Una isla indómita encuentra su igual

(Robert Rausch/The New York Times)
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NUEVA YORK Cuando estaba de pie en la astillada cubierta del barco con John Anderson mirando hacia el sur al otro lado del estrecho del Mississippi hacia la isla Horn, el viento agitaba su melena leonada hacia atrás, como si ya estuviéramos navegando en el agua, en camino a la isla. Pero el Golfo de México estaba especialmente picado, y el barco que contratamos estaba recibiendo advertencias para embarcaciones pequeñas. Horn se ubica a 13 kilómetros de la costa, una especie de guión en la línea brumosa. Sin embargo, se sentía a nuestro alcance. “El hecho de que no siempre pueda ir me hace valorar más la isla”, dijo.

John se convirtió en un experto en la isla por medio de su padre, el artista Walter Anderson, quien hizo más viajes a Horn que probablemente cualquier otra persona. Llamó a la primavera “la batalla del equinoccio”, cuando Bóreas, el dios griego del viento del norte, y Notus, del sur, combatían por la supremacía y mantenían al mar en constante turbulencia. He visto la batalla muchas veces a lo largo de los años mientras investigaba para un libro sobre el golfo.

Me he sentido fascinado por Horn desde que visité por primera vez el Museo de Arte Walter Anderson en Ocean Springs, Mississippi, hace años. Desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte en 1965, Anderson completó miles de dibujos y pinturas en Horn. Remando y navegando a vela en un esquife con filtraciones, pasaba semanas a la vez entre las muchas cosas vivientes de Horn, recurriendo a su barco en busca de refugio cuando lo necesitaba, rindiéndose a la voluntad de la isla. Se convirtió, como dijo, en “el hijo favorito de la fortuna”.

Yo estaba ansioso de ver la isla, donde él tan a menudo buscó integridad creativa y espiritual, un lugar sin un cañón, cascada o montaña espectacular, sin embargo uno que los cautivó, en sus palabras, para “realizar” su relación con la naturaleza.

Horn tiene sus propios esplendores. De 16 kilómetros de largo y 1.2 kilómetros de ancho, se eleva hasta un pico de seis metros en una columna vertebral de dunas a las que Anderson veneró como el “lomo de Moby Dick”. A finales de marzo, las aves migratorias descienden por miles para descansar y reabastecerse. El otoño brilla con los florecientes plumeros amarillos, clavelinas de mar y singonios, invitando a las abejas y las mariposas, incluidas las migrantes monarcas. En todas las estaciones, el sol se eleva desde el golfo y se pone en el mismo, en ocasiones discretamente desde debajo de “serpentinas bermellón de nubes”, otras veces con “explosiones salvajes de color”, pero siempre, como dijo Anderson, “dispuesto con buen gusto”. Durante esta “hora mágica”, un momento para alimentarse, los alcatraces, las gaviotas, los pelicanos y las golondrinas de mar se zambullen en el mar lleno de peces, mientras los chorlitos y los zarapitos rebuscan en las extensiones dejadas al descubierto por las mareas. Los cangrejos fantasma permanecen ocultos en sus madrigueras de arena.

Horn es una lonja baja, pero tiene un origen abrupto. El sedimento arrastrado por las aguas desde las montañas Apalaches y llevado por las corrientes costeras se apilo en tierra seca hace 4,500 años. La mayoría de las islas del golfo surgieron de la misma manera, y, por la mera naturaleza de su existencia, también se transforman constantemente en forma y tamaño. “Todo”, escribió Anderson, “parece condicional en las islas”.

Durante algunos años, Horn tuvo un faro y un vigía, hasta que una tormenta los arrastró a ambos en 1906. Una familia que atendía a ganado y cerdos duró hasta los años 20. Durante la Segunda Guerra Mundial, el Ejército recaló ahí para desarrollar armas biológicas e incinerar, en fogatas al aire libre, a los capturados del enemigo. Treinta años después de abandonar la isla, el Ejército reveló que también había barrenado municiones tóxicas en las aguas circundantes.

Ya no vive gente en Horn, pero no está deshabitada. Pese al interludio militar tóxico, mucha vida se desarrolla ahí, desde esponjas de mar hasta conejos de los pantanos, en medio de lagunas salobres, extensiones de pinos y humedales cubiertos de juncos.

Horn es la mayor de cuatro islas barrera de Mississippi, las cuales incluyen a Cat (alguna vez usada por el Ejército para entrenar a perros de guerra), Petit Bois y Ship. El cuarteto se ubica paralelo a la costa, en la misma formación que asumen las barreras en todo el golfo. Amortiguadores frente al continente, suavizan el golpe de las tormentas. También combinan el flujo del río de agua dulce en bahías, pantanos y estrechos salinos, haciendo del golfo uno de los ambientes de estuario más ricos del mundo.

En algún momento en los años 20, puentes empezaron a vincular el continente con las islas. En algunas, la humanidad, los autos y el concreto se han vuelto tan densos que uno tiene poca sensación de estar en una isla.

La que nutrió la creatividad de Anderson, e igualmente su cuerpo y su alma, nunca se desarrolló. Horn y sus tres hermanas son parte de la Reserva Costera Nacional de Islas del Golfo, establecida por el Congreso en 1971, y ahora administrada por el Servicio de Parques Nacionales. Corriendo desde la isla Cat al este por 260 kilómetros hasta el oeste de Florida, la unidad de las Islas del Golfo es la reserva costera nacional más grande del país. Siete años después, ciudadanos invocaron el legado de Anderson “¿Van a derribar la iglesia de Walter?” y convencieron al Congreso de designar a Horn y Petit Bois como áreas naturales.

La naturaleza pareció fuera del alcance de John y de mí hasta que, semanas después de espera, tomamos a los dioses beligerantes en un descanso y nos dirigimos a Horn. Un viaje que a Anderson le llevaba varias horas a vela o remo nos tomó solo una. Depender de la ruidosa velocidad de un barco de motor, dice John, no es lo mismo que acercarse a Horn navegando, cuando se cruza meditativamente hacia una “realidad natural”.

Sin embargo, la máquina completó nuestra travesía, y la isla se volvió nuestro punto focal, nuestro nuevo mundo. Podíamos ver hacia el viejo, visible como un borroso terreno de arquitectura, pero nuestra perspectiva había cambiado por completo. El tiempo ya no estaba en nuestros relojes de pulsera o en nuestros smartphones; era una luz migrante y las sombras y los hábitos de la fauna. Las huellas en forma de horquillas de una gran garza azul se encontraban con las de un cangrejo, pero solo las de la garza continuaban. Las líneas hechas a través de la arena por las colas de los lagartos marcaban un camino entre un estanque y la playa, ofreciendo advertencias de que uno debería levantar su tienda de campaña en otro lado.

Los acontecimientos del tiempo real llegan con el viento, en sí mismo un agente en la realidad natural. Una constante, lo golpea a uno en vez de envolverle, haciéndole parte de la isla al despertar los sentidos. Uno toca, prueba, huele y escucha a la isla: la arena que masajea bajo los pies, la dulzura de los estanques artesiano, y las susurrantes agujas y resinoso aroma de los pinos. Nada es deslumbrante o ruidoso, sin embargo todo se amplifica. “La mariposa aquí estampa sus patas”, escribió Anderson. Incluso una nidada de huevos de querequeté común, camuflada en la arena, capta la atención. ¿Sobrevivirán a los mapaches residentes? La isla hace eso con uno, que empiece a pensar en las conexiones.

Horn lo hace a uno consciente de que “fuerzas más grandes que uno mismo dan forma a su existencia”, dijo John. Me encuentro periódicamente deteniéndome para absorberlas conforme seguimos los senderos periódicamente atendidos por el Servicio de Parques Nacionales, que serpentean desde el estrecho hasta el golfo a través de los matorrales y los pantanos, pasando por un valle blanco de dunas. Estamos “siguiendo las huellas de papá”, dijo John, “y viendo a través de sus ojos”.

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