Todos hacen lo que se puede y todos saben que no basta en el Desayunador Salesiano

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Tijuana es una ciudad resignada a su geografía: es la frontera más visitada en el mundo. Aquí las organizaciones no gubernamentales institucionalizaron, mediante albergues, la ayuda que desde hace décadas los tres niveles de gobierno limitan -o niegan- a los migrantes que persiguen el sueño americano.

A inicios de octubre, los voluntarios del Desayunador “Padre Chava” del Proyecto Salesiano Tijuana, no enfrentaban la demanda habitual de servicios. No había migrantes centroamericanos, ni deportados mexicanos esperando un plato de desayuno. En su lugar, había una comunidad de haitianos varados en la ciudad a la espera de iniciar un proceso para arribar a Estados Unidos. Hace poco más de un mes el desayunador albergaba a 246 mujeres, 89 niños y 88 hombres, cuando la costumbre hahía sido ofrecer el primer alimento del día.

Durante las semanas previas y las dos siguientes a nuestra visita, fue evidente la llegada de más y más haitianos. Era imposible atenderles a todos, la capacidad estaba rebasada.

Mayara una niña de 14 meses, permanecía acompañada de su madre. Chapurreando el español dijo que no quería ser entrevistada, pero quedó conmovida al ver a la niña sonreír en los brazos de una de las investigadoras del grupo de voluntarios de El Colef. Aceptó entonces hablar un poco y comentar preocupada que la pequeña tenía algo de fiebre. Los mocos en las narinas de la pequeña no dejaban lugar a dudas: Mayara estaba enferma. Su mamá -una mujer delgada, de gesto cansado y hasta desesperanzado- tampoco estaba muy bien de salud.

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