New York Times

Rascacielos desplazan a enclaves de inmigrantes de China

BAISHIZHOU, China _ Los edificios de bloques de concreto que dan sombra a los estrechos callejones de asfalto de Baishizhou están situados tan cerca unos de otros que se les llama edificios del “apretón de manos”: es fácil que los vecinos se saluden unos a otros.

A lo largo de los años, los edificios parecieron entrelazarse más por los atados de cables eléctricos que colgaban de una azotea a otra, uniendo a los pequeños centros urbanos para formar una aldea de edificios de departamentos densamente abarrotada en el corazón de Shenzhen, una de las creciente metrópolis del sureste de China.

En las calles, los peatones eluden los autos y las bicicletas durante las horas pico diurnas, y multitudes aún más grandes acuden a los vibrantes mercados nocturnos.

Baishizhou, un conglomerado orgánico de cinco aldeas urbanas más pequeñas, ha servido durante décadas como enclave de viviendas baratas para los trabajadores migrantes y los inmigrantes que han ayudado a apuntalar el rápido crecimiento económico de Shenzhen. Pero los días están contados para el pululante barrio de edificios de departamentos, que alberga a unas 150,000 personas: los largo tiempo esperados planes de demolición finalmente comenzaron.

En una ciudad _ y un país _ ansioso por modernizarse y desarrollar de nuevo los centros urbanos, las aldeas urbanas como Baishizhou son vistas por los funcionarios del gobierno como sucias y atrasadas. En vez de ello, pretenden construir deslumbrantes nuevos distritos residenciales y comerciales que reflejen el ascenso de Shenzhen.

Estos nuevos desarrollos desplazarán a los antiguos residentes que han enfrentado la amenaza de demolición durante años. Baishizhou está en un distrito central de Shenzhen largo tiempo valorado por su potencial para el nuevo desarrollo comercial. Los planes para reformar el área empezaron en 2005, y en 2014 funcionarios de Shenzhen marcaron parte de Baishizhou para los nuevos desarrollos. La demolición de una fábrica y complejo de oficinas en el centro de Baishizhou, el Distrito Industrial Shahe, estaba programada para fines de abril.

La fábrica permanece, y nuevos retrasos han estancado los planes para derruirla.

“Sucederá, tarde o temprano”, dice Wu Zhengui, de 62 años de edad, un migrante de la provincia de Zhejiang. Él ha estado vendiendo zapatos durante 14 años en una tienda en el extremo oriental del complejo Shahe, donde las tiendas por doquier anuncian “ventas por demolición”.

“Simplemente sigo vendiendo mis zapatos, comprando menos inventario y esperando que llegue el aviso del gobierno que diga que finalmente derribarán este lugar”, dijo tristemente.

Hasta entonces, la vida continúa con normalidad en Baishizhou. En la noche, las mujeres se reúnen para lavar su ropa en un pozo fuera de los dormitorios socialistas, construidos en la época de Mao, cuando Baishizhou seguía siendo una granja colectivizada. Los residentes ponen mesas de billar en los callejones y proyectan películas en las acercas cerca de los edificios vacíos marcados para la demolición con pintura color rojo oscuro.

Hua Chenling, de 54 años de edad y quien recientemente migró de la provincia de Fujian, abrió una tienda de frutas austera en Baishizhou hace apenas un mes, aun cuando sabía que su edificio estaba programado para ser derribado. “No me preocupa la demolición”, dijo. “Necesito ganarme la vida. Simplemente tomo las cosas mes a mes”.

Baishizhou ha servido desde hace tiempo como un refugio para los recién llegados en desventaja de Shenzhen. Las rentas son más baratas que en barrios más desarrollados. Una escuela primaria en la aldea enseña a los hijos de los trabajadores migrantes que de otro modo no calificarían para las escuelas públicas de Shenzhen.

Pese a la antigua amenaza de demolición, la atmósfera animada y las bajas rentas de Baishizhou continúan atrayendo a nuevos negocios y emprendedores extranjeros. Hay estudios de diseño, boutiques y un espacio de hackers para los tecnólogos jóvenes. Las recientemente establecidas cervecerías artesanales han ayudado a establecer un naciente escenario para la vida nocturna.

“Para los jóvenes, este es el lugar emocionante y hipster al que deben acudir. Queremos permitir que otras personas vean cuán vibrante e interesante en Baishizhou”, dijo Mary Ann O’Donnell, quien ha vivido durante 20 años en Shenzhen y en 2013 cofundó Handshake 302, un espacio artístico en Baishizhou.

“Preocuparse por la demolición es como preocuparse de que el cielo se caiga, o de morir”, dijo Lan Jaing, de 32 años de edad, quien ha operado un pequeño taller de reparación de computadoras en Baishizhou durante cuatro años. Ha escuchado sobre la posibilidad de demolición desde el día en que llegó de su nativa provincia de Sichuan. No ve razón en este momento para oponerse a las demoliciones, o mudarse. “Las personas como nosotros no podemos hacer nada para cambiar las cosas”, dijo. “Las políticas nunca son diseñadas para beneficiar a las clases más bajas”.

Otras aldeas urbanas en Shenzhen han estado desapareciendo una por una para hacer espacio a desarrollos comerciales y residenciales más lucrativos. Al otro lado de la ciudad, West Gangxia, una ex aldea urbana, fue demolida en 2009. Hoy, alberga a modernos rascacielos que conforman el horizonte del distrito de negocios central de Shenzhen.

Ese es también el destino de Baishizhou, cuando el gobierno de Shenzhen concluya las negociaciones con los ciudadanos que poseen los derechos sobre los terrenos de la aldea. Durante el Gran Salto de China, hace unos 60 años, las tierras de las cinco aldeas de Baishizhou fueron colectivizadas por el estado en una comuna agrícola. Posteriormente, cuando las aldeas se fusionaron y urbanizaron, el asunto de la propiedad de las tierras se complicó.

“En realidad es por lo ambiguo que es la propiedad del uso de la tierra que Baishizhou ha podido sobrevivir tanto tiempo”, dijo Du Juan, un profesor asistente de arquitectura en la Universidad de Hong Kong que está trabajando en un libro sobre las aldeas urbanas. Du dijo que las negociaciones con lo aldeanos pudieran tomar entre cinco y 10 años.

Sin embargo, los preparativos para la inminente destrucción de Baishizhou ya han empezado. Shenzhen prohibió la construcción de nuevos edificios en las aldeas urbanas en 2006. El año pasado, fue erigido un largo muro de concreto de alrededor de 1.8 metros de altura a lo largo de la principal calle de la aldea, ocultando convenientemente el área marcada para la demolición y desviando el tráfico peatonal de las tiendas que han permanecido obstinadamente abiertas.

Duan Peng, un arquitecto de la provincia de Sichuan que ha estado viviendo en Shenzhen durante 15 años, ha pasado el último año fotografiando a residentes de Baishizhou que sostienen letreros de protesta por la demolición. Eventualmente, planea presentar un libro de 60 retratos a la Oficina de Quejas de Shenzhen, con la esperanza de que los funcionarios cambien de opinión sobre la demolición de Baishizhou.

“Todas las ciudades necesitan un alma, un lugar donde la gente pueda permitirse tener el tiempo de asentarse, crecer y echar raíces”, dijo Duan, quien vivió en una aldea urbana cercana antes de comprar un departamento en Shenzhen. “Shenzhen, como Estados Unidos, es un crisol de inmigrantes. Todos necesitan algún lugar donde puedan sobrevivir, integrarse y posteriormente florecer”.

Por ahora, los residentes nuevos y viejos siguen adelante con su vida, al parecer ajenos a las fábricas vacías cercanas marcadas para demolición. Meramente seguir adelante con sus rutinas es una forma de desafío para muchos residentes locales, dice O’Donnell, la residente de Shenzhen por los últimos 20 años. “Baishizhou está aquí hasta que desaparezca”.

Emily Feng
© 2016 New York Times News Service

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