New York Times

Ya termino la fiesta del partido (republicano)

© 2016 New York Times News Service

Esta columna ha argumentado durante un tiempo ya que hay solo una cosa peor que una autocracia unipartidista, y eso es la democracia unipartidista. Cuando menos la autocracia de un solo partido puede ordenar que se hagan las cosas.

Una democracia de un solo partido – esto es, un sistema de dos partidos donde solo uno de los partidos está interesado en gobernar y el otro actúa constantemente como obstrucción, lo cual ha caracterizado a Estados Unidos en años recientes – es mucho peor. No puede hacer nada grande, duro o importante.

Podemos sobrevivir unos pocos años de ese punto muerto en Washington, pero seguramente no podemos resistir otros cuatro u ocho años sin que se asiente el deterioro, y eso explica lo que estoy apoyando en las elecciones de este otoño: Espero que Hillary Clinton gane la totalidad de los 50 estados y los demócratas tomen la presidencia, la cámara baja, el Senado y, efectivamente, la Suprema Corte.

Eso es lo mejor que podría pasarse a Estados Unidos, cuando menos durante los próximos dos años; que Donald Trump no solo sea derrotado, sino aplastado en las urnas. Eso tendría múltiples ventajas para nuestro país.

En primer lugar, si Clinton obtiene una extensa victoria, tendremos la oportunidad (dependiendo del tamaño de la mayoría demócrata en el Senado) de aprobar leyes sobre armas de fuego con sentido común. Eso equivaldría a restablecer la Prohibición de armas de asalto, que fue promulgada como parte de la iniciativa federal de delincuencia pero expiró después de 10 años, y volver ilegal que cualquiera en la lista de vigilancia terrorista compre un arma de fuego.

Yo no quiero tocar los derechos de la Segunda Enmienda de ningún ciudadano, pero la noción de que no podemos restringir armas militares que están siendo usadas cada vez más en asesinatos masivos desafía el sentido común; sin embargo, no eso puede arreglarse mientras el Partido Republicano o GOP actual controle cualquier rama del gobierno.

Si Clinton obtiene una extensa victoria, podemos pedir prestados 100,000 millones de dólares con casi cero interés para una reconstrucción de infraestructura nacional enfocada a lidiar con algunos de los vergonzosos caminos, puentes aeropuertos y vías, así como su ancho de banda insuficiente, aunado a una creación de más empleos para obreros que estimularía el crecimiento.

Si Clinton logra una extensa victoria, tendremos la oportunidad de poner en marcha un impuesto al carbono de ingresos neutrales que estimularía más producción de energía limpia y nos permitiría reducir tanto impuestos corporativos como impuestos de ingresos personales, lo cual también contribuiría a estimular el crecimiento.

Si Clinton obtiene una amplia victoria, podemos reparar cualquier cosa que requiera repararse en el programa Obamacare, sin tener que desechar todo. Justo ahora tenemos la peor opción posible: el GOP no participará en mejora alguna al Obamacare ni ha ofrecido una alternativa creíble.

Al mismo tiempo, si Clinton aplasta a Trump en noviembre,el mensaje será enviado por el pueblo estadounidense en el sentido que el juego que él jugo para convertirse en el nominado republicano – aunque intolerancia convencional; insultos, insultos a mujeres, los discapacitados, hispanos y musulmanes; reenvío de mensajes de Twitter por parte de grupos de odio; ignorancia de la Constitución; aunado a la voluntad de mentir e inventar cosas con una facilidad y regularidad nunca antes vista al nivel de la campaña presidencial – nadie debería intentarlo de nuevo. El mensaje del electorado, “Vete”, sería ensordecedor.

Finalmente, si Trump preside una devastadora derrota de los republicanos a lo largo de todas las ramas del gobierno, el GOP será obligado a hacer lo que ha necesitado hacer durante largo tiempo: tomarse un descanso en el rincón. En ese rincón, los republicanos podrían sacar una hoja de papel en blanco y, por un lado, definir las mayores fuerzas que moldean el mundo actualmente – y los desafíos y oportunidades que representan para Estados Unidos – y por el otro, definir políticas conservadoras con base en el mercado para abordarlas.

Nuestro país necesita un saludable partido de centro-derecha que pueda competir con un saludable partido de centro-izquierda. Es un revoltijo de conservadores religiosos, enojados varones blancos que temen estarse convirtiendo en una minoría en su propio país y comercio de odio; oponentes al control de armas; gente pro-vida; pequeños propietarios opuestos a regulaciones y libre mercado; y empresarios a favor y en contra del libre comercio.

El partido se mantuvo unido en otra época por la Guerra Fría. Sin embargo, a medida que eso se fue desvaneciendo, se ha mantenido aglutinado solo alquilándose a quienquiera que pudiera vigorizar a su base y mantenerla en el poder; Sarah Palin, Rush Limbaugh, el Tea Party, la Asociación Nacional del Rifle. Sin embargo, en su núcleo no había un denominador común real, ni perspectiva del mundo, ni un verdadero marco conservador.

El partido creció hasta convertirse en un caótico jardín muy crecido, y Donald Trump fue como una especie invasiva que finalmente, solo se apoderó de todo.

Dirigentes del partido aún pueden hacerse llamar republicanos. Incluso pueden llevar a cabo una convención con muchos globos de elefante del GOP. Pero la verdad es que, la fiesta ya terminó. Sensatos republicanos han empezado a reconocer eso. John Boehner renunció a la presidencia de la cámara baja porque sabía que su delegación partidista se había convertido en una casa de locos, incapaz de gobernar.

Una victoria contundente de Clinton en noviembre obligaría a más republicanos a empezar a reconstruir un partido de centro-derecha listo para gobernar y comprometerse. Además, ese tipo de victoria de Clinton también significaría que Hillary podría gobernar desde el lugar donde reside su verdadera alma política: el centro-izquierda, no en la extrema izquierda.

No hago predicciones sobre quién ganará en noviembre. Sin embargo, vaya que sé por lo que estoy rezando… y para qué.

Thomas L. Friedman
© The New York Times 2016

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