Zapatillas desgarradas y la vida trastrocada

Estambul. Por primera vez en medio año, la novelista turca Asli Erdogan regresó el otro día a su departamento en Estambul, vivienda que fue saqueada cuando ella fue arrestada y enviada a la cárcel en agosto del año pasado.

Descubrió que faltaban muchas cosas: unidades de memoria que contenían su trabajo y reseñas para publicaciones literarias europeas, cartas que le escribieron prisioneros kurdos y libros sobre historia kurda. Lo que le dejaron fueron los objetos de otra de sus pasiones: sus zapatillas de ballet, aunque desgarradas.

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Eso fue lo que la hizo llorar.

“De cierta forma, esas zapatillas de ballet me revelaron la injusticia de todo esto”, comentó en una reciente entrevista. “De pronto, todo fue demasiado”.

De 50 años de edad, Erdogan es una física que se convirtió en novelista y que siempre ha sido más respetada en los círculos literarios europeos que en los turcos. Ahora, ella está tratando de recomponer su vida, después de haber estado encarcelada debido a la represión lanzada contra la libertad de expresión por el gobierno islamista del presidente Recep Tayyip Erdogan (sin ninguna relación con la escritora).

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Ella fue arrestada y acusada de apoyar el terrorismo, no por sus novelas, sino a causa de su afiliación en calidad de asesora con un periódico vinculado con el movimiento kurdo, que también fue cerrado. Ella todavía está enfrentada a un juicio, que podría volver a enviarla a la cárcel, y con esa espada de Damocles ella ha estado viviendo con su madre, con problemas para conciliar el sueño, sin poder escribir mucho y lidiando con la fama que le ha generado su caso.

Hoy en día, la gente la reconoce en las calles de Estambul.

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“Es conmovedor. A veces me abrazan y lloran”, afirma. “He recibido mucho amor. Esa es una gran responsabilidad”.

Eso también tiene un lado negativo. “También he visto reacciones negativas: me maldicen y me sermonean sobre el patriotismo”.

Eso puede sentirse espantoso en Turquía, donde hay una larga tradición de no solo encerrar a escritores y periodistas sino también de violencia en su contra, lanzada por civiles que parecen responder a las indicaciones de funcionarios que tachan de traidores a los escritores que van más allá de lo que el gobierno considera lenguaje aceptable.
En los años cuarenta se pensó que el escritor izquierdista Sabahattin Ali fue asesinado por un agente del gobierno. En 2007, el periódico turco-armenio Hrant Dink fue asesinado por un pistolero nacionalista que posiblemente actuó por órdenes del llamado “estado profundo”. Y el año pasado, afuera de un tribunal, un hombre le disparó a Can Dundar, director de un periódico acusado de publicar secretos de estado.

En una ocasión, Erdogan aseguró que era una “paria en los círculos literarios” de Turquía por sus escritos existencialistas, que atraían más a los lectores europeos. “Tengo más lectores en Suecia que aquí”, decía.

Nacida en un hogar que valoraba los estudios –su padre fue ingeniero y su madre, economista–, ella asistió a la prestigiosa Universidad del Bósforo. Con estudios de física, ella empezó a escribir en serio a principios de los años noventa, cuando estaba haciendo estudios de posgrado en Suiza.

Ahí, en su diminuta habitación en Ginebra, ella escribía toda la noche después de haber pasado todo el día en el laboratorio de investigación. Con el tiempo produjo la colección de cuentos “El mandarín milagroso”. Unos cuantos años después, cuando estaba estudiando para su doctorado en Brasil, abandonó la física definitivamente. “Una mañana me desperté y decidí que no iría a los exámenes”, revela.

Ahora que ha crecido su fama en Turquía, sus libros se venden más y su editorial ha sacado nuevas reimpresiones. Su volumen de cuentos “El edificio de piedra y otros lugares” es un éxito de librería en Turquía.

“La ciudad de la túnica carmesí” es quizá su libro más conocido y el único que se ha publicado en inglés. Es una recreación del mito de Orfeo en las rudas y violentas calles de río de Janeiro, donde vivió Erdogan un tiempo. Ella afirma que su literatura es de un “lenguaje sublime más metáforas crudas”, que ha tenido poco atractivo en Turquía, donde los lectores tienden a inclinarse por obras realistas sumidas en la historia otomana o en la nostalgia, como los libros de Orhan Pamuk, el novelista turco ganador del Nobel.

“No hay nada realista en mis libros”, admite. “Soy una escritora difícil”.

La oscuridad de su literatura es reflejo de su personalidad. Ella siempre ha llevado “una vida de extrema soledad”, afirma, y el tema prevaleciente de su obra son los seres humanos rotos, las “heridas” como ella las llama.

“La literatura de Asli Erdogan es oscura y pesimista”, afirma Sema Kaygusuz, novelista turca. “El mundo según ella es un cuerpo herido. Un cuerpo sangrando continuamente, un cuerpo angustiado. Ella lleva este cuerpo tanto en lo lingüístico como en lo psicológico. Ella se identifica con la herida. El dolor en el que vive la escritora no es personal en ese sentido, sino que es el dolor del mundo”.
Incluso en Europa, en los primeros días de su carrera literaria, su obra era difícil de vender, pues desafiaba las expectativas que tiene el mundo externo respecto de los novelistas turcos.
“Muchos editores me dijeron que mi obra era sensacional, impresionante pero que esas cosas existencialistas ya las habían hecho antes”, relata. “Y me pedían que mejor escribiera sobre mi pequeña aldea.”

Con su arresto y su tiempo en la cárcel, Erdogan tiene una experiencia en común con muchos de sus contemporáneos y antecesores en la literatura turca.

En efecto, muchos de los grandes escritores turcos, en un momento u otro, se han topado con las restricciones de la libertad de expresión. Las razones difieren en cada época. Erdogan fue arrestada por su relación con un movimiento kurdo que el gobierno ahora considera un grupo terrorista. Pamuk se enfrentó a una acusación judicial por “insultar a la turquedad”. Elif Shafak, otra novelista turca de renombre internacional, en una ocasión se enfrentó a las autoridades por escribir sobre el genocidio armenio, que el gobierno turco sigue negando.

“Todo escritor, todo poeta y todo periodista en Turquía sabe que las palabras pueden meterlos en graves problemas cualquier día, en cualquier momento”, escribió Shafak en un reciente mensaje de correo electrónico. “Cuando escribimos, en el fondo de la cabeza está siempre presente esa ominosa certeza”.

A cada vuelta, la historia de Erdogan regresa a los libros: los libros que ya ha escrito y los que piensa escribir, los libros que la policía le decomisó de su departamento, los que leyó en prisión. Para describir toda la experiencia –orientarse por la ley y la burocracia carcelaria de Turquía– ella se inclina por una referencia literaria, señalando que fue “más que kafkiana”.

En la cárcel, donde pasó varios días en reclusión solitaria durmiendo en una cama que olía a orina, ella pasó el tiempo con libros que le llevaban sus abogados o que le enviaban sus amigos. Leyó libros de historia mundial y novelas de J.M. Coetzee, Iris Murdoch, Henry James, Marcel Proust y Kafka, así como poesía de Rainer Maria Rilke y Paul Celan, uno de sus favoritos. De la biblioteca de la prisión leyó “Shoah”, la obra en la que estuvo basado el aclamado documental de Claude Lanzman de 1985.

Hasta ahora, Erdogan no ha hecho caso a quienes le piden que escriba un memorial de su tiempo en la cárcel, explicando que todavía no está preparada para hacerlo. “Sé que podría escribir muy fácilmente una novela exitosa sobre mi estancia en prisión”, asegura.

Podría llegar a hacerlo, aunque muy probablemente le lleve mucho tiempo. A veces, afirma, necesita seis o siete años para escribir unas cien páginas.
“Cuando escucho la voz indicada y la atrapo, entonces me lleva”, afirma. “Si no es así, olvídelo”.

Tim Arango
© 2017 New York Times News Service