Para desestabilizar el régimen de la Cuarta Transformación, Trump no necesita pruebas “irrefutables”, sólo requiere pretextos que legitimen lo que Estados Unidos siempre ha procurado, gobiernos de Latinoamérica sumisos a sus intereses, incluso destruyendo democracias e instalando dictaduras a costo de miles de vidas inocentes.
El presidente de los Estados Unidos para desestabilizar regímenes e invadir naciones no requiere demostrar fehacientemente nada; le basta construir legitimidad emocional y geopolítica ante la sociedad norteamericana.
Por eso, en su narrativa contra México, el eje central no es el narcotráfico en sí, sino la fabricación de una causa moralmente vendible para justificar agresión, injerencia y la reconfiguración partidista.
Pero para México el problema no es únicamente Trump, sino la dependencia estructural del capital transnacional norteamericano.

Pero qué mayor subordinación requiere Trump, si Marcelo Ebrad, secretario de Economía mexicano, es el principal interesado en la firma del Tratado de Libre Comercio que favorece a las grandes empresas norteamericanas que están instaladas aquí y allá, a costa de la miseria de millones de campesinos y obreros que requieren de los apoyos sociales para salir apenas un paso de la pobreza extrema.
Qué mayor rendimiento necesita, si el senador Noroña hace mutis sobre los grandes benéficos de los derechos “humanos” de las empresas transnacionales como “personas” morales, a costa de la explotación de personas reales.
Qué mayor docilidad buscan los norteamericanos, si Mario Delgado, secretario de educación, no se esfuerza por cambiar los planes y programas de estudio neoliberales desde educación básica hasta superior.
Qué mayor sumisión requiere si Kershenobich el secretario de Salud terminó por desaparecer toda posibilidad para México desarrolle sus propias vacunas y tecnología médica.
Qué mayor sometimiento exige si Columba López, secretaria de Agricultura y Desarrollo Rural ya se le acabó la creatividad y recursos para políticas públicas de autosuficiencia alimentaria.
Qué mayor sumisión piden, si Luz González secretaria de Energía no logra que México encienda un foco sin la dependencia energética de combustibles de las empresas extranjeras, principalmente norteamericanas.
Y qué decir de la Defensa Nacional, que no produce sus propias armas, no tiene tanques, aviones, drones, ni misiles; y lo que es peor, miles de los mexicanos soldados, portan el uniforme de los Estados Unidos y viven en aquel país; y aunque sus padres o sus abuelos vivan o hayan vivido en México, sin titubear empuñarían sus fusiles en contra de su propia familia y raza ante las órdenes del anglosajón gringo.
Aún así, Trump quiere más.

Es por eso que la derecha zombi en México, ya olió la sangre, y con determinación y torpeza, como bien señala la presidenta Claudia Sheinbaum cuando critica que el PAN invite a una gachupina alabadora de Hernán Cortés a reprochar a la izquierda mexicana, lo cierto, es que avanzan.
Pero el avance de la Derecha tiene asideros externos a ella misma.
Por un lado, la ferocidad de los Estados Unidos en contra de todo régimen progresista y democrático en América Latina, incluso, uno dependiente como el mismo régimen mexicano; y por otro lado, la incongruencia de los gobernantes y gobernantas de Morena, que han sido incapaces de deshacerse de las viejas prácticas del régimen anterior.
En este escenario, Donald Trump, no necesita decir la verdad sobre el narcotráfico en Norteamérica, en el cual, por fuerza, los carteles gringos, para la distribución minorista en tan grande territorio y tan poblada nación como los Estados Unidos, deben ser más grandes y poderosos que los carteles mexicanos.
Pero el caso no es ese, no se trata de una lucha contra el “narcoterrorismo”, tal y como en Panana no se trató detener a Noriega por supuesto narcotráfico; o las supuestas armas nucleares de Sadam en Irak, o la dictadura de Gadafi en Libia, , o el feminismo en Irán.
Los pueblos necesitan una causa justa que legitime a sus gobiernos para la guerra, la injerencia, el asesinato de vidas inocentes. Eso promueve Trump y la derecha mexicana, una causa que legitime la injerencia y hasta asesinato de mexicanos por el imperio de los Estados Unidos, en nombre del combate al narcoterrorismo.
Donald Trump construye una narrativa “justa” de salvar la vida de los jóvenes anglosajones, ya sea de las adicciones directas, o como víctimas de la violencia de negros y morenos adictos. Y no duce que sean esas mismas razas las que lleguen a un eventual frente de batalla en cualquier operación militar en México. Ah, pero en los medios y las películas, serán anglosajones con cara de ángeles que sacrifican su vida por la libertad de Washington y sus corporaciones.

En tanto la derecha lo intuye, y sin moral, suplican que Trump los reinstale en el poder, no a cambio de un México colaborador, sino de una patria entregada y servil al capital extranjero sin importar que, con ello, se eliminen los pocos avances sociales que se han logrado en este regimen.
Claudia ya lo denunció en la mañanera, en varias ocasiones, pero creo está equivocando su narrativa, tenga o no tenga la razón, su narrativa ya perdió.
Y perdió porque Sheinbaum se incorpora al relato de Trump, donde él pone el tono y el escenario.
Entre tanto “experto” no hay quien le diga, o a quien le haga caso, que debe de dejar de reaccionar al ritmo de Trump, respondiendo agravios y renunciando a la iniciativa en este conflicto real, donde el propio presidente de los Estados Unidos, puso a su pueblo, de legitimador de sus actos.
Trump obliga a sus adversarios a vivir respondiendo provocaciones. Cada respuesta defensiva reafirma que él fija la agenda.
La narrativa de la presidenta de redefinir el conflicto fracasó, aunque la necesidad de cambiar el relato sigue vigente. Al pueblo norteamericano y a su gobierno, le tienen sin cuidado la soberanía y las leyes de México e internacionales.
En lugar de discutir si México “sí combate” o “no combate” al narcotráfico, terreno donde Trump siempre va a subir la apuesta, tendría que transformar el conflicto en otro más favorable, como la estabilidad regional, o cualquier causa común entre los pueblos de ambas naciones.
Claudia no debe poner a la 4T a pelear contra Trump, sino que el enemigo debe ser mas accesible y vencible. El poder necesita canalizar emociones colectivas hacia objetivos concretos, como los conservadores y traidores a la patria, pero también, como los gobiernos que se han desviado de la transformación prometida.
No basta una lucha contra los “vendepatrias” si los gobiernos siguen extorsionado al vendedor ambulante, al pequeño locatario, al automovilista; el agricultor sigue sin vender su cosecha, el obrero sigue trabajando más de 48 horas para que medio le alcance el sostenimiento de su familia.
La corrupción sigue tan rampante como antes y en algunos casos, peor.

El mensaje de los legisladores de Morena, PT y PVEM con la presidenta, fue más de resistencia que de fuerza, fue más que un “no está sola”, a un “no nos dejen solos”.
No había motivos ni de festejo ni de causa popular. Sólo ellos saben el mensaje que quisieron dar y a quien estaba dirigido, pero para la plebe, la percepción fue de que algo malo viene.
Y si algo malo viene, pocos querrán ser los mártires. Por eso Trump es eficaz, su amenaza fue durante el festejo del día de las madres, fue un “quiero salvar a sus hijos” de los “malos extranjeros”.
La 4 T quiere sobrevivir, y tal vez hoy, la mayoría de la gente quiere que así sea; pero debe sacrificar piezas antes de que el enemigo venga por ellas y por otras más. O peor aún, decida hacer jaque mate.