos instrumentos sugieren que en México se atraviesa una etapa de recomposición del sistema de lealtades, pero lejos aún de una ruptura completa.

El voto mexicano solía explicarse por pertenencias relativamente estables, clase social, región, identidad partidista heredada, aparato corporativo, liderazgo local. Hoy eso sigue existiendo, pero reordenado. Morena logró convertirse en un contenedor nacional de identidades populares, de sectores vulnerables y de un sentimiento antiopresor asociado a los partidos del antiguo régimen.

Morena incluso cuenta con una especie de bono popular, que cuando un gobierno morenista local se desgasta, la masa electoral no necesariamente abandona su preferencia, que se prolonga más allá de ese desgaste.

Eso significa que el voto por la 4T ya no depende únicamente del desempeño del gobernador, la gobernadora, alcaldes o legisladores. Depende de un tejido más amplio y complejo.

Es la identidad de clase y el resentimiento histórico popular contra las élites del siglo pasado y de principios de este. Las masas aún conservan una memoria positiva sobre AMLO y prefieren la continuidad de la 4T antes que arriesgar en el cambio. La memoria colectiva de años de deterioro generalizado y corrupción institucionalizada mantiene un veredicto de culpabilidad contra el PRI, el PAN y MC, en ese orden.

La territorialización de los programas sociales, como las becas desde educación básica hasta superior, es la estrategia de la 4T para construir una nueva memoria histórica. Morena se presenta como un gobierno que llega a las personas con nombre y apellido. ¿Cómo competir contra eso con partidos sin credibilidad moral en amplios segmentos populares?
De ahí que las oportunidades de la oposición sean focalizadas y coyunturasnoocales, y aún está por verse si pueden capitalizarlas. Por ejemplo, en Mexicali, ante la popularidad del opositor y animador de redes sociales Gustavo Macalpin, que aglutina el descontento de sectores de clase media y cierta esperanza en universitarios; o en Tijuana, frente a los crecientes señalamientos de extorsión de servidores públicos municipales contra pequeños comerciantes, el cobro de piso del crimen organizado y la persistente ola de asesinatos y desapariciones, en contraste con un Morena percibido como arrogante y representado por políticos frívolos. Y a pesar de esto, Morena alcanza el 40% de la intención del voto.

Por eso la frivolidad y arrogancia de comunidades enteras de políticos y políticas de Morena es proporcional al bono electoral.

Y aunque haya desaprobación, no hay alternancia. Un elector con rencor al régimen anterior, y con el beneficio de la duda al actual, ve en Morena que no será peor que el régimen anterior.

Morena es hoy la hegemonía dominante y la Presidencia de la República es la amalgama, aunque sus gobiernos locales se erosionen en corrupción, incapacidad y frivolidad.

La clave está en que el votante no decide por evaluación racional de resultados y contraste de plataformas ideológicas y proyectos. El elector puede caminar por calles con baches, ser “mordido” por policías, extorsionar por funcionarios municipales, esquivar la violencia cotidiana, ver la burla de la frivolidad de los políticos y acusarlos de rateros; y aun así, su voto circula en otra lógica, la de la identificación afectiva.

Es decir, el voto surge del miedo al retorno de los viejos opresores, a la esperanza residual de acceder a programas sociales que le generan cercanía con Morena, y a la costumbre de pertenencia que solo se romperá con crisis generales o traumas personales.

Hoy el elector siente que su voto vale, que decide su futuro, que asegura los apoyos sociales y tiene partencia. Esto lo explico más adelante con los 5 efectos de los programas sociales, pero antes sigo con el contexto.

Las encuestas muestran que la inseguridad pesa en la percepción negativa de los gobiernos, pero esa percepción no destruye automáticamente la preferencia electoral.

El elector tiene un doble rasero, le molesta que las cosas vayan mal y desconfía de sus gobiernos; pero también se resiste a admitir que pudo haberse equivocado con el cambio de régimen. Esa necesidad de pertenencia funciona como resguardo de la idea de que, pese a todo, se estaría peor.

Esa separación explica por qué Baja California puede mostrar desgaste y baja credibilidad en sus gobiernos, y al mismo tiempo una ventaja de casi 20 puntos de Morena sobre la oposición más cercana. También explica por qué en lugares de dominio más firme, como Guerrero o Tabasco, la 4T no solo conserva el voto, sino que concentra adhesión popular. La identificación con el régimen es más fuerte que el malestar coyuntural.

No estamos ante un electorado puramente evaluador, sino ante uno que combina agravios del pasado, dependencia del presente y la esperanza de no haberse equivocado y sus circunstancias van a mejorar. No es un pensamiento basado en evidencia, sino en pertenencia, en identidad histórica, temor al antiguo opresor y un cálculo pragmático de que su voto garantiza la continuidad de los apoyos sociales y de una transformación en la que aún creen.

Ese es el voto duro de Morena, el que permanece incluso en condiciones adversas. Las encuestas lo muestran con claridad. No es idéntico en todos los estados, pero es consistente en el hecho de que, incluso donde el gobierno no está bien evaluado, la fuerza oficialista sigue siendo la primera o una de las principales preferencias. Baja California, Sinaloa, Michoacán, Estado de México y Oaxaca apuntan en esa dirección.

Ese voto duro no es puramente ideológico. Es una mezcla de identidad plebeya, respaldo a la marca 4T, memoria de mejoras materiales como el salario mínimo y los apoyos de Bienestar, transferencias y símbolos; rechazo al PRI, al PAN y a MC; y un sentido de pertenencia al “pueblo” frente a las élites.

En la realidad plebeya, los programas de apoyo social generan una relación de protección simbólica y material que hace menos probable el salto opositor. Eso ayuda a explicar por qué la desaprobación no se convierte mecánicamente en alternancia.

Los programas sociales producen efectos. El primero es material, alivian el ingreso y reducen la vulnerabilidad; el segundo efecto es consecuencia directa del anterior, la dignidad humana y la moral, el beneficiario se siente reconocido por el gobierno, un gobierno que le devuelve el valor personal. El tercero es identitario, el apoyo se asocia al proyecto que el beneficiario mismo impulsa, y por el cual vota. Con estos tres efectos se produce un cuarto, el efecto defensivo, el miedo a perder sus beneficios si cambia el gobierno.

Frente a estos cuatro efectos, no hay partido que pueda competir sin la propia complicidad de Morena; a menos que se establezca el quinto efecto que producen las políticas publicas de asistencia social y redistribución del gasto público.

Los primeros cuatro efectos no convierten automáticamente al beneficiario en votante oficialista, pero sí aumentan la probabilidad de continuidad, sobre todo cuando la oposición no ofrece garantías creíbles de preservación o mejora de los apoyos que ya se tienen.

Estos cuatro efectos son el bono electoral de Morena, pero tiene fecha de caducidad.

La historia de la izquierda en América Latina durante este siglo, evidencia que estas políticas públicas de bienestar, tienen ya su obsolescencia programada en su propia naturaleza.

Cuando se produzca el quinto efecto, cuando el apoyo deje de percibirse como beneficio y se asuma como derecho, surgirá inevitablemente la pregunta ¿y ahora qué más sigue?
Ese es el punto de quiebre. Cuando la plebe se diga a sí misma que ya tiene la beca, ahora sigue el empleo digno; si ya tiene el empleo digno, sigue la vivienda; si ya tiene vivienda, sigue la recreación, la cultura, la seguridad, la continua demanda del bien común en justicia social, es decir, el progreso sostenido.

De eso se debe tratar el Movimiento de Regeneración Nacional: de construir gobiernos progresistas, no de administrar apoyos sociales con políticos frívolos y arrogantes. Morena ya produjo los primeros cuatro efectos; la consecuencia lógica es el quinto, y el quinto no necesariamente debería ser malo.

Claro que el quinto si ha sido malo para todos los gobiernos progresistas de América Latina, cada uno con sus propias coyunturas, y en la siguiente entrega explicaré el análisis a posteriori que han realizado los principales actores y pensadores de la izquierda en esos países.

Pero hoy en México, ese quinto efecto en ciernes se encuentra con la frivolidad, la arrogancia y la incompetencia de comunidades enteras de políticos morenistas, que se niegan a ver las experiencias del sur. Creyéndose inmunes al quiebre popular se empeñan en precipitar el quinto efecto de la redistribución del gasto público en bienestar social.

Generan tal descontento en la plebe que el voto amenaza con castigo, no necesariamente a favor de alguien, sino en contra de quienes hoy representan la frivolidad, arrogancia y ausencia de gobiernos progresistas bajo las siglas de Morena.

Ya hay regiones gobernadas por Morena donde lo único que falta es un populista de derecha más o menos creíble para precipitar su derrota. En ese escenario, bastará una narrativa de esperanza renovada o de castigo eficaz para canalizar ese voto, incluso sin un proyecto sólido detrás.

A pesar de lo anterior la pregunta vigente en la mayoría de las entidades del país es ¿quién y dónde existen coyunturas capaces de romper ese corporativismo perfeccionado de Morena, esa dependencia relacional de sectores beneficiarios de programas sociales, de políticas públicas exitosas o de identidades construidas desde la memoria histórica?

La preferencia electoral a favor de Morena no es tan simplista como parece. Sus vertientes como los apoyos sociales, la memoria histórica y la identidad colectiva de la cuarta transformación, configuran un entramado mucho más complejo.

De ahí que la oposición no haya sido capaz de derrotar a la 4T. Incluso sus avances tienen una explicación sencilla, responden más a los errores de Morena, a esos balazos en el pie que su propia arrogancia frívola se empeña en disparar, que a una estrategia opositora sólida.

Y es ahí donde la oposición resurge más por instinto que por ciencia política. Porque siempre existe un voto flexible, las encuestas lo muestran, el que se mueve según la coyuntura, las candidaturas, las alianzas, las campañas y la percepción de viabilidad.

En Mexicali, en la ciudad de Puebla, en Guadalajara, en Nuevo León y en San Luis Potosí, el voto elástico oscila entre el 25% y el 30%. Ahí hay sectores disponibles para moverse, indecisos, voto urbano, clases medias fluctuantes y electores menos anclados afectivamente.

Ese voto responde a circunstancias inmediatas, las crisis locales, los escándalos, la inseguridad, los candidatos y rupturas internas. San Luis Potosí es ilustrativo, porque más que un simple choque gobierno-oposición, la competencia también pasa dentro del mismo bloque oficialista, entre Morena y el Verde.

La oposición no está convirtiendo la desaprobación en una corriente nacional favorable porque está fragmentada. PRI, PAN, MC y tres o cuatro partidos nuevos competirán por ese mismo voto elástico, que también disputan PT, PVEM y Morena.

El resultado es previsible, en un escenario así, el tercio mayor tiende a quedarse con Morena.

En Nuevo León, por ejemplo, PAN, PRI y MC se reparten la competencia, y Morena queda en primer lugar con alrededor del 29%, más los puntos que suman PT y PVEM. Ese caso demuestra que en un sistema fragmentado no se necesita mayoría absoluta para ser la fuerza dominante.

En la ciudad de Puebla, el PAN se acerca, pero Morena sigue arriba. En Guadalajara, MC es competitivo, pero Morena encabeza.

La oposición no ofrece hoy una identidad unificada de reemplazo. Tampoco genera una expectativa de protección tan clara como la 4T entre sectores populares. Y electoralmente, además, divide el voto.

Eso produce un fenómeno decisivo, el malestar existe, pero no tiene un receptor único, ni un personaje capaz de aglutinar el rechazo a Morena y la decepción de su propio electorado. El bono de Morena se mantiene, por ahora, el péndulo sigue de su lado.

El quinto efecto de los programas sociales empieza a asomarse, veremos en las secciones con mayor número de beneficiarios aumento del voto nulo, abstencionismo y dispersión hacia partidos emergentes y locales. Son señales de que ese efecto estará en ciernes en 2027 rumbo al 2030.
¿Será Claudia Sheinbaum Pardo la primera mujer presidenta, pero también quien devuelva el gobierno federal a la derecha? Lo respondo al final de este escrito. Antes, una precisión, el efecto péndulo de las democracias sí se está moviendo.

Si por efecto péndulo entendemos el traslado sostenido del ánimo social desde el bloque gobernante hacia el opositor, la evidencia de las encuestas indica que no está, todavía, del lado de la oposición.

Lo que sí existe son micro péndulos, desgaste en gobiernos concretos, fatiga perceptiva y erosión de la confianza en administraciones locales de Morena.

Ahora bien, ¿será la presidenta quien termine entregando el poder a la derecha? Dependerá de que logre el éxito de políticas públicas progresistas, donde la plebe tenga acceso real al bien común en condiciones de justicia social; y de que, en el corto plazo, logre contener la erosión de la Cuarta Transformación.

De entrada, tendrá que frenar esa ola de políticos y políticas morenistas marcados por la frivolidad, la arrogancia y, en muchos casos, la incompetencia. Y, por el bien de Morena y de la nación, ella deberá imponer a las y los mejores candidatos a las gubernaturas y alcaldías. Eso implica incluso romper con su propio círculo íntimo y elegir perfiles que no necesariamente se la jugaron con ella cuando era corcholata, o que incluso no pertenecen actualmente a su grupo interno. ¿O por qué lo mejor para la nación tendría que surgir exclusivamente de su entorno?

Claudia deberá poner fin a la frivolidad y la arrogancia en la selección de candidaturas, comenzando por las 17 gubernaturas y las principales ciudades del país. Para ello, tendrá que escuchar no solo a su círculo de confianza, sino también a sus adversarios internos.

Si elije desde la creencia de la invencibilidad de Morena, es negarse a ver lo ocurrido en la izquierda latinoamericana.
En la siguiente entrega, desarrollaré el quinto efecto y mostraré cómo, uno a uno, los gobiernos progresistas de América Latina han perdido el poder tras 10 o 15 años en el ejercicio del gobierno. Este quinto efecto cobra relevancia si entendemos que el 2030, Morena tendrá 12 años en el Poder.