New York Times

Tras una visita a México, un grupo de jóvenes indocumentados enfrenta un futuro incierto en Estados Unidos

CIUDAD DE MÉXICO — Hace 20 años una joven pareja empacó sus cosas en cajas y bolsas de basura y las guardaron en su casa a medio construir en la Ciudad de México; después emigraron de manera ilegal a Estados Unidos en busca de trabajo, con una niña de tres años, llevando solo lo que podían cargar.

El plan era regresar en un par de años, pero se quedaron a vivir como indocumentados en la ciudad de Nueva York. Las cajas y las bolsas siguen donde las dejaron, con su contenido prácticamente olvidado: un símbolo de esperanza de una familia.

Una mañana hace poco la niña, Guadalupe Ambrosio, ahora de 23 años, se paró frente a la puerta cerrada de la habitación en Ciudad de México, llave en mano. Era la primera vez que visitaba México desde que se fue cuando tenía tres años. Estaba a punto de abrir aquellas cajas y bolsas por primera vez desde que las almacenaron, para reconectarse con su niñez y cerrar un círculo que su familia había dejado abierto.

Guadalupe, estudiante universitaria en el Borough of Manhattan Community College, nunca estuvo segura de que tendría esta oportunidad. Ella también es indocumentada. Durante gran parte de su vida, intentó visitar México, pero no habría podido entrar de nuevo en Estados Unidos.

Sin embargo, en 2012, ingresó a un programa federal que permite a los jóvenes inmigrantes sin documentos permanecer en Estados Unidos y trabajar legalmente. Los participantes en este programa, conocido como acción diferida (DACA por sus siglas en inglés), también pueden solicitar viajar al extranjero por motivos humanitarios, educativos o laborales. y después volver a Estados Unidos sin sufrir ninguna sanción. Desde la llegada de este programa en 2012, miles de jóvenes indocumentados han usado el permiso para visitar los países que dejaron cuando eran niños.

No obstante, con la elección de Donald Trump, el futuro del programa, una iniciativa del gobierno de Obama, es incierto. El presidente electo ha dicho que lo cancelará y dejaría así a los jóvenes sin documentos preguntándose si podrán volver alguna vez a sus países natales sin renunciar a la vida que tienen en Estados Unidos.

“La gente está asustada”, comentó Guadalupe. “Hemos estado peleando por esto”.

Los viajes han sido intensos periodos de descubrimientos y redescubrimientos, pues los jóvenes inmigrantes reconectan con sus parientes y los amigos de sus familias, a muchos de los cuales solo conocían por teléfono o por las anécdotas que les cuentan sus padres. Ahora tienen la oportunidad de volver a sitios que se habían vuelto más imaginarios que reales.

Estas visitas han estado marcadas por una reflexión profunda y a veces dolorosa acerca de la identidad y la pertenencia; además, están cargadas de los anhelos de los padres sin documentos que se quedaron en Estados Unidos, quienes no pueden hacer el viaje sin renunciar a todo aquello por lo que han trabajado.

Guadalupe formó parte de un grupo de la Universidad de la Ciudad de Nueva York que pasó seis semanas en México este verano. Casi todos habían nacido allí y volvían a sus lugares de nacimiento por primera vez desde que abandonaron el país cuando eran unos niños.

Prácticamente ninguno tenía documentos —hijos e hijas de trabajadores de la construcción, trabajadoras domésticas, jardineros y trabajadores de restaurantes—, pero viajaron con permiso. La justificación de este viaje fue un programa de servicio comunitario en San Miguel de Allende, después del cual el grupo se separó para visitar a sus parientes y amigos en otras partes de México.

Sergio Torres, de 25 años, estudiante de teatro en el Borough of Manhattan Community College, planeaba confrontar a su padre, quien se separó de su madre y con quien se rehusó a hablar durante años debido a los maltratos que le propinó a su familia cuando Torres era aún un niño.

Marlen Fernández, de 24 años, miembro del personal del Instituto de Estudios Mexicanos Jaime Lucero en el Bronx, regresó con su hija de dos años, un año más pequeña de lo que era Fernández cuando sus padres se la llevaron a la ciudad de Nueva York.

Gloria Farciert, de 21 años, estudiante de último año en el Brooklyn College, iba de vuelta a su ciudad natal, un pueblo rural en el estado de Puebla que, en años recientes, se ha quedado vacío debido a la emigración hacia Estados Unidos, especialmente a la región de Nueva York. Farciert dejó México cuando tenía 11 años.

“Ir sentada en este avión parece irreal”, escribió Gloria en su cuenta de Instagram el 4 de julio, junto a una foto de su pasaporte mexicano y sus boletos de avión. “Tengo muchos sentimientos encontrados”.

En México, eran algo entre nativos y turistas, a quienes los otros mexicanos no veían como iguales pero tampoco como extranjeros. Esta indecisa aceptación hizo eco en el sentimiento de desarraigo que los ha acosado en Estados Unidos: crecieron allá en todos los sentidos, pero no tienen un estado legal de pertenencia.

“No sé si soy un estadounidense disfrazado o un mexicano intentando ser estadounidense”, explica Torres a mitad de su visita. “Venimos a nuestro hogar en cierto sentido, pero ya no se siente como el hogar”.

Después del programa en San Miguel de Allende, Guadalupe se quedó con sus abuelos paternos en San Miguel Teotongo, un barrio de clase trabajadora a las afueras de la Ciudad de México. Al ponerse en contacto de nuevo con sus familiares, tuvo una sensación de aceptación que le ha sido difícil encontrar en Estados Unidos.

Vivió un momento importante cuando abrió las cajas que empacaron hace 20 años. Sus abuelos iban de vez en cuando a limpiar el cuarto en el que se guardaban las cosas, pero conservaron todo como sus padres lo habían dejado.

“Siempre pensaron que regresaríamos”, contó Guadalupe.

Encontró una gran bolsa de basura con docenas de animales de peluche y otra llena de ropa de niña y juguetes de plástico, que alguna vez fueron suyos.

“No me imaginé que tuviera tantas cosas”, contaba mientras las desempacaba metódicamente.

Creció con solo unas cuantas fotos de cuando era niña en México. Ahora tenía una montaña de ellas en sus manos. Guadalupe comenzó a llorar conforme pasaba lentamente las páginas de estos álbumes con fotos de ella cuando era pequeña, con su madre, sus familiares y su abuela, ahora fallecida.

“Esta es la niñez que siempre quise”, afirmó.

En otras partes de México, el resto de los estudiantes estaba haciendo sus propios descubrimientos.

En Puebla, a Gloria la golpeó el vacío de su ciudad natal, el pueblo rural de San Miguel de Lozano.

“Cada vez que mi abuelo habla con mi papá, siempre le pregunta: ‘¿Cuándo regresas?’. La verdad es que no hay una respuesta definitiva porque ni mi mamá ni mi papá saben cuándo volverán”, relata.

“Desearía que fueran mis padres los que tuvieran esta oportunidad y no yo”, continuó. “Las fronteras nos afectan de muchas maneras”.

En la Ciudad de México, Torres visitó a sus familiares y se dirigió a la Basílica de Guadalupe para comprar estampas religiosas que su madre, en Harlem, le había pedido. Después viajó a Puebla para visitar a otros parientes. Sin embargo, esto no fue más que el preámbulo del evento más importante en su agenda: confrontar a su padre.

Cuando Torres tenía 6 años, su padre lo echó de manera violenta, junto con su madre y su hermano menor, de su casa en el estado de Guerrero. Torres no había hablado con él desde que tenía 13 años.

“Necesito saber por qué hizo lo que hizo”, aseguró.

El encuentro, hace unas semanas, no salió bien.

“Esperaba que él dijera algo así como: ‘Perdón por la manera en que traté a tu mamá. Perdón por la manera en que los traté a ustedes’. Pero todo fue como: ‘Ah, lo hice porque tu madre me contestó”, explicó. Después de pelear con su padre durante 40 minutos, Torres decidió irse. Se escuchaba el dolor en su voz mientras relataba el episodio. Sin embargo, insistió en que la falta de remordimientos de su padre le permitió seguir adelante. “Estoy listo para cerrar ese capítulo”, afirmó.

Los estudiantes, ya de vuelta en el lado estadounidense de la frontera, en un país que los mira con ambivalencia, han retomado sus clases y han vuelto a sus trabajos, atrapados entre dos naciones, sin ser completamente de ningún lado.

“Volví más enojada de lo que estaba”, confesó Marlen Fernández, refiriéndose a las leyes de inmigración. Además, su enojo se extendió al gobierno mexicano por su fracaso para “darnos un mejor lugar donde vivir”, argumentó.

Sus parientes le suplicaron que no esperara otros 20 años para visitarlos de nuevo o que, si ella no podía, mandara a su hermana o a su hija.

Una tía no ha visto a su hijo desde que este se fue a Estados Unidos hace unos 15 años. “Me dijo algo así como: ‘Por favor, dile que regrese a verme antes de que me muera. Dile que me mande a mis nietos. No me importa si no hablan español. Solo quiero abrazarlos’”, relató Fernández.

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