New York Times

‘Es una muerte lenta’: la peor crisis humanitaria del planeta

(Tyler Hicks/The New York Times)

SANÁ, Yemen – Después de dos años y medio de guerra, pocas cosas funcionan en Yemen.

Los bombardeos incesantes han inhabilitado puentes, hospitales y fábricas. Muchos médicos y servidores públicos llevan más de un año sin cobrar un sueldo. La desnutrición y las malas condiciones sanitarias han hecho a este país del Medio Oriente vulnerable a enfermedades que en el resto del mundo solo aparecen en libros de historia.

En solo tres meses, el cólera mató a casi 2000 personas e infectó a más de medio millón, en uno de los brotes mundiales más grandes de los últimos 50 años.

“Es una muerte lenta”, dijo Yakoub al-Jayefi, un soldado yemení que no ha cobrado en ocho meses, y cuya hija de seis años, Shaima, recibía tratamiento contra la desnutrición en una clínica de Saná, la capital yemení.

Desde que los ahorros de la familia se acabaron, han vivido básicamente de leche y yogur de los vecinos. Sin embargo, no fue suficiente para mantener a su hija sana, y su piel empalideció a medida que fue perdiendo peso.

Al igual que más de la mitad de los yemeníes, la familia no tenía acceso inmediato a un centro médico en funcionamiento, así que Jayefi pidió prestado dinero a sus amigos y parientes para llevar a su hija a la capital.

“Solo estamos esperando lo peor o que ocurra un milagro”, dijo.

¿Cómo es que un país en una región con tanta riqueza pudo caer tan rápido en una crisis tan profunda?

Una nación dividida en dos

Desde hace tiempo Yemen ha sido el país más pobre del mundo árabe, además de padecer conflictos locales armados frecuentes. El problema más reciente comenzó en 2014, cuando los hutíes, rebeldes del norte, se aliaron con partes del ejército yemení y emboscaron la capital, forzando al gobierno internacionalmente reconocido a exiliarse.

En marzo de 2015, Arabia Saudita y una coalición de naciones árabes lanzaron una campaña militar destinada a hacer retroceder a los hutíes y restaurar el gobierno.

Hasta ahora la campaña ha fracasado en su intento, y el país continúa dividido entre el territorio controlado por los hutíes en el oeste y las tierras controladas por el gobierno y sus promotores árabes en el sur y el este.

Un Estado colapsado

Muchos ataques aéreos de la coalición saudita han asesinado y herido a civiles, incluyendo los ataques del miércoles cerca de la capital. Los bombardeos también han dañado de manera considerable la infraestructura de Yemen, como un puerto clave y puentes importantes, así como los hospitales, el sistema de drenaje y las fábricas civiles.

Los servicios de los que dependen los yemeníes han desaparecido, y la destrucción ha debilitado más la economía del país. También ha dificultado a las organizaciones humanitarias llevar y distribuir ayuda.

La coalición saudita también ha mantenido cerrado el aeropuerto internacional de Saná para el tráfico aéreo civil por más de un año, lo cual quiere decir que los comerciantes no pueden transportar mercancías por aire, y que los yemeníes enfermos y heridos no pueden volar al extranjero para recibir tratamiento. Muchos de ellos han muerto.

Ninguno de los dos gobiernos yemeníes en disputa ha pagado salarios regulares a muchos servidores públicos durante más de un año, lo cual ha empobrecido a sus familias, ya que el trabajo escasea. Entre aquellos afectados se encuentran los profesionistas cuyo trabajo es esencial para lidiar con la crisis, como los médicos, las enfermeras y los técnicos del sistema de drenaje, lo cual ha ocasionado que sus sectores estén al borde del colapso.

La devastación del cólera

Los daños de la guerra han convertido a Yemen en un medio fértil para el cólera, una infección bacteriana que se esparce por el agua contaminada con heces fecales. A medida que la basura se amontona y los sistemas de drenaje fallan, más yemeníes se ven obligados a usar pozos contaminados para beber agua. Las fuertes lluvias que han estado cayendo desde abril aceleraron la contaminación de los pozos.

En los países desarrollados, el cólera ya no es una enfermedad mortal y se puede tratar con facilidad, con antibióticos si es grave. Pero en Yemen, la desnutrición rampante ha hecho que muchas personas, en especial los niños, sean vulnerables a la enfermedad.

“Con la desnutrición que tenemos entre los niños, si les da diarrea, no van a mejorar”, dijo Meritxell Relano, representante del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia en Yemen.

Afuera de una clínica de cólera en Saná, Muhammad Nasir esperaba noticias sobre su hijo de seis meses, Waleed, quien había contraído la enfermedad. Nasir, un campesino pobre, había pedido prestado dinero para llevar a su hijo al hospital, pero no tenía suficiente para regresar a casa incluso si su hijo se recuperaba. “Mi situación es mala”, dijo.

Se han levantado cinco tiendas de campaña en el patio del ala del cólera para enfrentar la llegada repentina de más pacientes. Todo el día, las familias llevan a sus parientes enfermos. La mayoría son ancianos o niños a los que sus padres llevan a cuestas.

Si la cantidad de infectados sigue aumentando, los investigadores temen que el número de casos se acerque al del brote más grande hasta ahora, el cual se dio en Haití, cuando se infectaron por lo menos 750.000 personas después de un terremoto devastador en 2010.

Las organizaciones de ayuda dicen que no pueden remplazar los servicios que se supone que el gobierno debe proveer. Eso quiere decir que hay pocas posibilidades de mejoras importantes salvo que la guerra termine.

“Estamos casi en el tercer año de guerra y nada mejora”, comentó Relano, de Unicef. “Hay límites a lo que podemos hacer en un Estado tan colapsado”.

Naciones Unidas ha declarado que esta situación es la crisis humanitaria más grande del mundo, con más de diez millones de personas que requieren asistencia inmediata. Y la situación podría empeorar aún más.

Peter Salama, director ejecutivo del programa de emergencias sanitarias de la Organización Mundial de la Salud, advirtió que en tanto que el Estado falla, “la manifestación de ello es el cólera, pero en el futuro otras epidemias podrían atacar a Yemen”.

Participación internacional

El conflicto parece no tener un fin próximo. Las conversaciones de paz respaldadas por las Naciones Unidas se detuvieron y ninguna de las partes combatientes han indicado tener disposición de retirarse. Los hutíes y sus aliados controlan con firmeza la capital y los líderes sauditas han dicho que seguirán peleando hasta que el otro lado se rinda.

La ONU sostiene que Yemen necesita 2300 millones de dólares en ayuda humanitaria este año, pero que solo ha recibido el 41 por ciento de esa cifra. Las partes en conflicto se encuentran entre los más grandes donantes de asistencia, ya que Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos donan sumas importantes. Sin embargo, los críticos hacen notar que esos países gastan mucho más en los esfuerzos bélicos, y que cerrar el aeropuerto de Saná ha sido devastador para los civiles.

Estados Unidos también es uno de los principales donadores, así como un proveedor primario de armas a los miembros de la coalición saudita. Aunque Estados Unidos no está involucrado directamente en el conflicto, ha suministrado apoyo militar a la coalición saudita y los yemeníes suelen encontrar restos de municiones hechas en Estados Unidos en las ruinas que dejan los mortíferos ataques aéreos.

Nada de esto es un buen augurio para los civiles.

“La guerra nos acecha por todos lados”, dijo Saleh al-Khawlani, quien huyó de su hogar en el norte de Yemen con su esposa y seis hijos después de que la coalición saudita comenzó sus bombardeos. Después, volvieron a huir, a Saná, luego de que un ataque aéreo golpeó el campo donde se habían refugiado y mató a varios de sus parientes.

Vivieron en la calle un tiempo y tuvieron que mendigar para obtener la mayor parte de su comida.

“La mayoría de las veces solo hacemos una comida y a veces ni eso”, dijo. “Comemos al medio día, no cenamos por la noche”.

SHUAIB ALMOSAWA, BEN HUBBARD y TROY GRIGGS
© The New York Times 2017

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