Pitido inicial I

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De chico no me interesaba mucho el fútbol. Quizá se deba a que siempre fui bastante patoso cuando jugaba en el patio del recreo (me tocaba ser portero, que, como se sabe, es la posición en la que uno juega cuando no sabe hacer nada más); o a que hasta la fecha tengo el récord histórico de mi cuadra por balones volados al patio del vecino; o posiblemente sea esa habilidad sobrenatural para pisar las cacas de los perros lo que me alejó de ese juego. Apenas terminé la secundaria dejé de engañarme: el fútbol no era lo mío. Comencé a fumar, a usar lentes y a leer mucho, que es el remedio perfecto para alejarse de la vida del deporte. 

En cuanto a ser espectador, bueno, lo cierto es que tampoco se me daba mucho. Fuera de las tres finales de Mundial de mi infancia (la del 98, que vi en un restaurante argentino; la del 2002, que vi en pijama en la cama de mis hermanos; y la de 2006, que vi en calzones mientras jugaba en mi computadora) fueron, por quince años, los únicos partidos que vi completos. 

Otra razón –y ésta es muy de peso– es que aquí en Tijuana no había un equipo de fútbol ni un estadio al cual ir. Hasta la llegada de Xolos (y omitiendo el breve paso de Dorados por la Primera División), el equipo más cercano geográficamente era Santos Laguna. Es decir, una barbaridad.

En raras ocasiones mi familia se reunía para ver un partido en particular (alguna final de Pumas, usualmente), pero yo no podía durar más de quince minutos sin perder el interés. Desconocía los nombres, desconocía los equipos, y desconocía las miles de historias que habían creado entre ellos tras decenas de partidos. Me decían que, por ejemplo, fulano era el bueno; pero para mí se veía igual que todos los demás.  Me decían también que tal o cual equipo era muy malo; pero luego ese equipo ganaba. Es decir, me engañaban. Y los niños necesitamos certezas.

En fin, que lo que vengo a decir es que hasta los veinte años el fútbol me importaba más bien un carajo. 

Pero un día se me prendió el switch.

En 2010 saqué mi pasaporte y tomé un vuelo a Europa para hacer el clásico mochilazo. Ya saben: hostales, museos, estaciones de tren, cigarrillos en el Sena, bares de copas, y mucho perderse. Sólo tenía la certeza de querer llegar primero a Madrid, sin saber muy bien explicar por qué. 

A veces pienso en lo fortuito de esa decisión. Si hubiese preferido París, o Roma, o Berlín, en vez de tomar un vuelo a Barajas, sería con toda seguridad una persona distinta hoy en día. Seguramente no me habría enamorado perdidamente del fútbol, ni despertaría aterrado tras soñar que “El Clásico” terminó 8-0, ni habría llorado en el primer gol del Eibar en Primera División, ni me habría pasado la noche en vela esperando la final de la Copa Asiática, ni habría gritado en la Liga del Atleti, ni recordaría la hazaña del Leicester, ni reiría con el Mineirazo, ni tendría el corazón roto con la final de Lisboa, ni podría hablarle a mis hijos de Messi. Pero me decidí por Madrid, y esa decisión cambió mi vida. 

(Continúa…) 

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