spot_img
spot_img

¿Por qué perderá Morena?

Las izquierdas gobernantes en América Latina, luego de 10 o 15 años de gobiernos, han perdido ante la extrema derecha. Para la elección presidencial del 2030, Morena tendrá 12 años gobernando; entonces la cuestión es si Claudia Sheinbaum entregará el poder a la oposición.

La presidenta se encuentra en medio de una revolución social frustrada, pero hoy tiene una ventaja que no depende de la Izquierda, y ocurre dentro de la Derecha. La oposición actual, sólo por hoy, no está en condiciones por sí misma de conquistar Palacio Nacional pues carece de un personaje que sea depositario de la esperanza ciudadana ante el desgaste de los gobiernos de Morena, pero…

Morena se empecina en hacer posible perder en las urnas. Los gobiernos de Morena hacen más por la alternancia, que toda la oposición en su conjunto. ¿Por qué afirmo esto? Porque Morena no ha sido capaz de alcanzar la justicia social ni transformar de verdad a México.

Un pueblo sin bienestar y esperanza de crecimiento ecónmico, y con miedo en las calles o sus negocios; más por instinto que por conciencia política, buscará la oportunidad de virar a la derecha.

Además, las derrotas de los gobiernos progresistas en América Latina han encontrado otro factor determinante, los Estados Unidos. Gobiernos norteamericanos que se dicen aliados, pero siempre, tanto demócratas como republicanos, tienen intereses incompatibles con los gobiernos nacionalistas. El “Masiosare” llega del norte.

Repito brevemente estos tres factores determinantes para la alternancia en el poder de la izquierda a la derecha que son, primero y más importante, la mala gestión gubernamental; segundo, el radicalismo de la oposición; y tercero, la intervención desestabilizadora extranjera.

Esta mala gestión debe ser entendida como la incapacidad de generar condiciones de bienestar social progresivo. Los electores suelen votar en contra de quien está en el poder debido a la mala sensación que se tiene sobre la seguridad pública, el costo de la vida o las noticias constantes de corrupción gubernamental. La idea de alternancia empieza a buscar un depositario creíble y carismático.

En los pasados meses y años, donde estaba gobernando la izquierda, figuras de la derecha han capitalizado la ausencia de progresividad material en la economía de las familias de estrato popular.

El descontento social ha sido cautivado con narrativas de soluciones radicales a los problemas cotidianos, prometiendo un estado policiaco que reprima al crimen y a los criminales; y de apertura la economía.

El elector promedio al votar por la derecha en busca de alivio económico y de seguridad pública, ha tenido como consecuencia que el mismo pueblo termina protegiendo el bienestar económico de los más favorecidos y reprime cualquier aliento para reintentar un estado de bienestar y progresismo.

El tercer factor para la alternancia en el Poder, se encuentra en la intervención de desestabilizadora de los Estados Unidos, utilizando su dominio cultural de creencias y valores, así como su supremacía comercial, y la dependencia mexicana de los energéticos, los alimentos, las tecnologías, las inversiones y las remesas. Con Donald Trump en la presidencia, la sutileza va baja de tono y sube el volumen a las amenazas de intervención militar al tiempo que controlan la narrativa pública en las redes sociales.

Explicados brevemente estos tres factores se va aclarando el planteamiento inicial: ¿Cuándo perderá Morena? Lo respondo así:

La polarización ciudadana se dirige a los niveles del 2006, 2012 y 2018. La moderación ideológica va perdiendo terreno y facilitando el ascenso de discursos extremos.

Desaparece el centro político como queda expuesto cuando Movimiento Ciudadano votó a favor del Plan B de la reforma electoral, cuando las encuestas lo ponen terceando la votación en sus bastiones de Jalisco y Nuevo León. Esto muestra lo que las élites ya conocen, el electorado se mueve a los extremos.

También lo evidenció así la presidenta y Morena con el Plan A de la fallida reforma electoral, que pretendía desaparecer las instituciones electorales que han permitido la alternancia; exponiendo que el péndulo democrático llegó al extremo de la izquierda en la elección del 2024 sin polarización fuerte, y ya viene de regreso.

El Plan A era una sentencia de desaparición del PVEM y el mismo Partido del Trabajo; a pesar de que el PT había permitido la sobrevivencia del Movimiento de Andrés Manuel López Obrador cuando la cúpula de la Nueva Izquierda se apoderó del entonces PRD.

Lo relevante aquí es que quienes dirigen las élites políticas ya saben que el ánimo popular marcha hacia los polos. Las condiciones para la derrota de Morena están avanzando.
Para la prole, el voto de castigo o de aprobación sigue pesando más que la ideología o proyectos de gobierno; al tiempo que la narrativa en redes sociales y medios tradicionales está forzando a la gente a elegir bandos.

Entonces la sustentabilidad de los gobiernos progresistas está otra vez en manos de los militantes de izquierda. La lucha por un México como estado de bienestar y redistribución de la riqueza nacional de forma más justa y equitativa, no sólo es en contra la derecha y sus aliados externos, sino contra de infiltración de la Derecha.

Hace ya dos o tres años lo puso sobre la mesa de Morena la dirigente del Movimiento Voces del Pueblo, María de los Ángeles “Gela” Huerta Ríos, cuyo activismo nacional consiste en que sólo los militantes de izquierda pueden salvar a los gobiernos progresistas. De forma constante encauza las voces que alertan y denuncian las desviaciones y contradicciones de los gobiernos de Morena y sus dirigentes de partido. Para mala fortuna de las personas que necesitan a un Estado de bienestar, y no a un Estado neoliberal, sus voces son un pequeño murmullo entre tanta estridencia.

La sustentabilidad de los gobiernos progresistas, es directamente proporcional a que los militantes de izquierda defiendan y apliquen las políticas públicas del humanismo mexicano y sus movimientos de las causas populares. Es decir, la permanencia en el gobierno de la izquierda depende de la efectividad de la justicia social directa a los sectores más desfavorecidos, y el continuo progreso económico y cultural de la vida cotidiana de la población.

Pero los militantes de izquierda han sido desplazados de los gobiernos de izquierda, cualesquiera que sean las causas, lo que progresistas ganaron en las urnas, lo perdieron en el tránsito a los escritorios.

Esto ha llevado a que los gobiernos locales, son lo mismo, o incluso peores que los del PRIAN, puesto que carecen de un freno ideológico o por lo menos pragmático ante la constante amenaza que representaba perder en las urnas, primero contra Cuauhtémoc Cárdenas, y después contra Andrés Manuel López Obrador.

La ausencia de perspectiva de la militancia de izquierda ha llevado a que los gobiernos de Morena no hayan creado espacios que involucre a los sectores perjudicados por el neoliberalismo, tanto en procesos de deliberación de sus actuales condiciones, como de toma de decisiones colectivas sobre su propio futuro.

Los funcionarios arribistas en los gobiernos de Morena no entienden que la izquierda es la socialización del poder, que el pueblo no puede ser suplantado por ideas surgidas desde la ajenidad sus escritorios, sino que le corresponde al mismo pueblo garantizar la viabilidad de la transformación del país.

Esta disonancia entre las prioridades de las “nuevas” élites políticas y el pueblo es reproducir al PRIAN. Es abortar el proceso revolucionario popular antes de que el propio pueblo siquiera alcance conciencia de la transformación que decidió iniciar el pasado 2 de julio del 2018.

El ciclo de la Cuarta Transformación ha traído nuevas élites burocráticas, que encontraron el mismo confort que las anteriores con las cupulas económicas e incluso las criminales, apostando la sustentabilidad de los gobiernos progresistas únicamente a la red de programas de apoyos sociales.

Pero cuando los apoyos sociales sean considerados como derechos, entonces sentimiento de gratitud hacia Morena va a diluir en una especie de adquisición gremial. Por ejemplo, las becas escolares correrán la misma suerte que los libros de texto gratuito, de darán por descontado y no hay nada que agradecer.

La economía social, es decir, mejorar el bienestar doméstico de la persona común, es el desafío perpetuo de los gobiernos progresistas. Esto sólo se logra sentando las bases populares donde el ciudadano sea el principal agente de transformación de la mano con sus gobiernos.

Si el empoderamiento popular no ocurre ya, Morena tendrá severos reveses en las elecciones del 2027 e iniciará etapas de alternancia en los gobiernos locales; a la espera de perder la presidencia en cuanto surja un personaje creíble y carismático que sea depositario del descontento social.